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Cultura de la Unidad
Abril - 2008


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Donde no hay amor, ponlo

Roberto Catalano


Dialogando a campo abierto Sin tener un proyecto preciso, Chiara ha tendido puentes hacia el que es “distinto de ella”: con cristianos, con fieles de otras religiones, con los que tienen otras convicciones.

“Desde Trento al mundo”, así rezaba el lema de una de las últimas visitas oficiales de Chiara a su ciudad na-tal. La fórmula es acertada porque da idea de aquella maestra que en los años 40 dejaba fascinados a sus alum-nos en las escuelas de los valles del Trentino, que ha acabado llegando a los últimos confines de la tierra con su “ideal”, vivido hoy por cientos de miles de personas. Pero las dimensiones de su “mundo” son muy distintas de lo que dicen los atlas. En poco más de sesenta años su carisma ha dibujado otro tipo de mapas. El mundo que Chiara ha encontrado no está formado sólo por lenguas, climas, colores y lugares. Es sobre todo ese universo que nace en el corazón y en la mente de los hombres: las culturas y las religiones. Bien mirado, quizás todo estuviera ya contenido en el deseo apremiante que Silvia sentía en el corazón du-rante los años de la guerra: amar a Dios, sin duda, pero también lograr que fuese amado por el mayor número de personas posible. En ese sueño –ella aún no lo sabía pero lo iría descubriendo poco a poco– ya estaban to-dos: católicos, cristianos, judíos, musulmanes… y también budistas, hindúes, sijs, confucianos y los que profe-san religiones tradicionales. E incluso aquellos cuya religión consiste en “no tener una fe religiosa”, es decir, el credo de muchos occidentales del siglo XX. ¿Podía imaginarse Chiara semejante desarrollo? Probablemente, o mejor, ciertamente no. Se fue haciendo consciente a medida que se difundía el espíritu que Dios le había donado. Lo que ha ocurrido es que quienes han seguido este “ideal” lo han llevado a la gente que han conocido, sin limitaciones, sin barreras de ningún ti-po. Y siempre con la misma sorpresa: todos pueden acogerlo y, sobre todo, vivirlo. Por eso Chiara se ha convertido de manera natural en ciudadana del mundo. Ha conocido gente de todo tipo y ninguna persona la ha dejado indiferente. Y sobre todo, pocos son los que han quedado indiferentes a su pa-so, a su mirada o a su palabra. Para darse cuenta de esto basta echar un vistazo a los comentarios espontáneos de personas que la han conocido en todas partes. «He vivido en un monasterio durante sesenta años, incluso es-tuve en la India, pero nunca había oído cosas tan bonitas», afirmaba una monja budista de más de ochenta años después de escuchar a Chiara cuando habló en el templo de Chiang-Mai, al norte de Tailandia. «Creo que todo ha salido de su corazón con sinceridad verdadera, y eso es lo que nos hace falta hoy en el mundo. La sociedad global nos reclama sinceridad. Somos todos una familia, descendemos de Adán», decía por su parte una joven afroamericana en Harlem, a las puertas de la mezquita dedicada a Malcolm Shabazz (Malcolm X lo llamaban), donde Chiara acababa de hablar. Y era la primera mujer y la primera blanca que lo hacía, en 1997. Precisamen-te el líder de la mezquita, el imán W. D. Mohammed, lo había sintetizado así: «Hoy es un día grande para no-sotros. Hoy aquí, en Harlem, se ha escrito una página de la historia». Más cosas: «Chiara va más allá de las barreras religiosas», dijo Krishnaraj Vanavarayar, una de las figuras más relevantes del sur de la India, cuando la estaba presentado ante 600 hindúes de su ciudad, Coimbatore. Al otro lado del mundo, en Buenos Aires para ser más exactos, Elias Zviklic, director de la B’nai B’rith Internatio-nal, dijo en 1998: «Esta mujer nos trae la nueva apertura que empezó con el papa Juan XXIII y continuó con Juan Pablo II, y que trae la aportación de cientos de miles de personas que han entendido que no hay otra posi-bilidad para el ser humano que empezar a ser personas humanas». El hecho de reconocer y valorar a todos como personas únicas e irrepetibles ha sido uno de los secretos de Chiara. «Todo el que conoce a Chiara queda impresionado por un aspecto de su personalidad: la ausencia de pre-juicios; y esto significa una actitud de confianza y apertura». El comentario es de Sergio Zavoli, emblemática fi-gura de la cultura laica de nuestro tiempo. No se equivocaba este periodista italiano cuando se preguntó si esta trentina, nacida «en la ciudad donde se celebró el concilio que sancionó la división de la Iglesia, no estaría des-tinada a expresar la necesidad de reconciliación, empezando precisamente por los cristianos». Por eso Chiara ha sido inspiradora y protagonista de una de las vetas más vitales del movimiento ecuménico a partir de los años 70. Distintos encuentros con grupos de luteranos, de