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Septiembre - 2013


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Ser social, pueblo, nación

José María Quint


Resulta interesante volver a leer las reflexiones de Edith Stein sobre el ser social de la persona y el sentido de pertenencia a un pueblo. ¿Pueden ofrecernos algo en el momento actual?

Edith Stein fue una mujer excepcional: importante filósofa fenomenológica (la primera mujer en doctorarse en Filosofía en Alemania, en 1916), santa carmelita del siglo XX y copatrona de Europa. Nació en el seno de una familia judía en Breslavia, hoy territorio polaco pero en aquella época territorio prusiano. Se consideraba profundamente alemana, más que polaca, pero sobre todo del pueblo judío. Tras convertirse al cristianismo a los 30 años, entró en el Carmelo. Durante la Segunda Guerra Mundial, es enviada por los nazis al campo de concentración de Auschwitz con otros católicos de origen judío en represalia por la declaración de los obispos holandeses en contra del nazismo. Murió como mártir católica ofreciendo su vida por su pueblo, el judío. Es famosa la frase que dirigió a su hermana Rose en el momento de ser apresadas: «Ven, vayamos… por nuestro pueblo». En «La estructura de la persona humana» (1931)1, Edith Stein afirma que el individuo no puede considerarse aislado del mundo en el que vive; sería una abstracción. «Su existencia es existencia en un mundo, su vida es vida en común». El entorno influye en el desarrollo de la persona y en su constitución. El hombre es un ser social que vive en una comunidad, y en última instancia en la comunidad que es la humanidad. Ser mujer, ser padre o ser jefe conforman la estructura del ser de la persona tanto como el hecho de haber crecido en una determinada comunidad. Las características típicas del alemán (organizado) o del inglés (pragmático), por ejemplo, se han ido formando por el entorno y por la tradición (historia, religión, etc.). Estas características se van heredando de generación en generación, son consustanciales a la persona y continúan formándola durante toda su vida (influencia de la familia, la educación, su ciudad natal, etc.). Una persona se forma, no hay que olvidarlo, por la influencia de varias comunidades, como la misma Edith Stein: judía, de Silesia, alemana y europea. Para esta santa filósofa un pueblo es una comunidad de personas de cierta magnitud que puede habitar o no un determinado espacio de tierra, que tiene una vida propia (parecido a un organismo) que constituye su historia, y por medio de sus representantes es protagonista de sus acciones. Un pueblo nace y generalmente «se manifiesta como tal a otros cuando aparece ya como una unidad compacta», pero también puede morir o mezclarse con otro, o ser absorbido (aunque en este caso siempre quedan rastros del original). Un pueblo ya conformado posee una cultura que lo caracteriza (modo de organizarse, costumbres, educación, arte, lengua, vida religiosa, etc.). No se puede hablar de pueblo si la cultura que él mismo ha creado a partir de la vida y que lo distingue de otros pueblos no ha sobrevivido varias generaciones. Un pueblo puede tener un Estado o no (el pueblo judío, por ejemplo, vivió sin Estado durante casi dos milenios hasta la fundación del moderno Estado de Israel en el siglo XX), pero cuando un pueblo constituye un Estado, adquiere soberanía nacional. Según Edith Stein, algo que llama la atención y confirma que nadie puede existir fuera de la comunidad es el caso de Jesucristo. «Si existe un hombre cuyo ser posea relevancia para toda la humanidad y para cada hombre concreto, sería de esperar que al menos ese hombre estuviese libre de toda vinculación a un pueblo concreto. Sin embargo, lo que sucede es que ese hombre único, que es la cabeza de la humanidad, ha nacido de y en un pueblo, ha vivido en ese pueblo y lo ha elegido como instrumento para la redención de toda la humanidad. El hecho del pueblo elegido y del surgimiento del redentor dentro de él apunta en mi opinión de modo natural a la innegable relevancia del pueblo para la humanidad». Cuando los miembros de una comunidad toman conciencia de sentirse de un pueblo determinado, comienza «la responsabilidad y la necesidad de la valoración personal». Éste es un punto muy importante a tener en cuenta, porque toda persona que ha vivido en un pueblo, lo «habrá amado, pues sin un mínimo de amor no puede existir una comunidad». La valoración del ser humano, por ser estructuralmente un ser social, pasa también por la valoración de su pueblo. «Anhelar amor quiere decir anhelar que los demás reconozcan el propio valor personal y nos cercioren a nosotros de la existencia del mismo, así como querer saberlo custodiado por ellos». Este pueblo, que se ha hecho, ha crecido y se ha vuelto original y único, no puede agradecerse sólo a sí mismo lo que es, ya que siempre se reciben influencias de otras culturas, aparte que todo pueblo ha absorbida durante su historia elementos culturales de otros pueblos. El pueblo es algo finito. «Es a Dios a quien debemos más agradecimiento –dice Edith Stein– y a quien todo le debemos», pues «el modo de ser de los individuos (…) al igual que el alma misma, no procede de ningún otro lugar más que directamente del creador de todo ser». «Todo lo que debe a comunidades terrenas, lo debe indirectamente a Dios», y «Dios determina la medida de las obligaciones que tiene frente a ellas». Debo, pues, responder a mi conciencia. «En todo hombre hay un recinto que no procede de otros hombres y que no es determinado por otros hombres. En él el hombre está solo ante Dios. Se trata de lo más íntimo del alma, del yo individual y libre en sentido absoluto, del yo personal». Cada hombre se sentirá en conciencia llamado a actuar: unos en el entorno de su familia, otros a servir a su pueblo, otros a salir a otros pueblos, y otros incluso a apartarse en una comunidad fuera del mundo por el Señor. Finalmente, concluye Edith Stein, el criterio último del valor de un hombre no es qué aporta a la comunidad (familia, pueblo o humanidad), sino si responde o no a la llamada de Dios. Con esto Edith Stein salva la posibilidad de ser siempre libres y desautoriza toda manipulación de las masas sometidas a la absolutización del valor de patria o nación (como se daba en esa época de surgimiento de totalitarismos). La dignidad del hombre, su identidad, está en ser hijo de Dios por encima de todo. 1)Edith STEIN, Obras Completas Vol 4, Ediciones Monte Carmelo, Burgos 2003.


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