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Julio - 2013


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Monasterio de Oseira

Clara Arahuetes


Desde el inicio del cristianismo los eremitas y anacoretas poblaron las riberas del Sil y del Miño, atraídos por la soledad y el misterio de la naturaleza.

Desde el inicio del cristianismo los eremitas y anacoretas poblaron las riberas del Sil y del Miño, atraídos por la soledad y el misterio de la naturaleza. El término Ribeira Sacra alude a los monasterios y ermitas que desde el siglo V se asentaron en los valles de estos ríos, en las provincias de Lugo y Orense. A partir del siglo VII el desarrollo monástico aumenta en esta zona, gracias a las reformas de San Fructuoso, la reafirmación del cristianismo frente al islam y al descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago en el siglo XI, época en la que los monasterios benedictinos consolidan su poder espiritual y económico. Posteriormente, con la reforma del Císter, viven una etapa de esplendor y se convierten en una referencia espiritual, cultural y económica de Galicia. Uno de los monasterios más espectaculares es el de Santa María de Oseira, que nos sorprende incluso antes de llegar por su grandiosidad; se le ha llamado El Escorial gallego. Se dice que los monjes cistercienses son especialistas en elegir lugares adecuados para sus construcciones, y en Oseira es así, ya que allí se unen la belleza del paisaje, la abundancia de agua y el clima suave, pues las montañas lo protegen del frío del norte y está abierto al sol del mediodía. La abadía recibe su nombre del río Ursaria, lugar de osos, en alusión a estos mamíferos que hace mucho tiempo vivirían en el valle. Está situado en la provincia de Orense, muy cerca de Lugo y Pontevedra, en San Cristovo de Cea. Es el primero de los monasterios cistercienses de Orense y fue fundado por San Bernardo de Claraval. Sobre su origen, cuenta la leyenda que una noche unos ermitaños que vivían en esta zona tuvieron una visión en el cielo, en ella los ángeles formaron con estrellas la figura de un templo. Y por eso los eremitas crearon allí un centro monástico. La historia nos dice que en el año 1137, había cuatro monjes viviendo en este lugar según la regla de San Benito. La abadía benedictina se unió a la reforma del Císter y en 1141 llegaron un grupo de monjes enviados por el propio San Bernardo desde Claraval. Al espacio monástico, cercado por un muro, se accede a través de un arco del s. XVII, rematado por la imagen de la Asunción y dos ángeles músicos. Una amplia lonja se extiende delante de las fachadas de la iglesia y monasterio, que forman ángulo recto. La fachada de la iglesia es almohadillada y está rematada con dos torres a los lados. Fue construida en el s. XVII y a modo de telón, tapa el frente de la iglesia medieval. Sobre la puerta se encuentra la imagen de la Virgen. También vemos a San Benito y San Bernardo y varios escudos. Mientras que la del monasterio, también almohadillada, es de 1708. La portada se compone de arco de medio punto con columnas salomónicas que enmarcan escenas de la vida de los santos fundadores. Sobre el arco aparece el escudo de Oseira entre alegorías de la vida y la muerte. En la parte superior un nicho con la Virgen y San Bernardo, y como remate del conjunto la Virgen de la Esperanza. El vestíbulo comunica con el primer claustro, llamado de la Hospedería o de los Caballeros porque en este lugar estaban las caballerizas y allí se apeaban los que llegaban al monasterio a caballo. Se construyó en el s. XVIII. En el Claustro Reglar o Procesional, al lado de la iglesia, también llamado de los Medallones, se representan figuras históricas. Antes existió aquí un claustro medieval y más tarde otro del s. XVI, de donde proceden los medallones que adornan el actual, iniciado en 1760. El último de los claustros y el más esbelto, el de los Pináculos, es de 1629 y debe su nombre a los remates de sus contrafuertes. Solo tiene tres lados, que se cubren con bóvedas de crucería. La parte más antigua del monasterio y de gran valor arquitectónico es la iglesia, que construida a finales del s. XII y en las primeras décadas del XIII, es uno de los mayores templos de la orden cisterciense en España. Se inició en 1185 y la cabecera es lo primero que se hizo, aunque el conjunto tiene una clara unidad constructiva en todos sus elementos. La planta es de cruz latina con tres naves cubiertas con bóvedas de cañón apuntado. Los capiteles tienen decoración vegetal. La cabecera, de grandes proporciones, está rodeada por la girola, en la que se abren cinco capillas. El ábside se cubre con bóveda de crucería. Preside la capilla mayor una joya del románico, la Virgen de la Leche, del siglo XIII. Esculpida en piedra policromada, representa a María sentada con el niño. El crucero se cubre con una espléndida cúpula. A los pies del templo está el coro alto, que se alza sobre una bóveda plana de crucería de 1550. A finales del barroco se añaden varios retablos en la girola y en el crucero, estos últimos dedicados a Santiago, San Benito, San Bernardo y San Famiano. En la segunda mitad del siglo XVII se pintó gran parte de la iglesia, y todavía hoy podemos ver estas pinturas en la capilla mayor, en la cúpula y algunas peor conservadas en los brazos del crucero. Visitando el interior del monasterio nos encontramos con espacios tan impactantes como la antigua sala capitular, de finales del gótico. De planta cuadrada, es conocida como la Sala de las Palmeras. Las cuatro columnas centrales, torsionadas y estriadas, sin capiteles, parecen abrirse en las nervaduras de crucería de la bóveda. Otros lugares a destacar son: la Escalera de Honor del s. XVII, de estilo herreriano, reedificada en el s. XVIII; el Museo de Piedra, que se encuentra en una sala abovedada donde se exponen cientos de obras pétreas del monasterio de distintas épocas; y la Escalera de los Obispos, llamada así por las imágenes de obispos y santos de la orden, con bóveda octogonal de crucería del siglo XVI. En 1835, con la desamortización, los monjes fueron expulsados del monasterio y se perdieron muchos de sus tesoros, entre ellos la biblioteca y el archivo. Según las crónicas, por la Escalera de Honor subían y bajaban carros con libros y pergaminos. En 1929 los monjes volvieron y empezaron la restauración del edificio. El padre Juan María fue el protagonista principal tanto en la dirección de las obras como en la reconstrucción de muchos de los elementos, como la bóveda del refectorio, reconstruida totalmente. Los monasterios siguen conservando su atractivo como lugares de oración y centros de cultura, y nos invitan todavía hoy a la reflexión interior y a contemplar la belleza de los tesoros artísticos que se conservan entre sus muros. Clara Arahuetes clara.arahuetes@telefonica.net


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