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Septiembre - 2013


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Un joven médico en la selva

Dante Ibarra


Recién terminada la carrera de Medicina, este argentino de 24 años se fue a trabajar durante seis meses a un hospital en África. Una experiencia profesional, humana y espiritual.

Camerún es como abrir un montón de regalos a la vez y cada uno revuelve cosas por dentro. Cuando me doy cuenta, estoy rodeado de estas experiencias-regalo, con su envoltorio y en buen desorden en la antesala de mis ideas. La escala en Duala, la ciudad más poblada de Camerún, ha sido el primer jarro de agua fría con realidad africana. Todo me parecía muy loco, muy curioso. Y si soy sincero, me da un poco de vergüenza. Es comprensible mi asombro y pueril curiosidad, pero por dentro me ha hecho mucho ruido mi actitud. Algo me está pasando en estos días. Y creo que tiene que ver con este lugar, esta selva donde ahora «estoy perdido». La huella El viaje desde Duala a Fontem representa lo que significa para mí comenzar esta experiencia. Tierra colorada, empapada por una fuerte lluvia; surcos en el barro, bien profundos, marcándonos el camino. El doctor Samuel, a quien ayudaré en el hospital, me dice que «para pasar con éxito por aquí hay una regla: seguir el camino hecho, no intentar hacer uno nuevo». Se me ha grabado la frase. La lluvia, el barro, la selva me recuerdan lo insignificantes que somos ante la naturaleza y sus fuerzas. El camino hecho en el barro era el que teníamos que tomar, el que ella nos ofrecía. Algunos han pasado antes y otros pasarán después, mientras la naturaleza se lo permita. ¿Es éste mi camino? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Me permitirá la vida pasarlo con éxito? ¿Somos nosotros quienes moldeamos nuestra huella o el camino nos moldea a nosotros? ¿Por qué siento rechazo ante la idea de no intentar hacer caminos nuevos? Así como la camioneta se sacudía de un lado a otro y el conductor sufría por el vehículo con cada golpe, dentro de mí la turbulencia no era menor. La experiencia profesional
 Es difícil describir el ambiente en Fontem. Las casas entre todo el verde de la montaña, el cielo cambiando de color todo el tiempo, la lluvia que se hace oír. Aquí me replanteo el prejuicio de que lo rutinario es sinónimo de aburrido. Encontrarme dentro de esta nueva rutina es de lo más innovador que me ha ocurrido. Tengo el placer de ir encontrando mis pequeños lugares sagrados, de regocijarme en las cosas más simples. El primer día en el hospital, los enfermeros, enfermeras y personal me dieron una cálida bienvenida. Como sólo son cinco médicos, se nota mucho la importancia del servicio de enfermería. Trabajan en tres turnos (mañana, tarde y noche) y no cabe duda de que son ellos quienes llevan adelante la atención de los pacientes. El hospital es muy lindo. Bien equipado y organizado en pabellones: consultorios, ecografía y radiografía, laboratorio, dentista, dispensario y administración. Sala de internación de hombres, mujeres, maternidad, pediatría, internación de cirugía. El quirófano, también muy bien instalado, está al nivel estándar de cualquier hospital de “primer mundo”. Lavandería, farmacia, sala de médicos. Muchas de estas cosas han sido fruto de donaciones.
Lo percibo como un lugar muy especial. Me da una sensación de afecto o pertenencia. Poco a poco voy tomándole la mano al diagnóstico y tratamiento de la malaria y otras enfermedades infecciosas. La verdad es que hay todo tipo de personas y enfermedades, lo que representa una motivación para leer. Me fascina ese vértigo de asumir que realmente no sé muchas cosas que creía saber, pero que tengo esta oportunidad de verlas en la vida real. Me ilusiono con la idea de volver teniendo algo de experiencia para compartir. El sentido de la muerte
 Pero no todo es bonito. Cynthia ha fallecido a causa de una disfunción renal. Esta muerte es la primera que veo desde que estoy aquí. Hasta ahora no había tenido muchas de estas experiencias en mi corta formación médica. Por el valor de la vida y por lo que el concepto de muerte nos genera, merece la pena detenerse un momento. ¿Por qué el final de la vida es tan significativo? Si todo el tiempo hay gente que fallece, ¿por qué me detengo en ella ahora? Alguna vez leí que la muerte de otra persona nos impacta porque nos recuerda que algún día nos tocará a nosotros. Tratamos, sin querer o queriendo, de evadir la realidad de que somos finitos. Frente a este hecho ineludible, urge sentir que, si en algún momento ya no existiremos, por lo menos habremos trascendido de alguna manera. El funeral de una joven de 18 años, que falleció mientras daba a luz mellizos, me permite entender un aspecto del sentido de pérdida y el significado de la expresión ashia en el dialecto pidgin de aquí. Significa «ánimo», y se usa en este tipo de situaciones con intención de compartir sentimientos. Se usa incluso en escenarios muy simples, como cuando te cruzas con alguien cargando algo pesado o caminando bajo la lluvia sin paraguas: «¡Ashia!». Y la respuesta es «Thank you». Sensaciones en bicicleta
 Después de misa, Gianni me invitó a dar una vuelta en bicicleta hasta Azi, donde vive el fon, jefe de la tribu Bangwa. Por segunda vez en la mañana subimos la cuesta, pero en bici parece más empinada. Los transeúntes nos saludan: «¡Ashia!». Lo bueno de aguantar la subida es que el regreso, cuando uno está más cansado, serás más liviano, rápido y divertido. Mientras pedaleo, pienso si ese hecho no se parece a la vida misma. En los momentos de esfuerzo, cuesta arriba, alivia pensar en la energía potencial que se acumula. Nos preparamos para el final de la pendiente que está cada vez más cerca. Y no importa lo largo que haya sido el recorrido; la velocidad y la sensación del viento en la cara secan y dignifican el sudor de la subida.


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