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Cultura de la Unidad
Abril - 2008


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Pasión por Dios, pasión por el hombre

Piero Coda


El Abandonado, un camino para hoy Muchos modos de profundizar en la fe y de abrir el pensamiento. Las raíces de Chiara están en el misterio pascual.

Me despedí de Chiara poco antes de que partiese. Me dijeron que estaba consciente y tuve esa neta sensación. Le cogí la mano y no pude decirle mas que un “gracias” con todo mi ser. Lo que más íntimamente me impresionó, y creo que no se me olvidará, fue su rostro atormentado por el dolor, que traslucía un acto perseverante y sereno de suave y purísimo amor. Mira –me dije–, Chiara sigue viviendo, y en grado máximo, lo que siempre la he visto hacer desde que la conozco: amar. Amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas. Y amar al prójimo, sea cual sea, con todo su ser, igual que Jesús en la cruz al sentirse abandonado. Me pareció que la veía en lo que ha sido y será ya para siempre según el plan de Dios sobre ella para todos nosotros: el eco perfecto del grito de Jesús abandonado, su fruto entero. Quizás sea éste el secreto del carisma que Dios le ha dado a Chiara, y ella, igual que la semilla de la parábola evangélica, ha hecho que fructificara al ciento por uno. En un texto que ya es universalmente conocido y que data de 1949, ella escribe que en Jesús abandonado está «todo el Paraíso con la Trinidad y toda la tierra con la Humanidad». El cielo y la tierra, Dios y el hombre son un todo en él, están entrelazados para siempre en una única pasión de amor. El corazón ardiente de Chiara no podía saciarse con nada que fuese menos que esto. Su pasión por Dios y su pasión por la pasión de Dios (el hombre) sólo en Jesús abandonado podían convertirse en ideal de vida entero e insuperable, concreto y siempre nuevo. Esta doble aunque única pasión la infundió Dios mismo en el corazón de Chiara cuando era joven, incluso niña. Y fue él, al revelarle un día el rostro atormentado de Jesús en su abandono, como una llamada personal e irrevocable, quien le indicó el camino para poder responderle con cada fibra de su ser y en cada expresión de su vida. Por eso Chiara es simplemente una discípula de Jesús extraordinariamente verdadera y transparente. En él y por él amó a Dios y amó al hombre. En él y por él descubrió y testimonió que Dios es amor y que el hombre está llamado a vivir este amor, que es Dios mismo. Ahí está la novedad del don de luz y vida que Dios le ha dado a través de ella a nuestro tiempo; novedad antigua como el Evangelio de Jesús y, justo por eso, siempre por descubrir, porque es inédita e inagotable. Siguiendo a Jesús abandonado y sólo a él, Chiara ha traído el Evangelio a nuestra vida. Sine glossa. Por eso, desde ahora puede ser contada entre los que, a lo largo de siglos de historia de la Iglesia, y por impulso del Espíritu Santo, han hecho que brote de nuevo el agua viva de la fuente como si fuese la primera vez, para que todos puedan beber; el agua viva que manó una vez para siempre del costado herido de Jesús en la cruz, en el centro de la historia humana. Lo mismo hicieron Agustín, Benito, Francisco, Catalina, Teresa, Ignacio, Teresita… Por eso Chiara es universal, como Jesús. Y puesto que es discípula de Jesús e hija de su Iglesia, su corazón no conocía ni podía conocer confines. Todos los que pertenecen a distintas Iglesias cristianas, los de otras tradiciones religiosas y los de convicciones culturales distintas han visto en Chiara –y han dejado que los arrolle– esa pasión por Dios y esa pasión por el hombre que les ha permitido sentirla tan cercana, incluso una de ellos. Porque es toda de Jesús. El hecho es que Chiara descubrió que Jesús abandonado es el acceso al “que todos sean uno”, su sueño en forma de oración al Padre en la hora