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Julio - 2013


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Un compromiso responsable con la educación

Jesús García


Pido disculpas por abordar un tema que lleva tiempo revoloteando por encima de nuestros pensamientos y, por si fuera poco, creando cierto clima de desasosiego y agitación.

Pido disculpas por abordar un tema que lleva tiempo revoloteando por encima de nuestros pensamientos y, por si fuera poco, creando cierto clima de desasosiego y agitación. Como si de una montaña rusa se tratara, cada cuatro años todo el sistema educativo se sube a los vagones del vértigo y, sin consenso y sabiendo que tarde o temprano vendrán más cambios de rumbo, se avecina otra nueva reforma de la legislación educativa. Una vez más estamos en ascuas porque una reforma que nace de la mayoría, pero sin la fuerza de un pacto serio y estable, está destinada a más cambios y reformas que reformarán lo ya reformado cuando cambien los colores o las mayorías. La incertidumbre y el desánimo vuelven a instalarse entre los educadores. Tras hablar con unos y otros, en debates más o menos apasionados, he llegado a una conclusión: se habla mucho de reforma pero poco de educación. Sin desdeñar el debate político, social, lingüístico o ideológico (todo es necesario), me pregunto si la educación es el interés central de este nuevo intento de reforma; es decir, si el interés central es cómo ayudar a formar personas más libres y responsables, cómo ayudar a los educadores (maestros y padres) a que formen mejores personas, y cómo emplear los recursos –no sólo materiales– para ello. Y lo comprendo. Hace falta valor y clarividencia para adentrarse en este campo, y una actitud casi heroica para afrontar la educación –en sentido amplio– de toda una generación más allá de avatares políticos o partidistas. Todos sabemos lo que no funciona (y sufrimos sus consecuencias), pero hace falta valor para hacer propuestas libres y eficaces que, a su vez, apunten a lo que debe mejorar y cómo hacerlo. No es fácil. Todos estamos de acuerdo en que hay cosas que deben cambiar o, mejor, ser reformuladas. Ahora bien, yo que estoy frente al teclado, en el reducido universo de mi cuarto de trabajo, o usted que está leyendo este artículo, podemos pensar: ¿Qué puedo hacer yo desde este poco influyente espacio?, ¿qué podemos hacer ante esas “apisonadoras” que nos pasan por encima formulando propuestas que, aun siendo razonables, vemos efímeras y con fecha de caducidad? Desde la pasividad y los complejos no hacemos nada. Por ello nos atrevemos a dar un paso adelante y hacer algunas propuestas. Para empezar –y nunca deberíamos perderlo de vista–, la familia debe llegar a ser reconocida (porque lo es realmente) como el «capital social primario» de la sociedad y por ello de la educación. La familia es y debe considerarse a sí misma como un original microcosmos de solidaridad recíproca. Desde esta óptica tiene fuerzas para impulsar dentro y fuera de ella enseñantes que sean capaces de vivir sanas y verdaderas relaciones educativas. Es decir, por el mero hecho de vivir como una auténtica familia ya estamos re-formando la educación. Ahora bien, hay un «capital social secundario» cuya importancia no podemos desdeñar. Este capital secundario está constituido por el asociacionismo y otras redes de educadores que ayudan a mantener el sentido de pertenencia, pero van más allá. También se constituyen como fuentes de recursos y –a la larga– como áreas de influencia positiva para ayudar a la educación en general a cumplir su cometido. Hace poco encontré una metáfora que me hizo pensar. Las opiniones sobre educación son como una polifonía que hay que transformar en armonía de propuestas educativas. Son necesarios educadores que se sitúen como «catalizadores proféticamente capaces de alimentar nuevos caminos y alternativas» y de construir el nuevo edificio cultural y social. Asistir o no a un taller formativo para padres y educadores, entrar a formar parte de un grupo de diálogo para buscar nuevas formas para educar o simplemente unirse a otros educadores para compartir experiencias educativas, tanto positivas como negativas, pueden ser, entre otros, los cimientos y ladrillos más adecuados para construir ese nuevo edificio de la educación. En cualquier caso, más allá de reformas pasajeras, nuestro compromiso responsable con la educación y la fuerza de una auténtica relación entre los educadores son el humus en el que se pueden gestar ideas válidas para tiempos de incertidumbre y desorientación.


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