anglicanos y de ortodoxos la llevaron en los años posteriores al Vaticano II a entrar en contacto con figuras carismáticas de la cristiandad divida. El doctor Ramsey, arzobispo de Canterbury, le dijo ya en su primera audiencia: «Veo la mano de Dios en esta Obra», y la animó a difundir el Movimiento en su Iglesia. El gran patriarca Atenágoras la consideraba como una verdadera hija. «Tienes dos padres –le dijo una vez–, uno grande en Roma, Pablo VI, y otro anciano aquí, en Estambul». Chiara tuvo también el empuje profético de iniciativas que han dejado huella: la ciudadela ecuménica di Ottma-ring, Alemania, donde evangélicos y católicos viven codo a codo, así como las dos grandes manifestaciones de Stuttgart “Juntos por Europa”, que tienen un claro significado ecuménico, para ayudar a darle un alma cristiana al viejo continente. En estos 40 años, cristianos de más de trescientas Iglesias consideran que su espiritualidad es una vía hacia la unidad. Pero también el corazón del catolicismo tenía necesidad de unidad y comunión, y Chiara se empeñó en ello durante toda su vida con ese empuje que ella llamaba «pasión por la Iglesia». Hasta que una cálida tarde de mayo de 1998, la vigilia de Pentecostés, asumió un compromiso solemne ante el papa Juan Pablo II y ante unos 400.000 miembros de movimientos y nuevas comunidades eclesiales que abarrotaban la Plaza de San Pedro: «Queremos asegurarle, Santo Padre, que, puesto que la unidad es nuestro carisma específico, haremos todo lo po-sible para contribuir con todas nuestras fuerzas a realizarla». También dentro de la Iglesia católica éste es un diálogo decisivo, porque puede desencadenar esa comunión intraeclesial que pedía Juan Pablo II en la Novo millennio ineunte y que aspira a «hacer que la Iglesia sea la ca-sa y la escuela de la comunión». Todo un reto que Chiara misma aceptó y por el cual vivió cada momento. ¿Cuál es el secreto de este “viaje cósmico” por culturas y religiones con miembros y seguidores que se han vis-to aunados sin dejar de mantener siempre el máximo respeto por las características de cada uno, en una comunión planetaria? El secreto de Chiara en todas partes es lo que ella ha llamado “el arte de amar”, del que ella misma era un ejemplo vivo incomparable. Se trata de amar al que tienes enfrente como a un verdadero hijo de Dios, sin hacer distinciones entre quien es simpático y quien no lo es, entre quien nos atrae y otro que rechazaríamos, entre los de nuestro país y los extranjeros, entre cristianos y musulmanes, entre luteranos y ateos. Todo nació de su experiencia de Dios, que es amor y, por lo tanto, padre de la humanidad. Por eso, todos se sentían hermanos de ella, empezando por el pueblo bangwa, en el corazón de Camerún. Precisamente gracias al contacto con ellos, como dijo Chiara misma, «por primera vez en mi vida he intuido que tendríamos que ocuparnos de las personas de tradición no cristiana». ¿Qué ocurrió? Escuchémosla a ella. Es una experiencia que tiene un tono profético. «En muchas ocasiones me he encontrado con hermanos y hermanas de otras creencias religiosas, pero la primera experiencia fuerte para mí fue la que viví con los bangwas, una tribu profundamente arraigada en la religión tradicional. Un día, su jefe, el fon, y miles de miembros de su pueblo se reunieron en una gran explanada en medio de la selva para ofrecernos sus cantos y sus danzas. Pues bien, allí fue donde tuve la fuerte impresión de que Dios, como un inmenso sol, nos abrazaba con su amor a todos, nosotros y ellos». Unos años más tarde, en el Guildhall de Londres, donde le otorgaron el premio Templeton por el progreso de la religión, llegó la confirmación de lo que había intuido en África. Los que le dieron las gracias por su dis-curso fueron los budistas, los sijs y los hindúes. Sus palabras les habían llegado al corazón y les había recorda-do la “regla de oro”, que aparece en todas las escrituras: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti… Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti». Allí empezó el viaje que llevaría a Chiara a hablar ante miles de budistas, en Japón primero y luego en Tai-landia, a los musulmanes en la mezquita de Harlem y en otros países, a los judíos en sus sinagogas (considera-dos como auténticos hermanos mayores), a los hindúes en la India, y además a políticos de varios parlamentos del mundo, a economistas, a artistas y a operadores de los medios de comunicación… Un diálogo interreligioso e intercultural a campo abierto. ¿Cómo lo ha hecho? La respuesta la sugirió ella misma en el Guildhall en el ya lejano 1977. Ante los repre-sentantes de todas las religiones, cerró su intervención citando a san Juan de la Cruz, con una frase que hemos visto vivida por ella en directo: «Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor».


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