suprema. Todos, con Chiara, se han sentido acogidos como hermanos y hermanas en la casa del Dios que es Abba, cuyo rostro revela Jesús en el soplo de vida de su Espíritu. De esta forma Chiara (y la obra de Dios a la que ha ido dando vida gracias a la aportación de multitud de hombres y mujeres que desde el principio han compartido su ideal) se ha convertido en un icono vivo de la Iglesia del Vaticano II. Una Iglesia que, como le gustaba decir a Pablo VI con palabras vibrantes, Dios llama hoy a hacerse “palabra”, “diálogo”, “coloquio”. Guiando a miles y miles de personas por el camino que el Concilio ha trazado proféticamente, Chiara ha sido una madre de esta “nueva” Iglesia, orientada a responder en Jesús a los signos inéditos que nos interpelan en nuestro tiempo. Y al mismo tiempo es pionera de una nueva cultura inspirada en el Evangelio de la unidad. Por ello hace posible que las personas, los pueblos, las civilizaciones se encuentren en el intercambio recíproco de dones para edificar juntos la civilización nueva de la verdad y del amor. El carisma de Chiara se ofrece al mundo de hoy como signo y motor de una etapa nueva, arriesgada y fascinante, de la historia de la Iglesia y de la humanidad. La etapa de la unidad. Será una simple utopía, como Chiara misma ha dicho, si no pasa por Jesús abandonado. Cuando pasa por él, el ideal de la unidad es lo que debe ser: un proyecto indispensable, real y eficaz. Como la levadura de la que habla Jesús, que casi no se nota pero es esencial para que toda la masa fermente; o como la sal, cuyo deber ser es perderse y disolverse para darle sabor a todo. Juan Pablo II repetía de mil formas que la vida de Jesús, y por tanto la de la Iglesia, es el hombre, y en él, el universo entero. Porque ésta es la vida de Dios, inalcanzable invención y libérrima opción de su amor. Y Chiara, al descubrir en Jesús abandonado “el” acceso a Dios para el hombre, se entregó toda para que el Cielo se derramase sobre la tierra, como Jesús nos enseñó a rezar, para que Dios pueda habitar “verdaderamente” entre los hombres desde ahora y anticipar lo que un día será definitivo. Pues Jesús mismo lo prometió: «Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Chiara estaba fascinada con esta promesa y la hizo vida, invitando a la comunidad de los discípulos de Jesús a prolongar eficazmente, con las obras y en los días del hombre, la maternidad de María. Igual que María generó a Jesús en la carne, del mismo modo –intuyó Chiara– quien sigue a Jesús está llamado a generar en el mundo de hoy la presencia de Jesús vivo, el Dios-Hombre, mediante el amor recíproco y verdadero por todos, sin excluir a nadie. Donde sea y en la situación que sea. Como dice un texto de Chiara que ya tiene sabor a clásico, así es como se vuelve real «lo más fascinante de nuestro tiempo: penetrar en la más alta contemplación y seguir mezclados con todos, hombre al lado del hombre». La historia de Dios avanza, delicada pero inexorablemente, en la historia de los hombres. Dios, antes buscado y esperado, en Jesús planta por fin su tienda en medio de nosotros. Y Jesús abre nuestros ojos a la vida de Dios –el amor perfecto que nos funde en uno–, que quiere germinar y dar fruto en medio de nosotros. A lo largo de los siglos, la Iglesia, fiel al Maestro, ha descubierto que no hay nada más grande y verdadero que contemplar a Dios Trinidad y transmitir su luz y su vida a los hombres. Hoy es como si hubiese llegado la hora de que todos sean partícipes y protagonistas en primera persona de esta contemplación, para que se convierta en nuestra forma de vida y en nuestro modo de ser hombres los unos con los otros, sin más fronteras ni exclusiones. Así en la tierra como en el Cielo, eso es. Ésta es la pasión de Chiara, la que Dios, a través de ella, nos ha dado a nosotros.


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