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Cultura de la Unidad
Julio - 2013


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El amor, un arte que requiere esfuerzo y sabiduría

María Voce


Séptima entrega de una intervención de la presidenta de los Focolares sobre el amor al hermano, uno de los puntos básicos de la espiritualidad de la unidad.

Si ante cada uno somos verdaderamente una «nada» de amor, el Espíritu Santo guía con su luz nuestro diálogo y el hermano puede abrirse completamente. Así hace posible que captemos lo que está vivo en él –vivo en sentido espiritual– (como dice Chiara Lubich: «una llama de la vida divina en su corazón»); o vivo en sentido simplemente humano: «expresión de esos valores que Dios, al crearnos, ha depositado en toda alma humana»1. La experiencia de Chiara y de todo el Movimiento es que precisamente en ese algo «vivo» podemos injertar con delicadeza y en actitud de servicio los aspectos del mensaje evangélico que poseemos y que dan plenitud a lo que el hermano ya cree. Son aspectos que en muchos casos él ya está esperando y que dan paso a toda la verdad. He pedido que me señalaran algunos destellos de esta vida recogidos aquí y allá. Os cito sólo algunos, aunque todos son muy significativos. Por ejemplo, John Wesley, fundador del movimiento metodista, recuerda a todas las Iglesias cristianas: «El fruto necesario del amor a Dios es el amor por nuestro prójimo, por cada alma que Dios ha creado, sin excluir a nuestros enemigos, sin excluir a quienes “nos insultan y nos persiguen”; el mismo amor con que nos amamos a nosotros mismos y amamos nuestra alma»2. Y en el mundo evangélico-luterano, Walter y Hanna Hümmer, fundadores de la Christusbruderschaft: «Nuestra vida interior se enriquece si donamos (al hermano) lo que el amor ha obrado en nosotros. Ser para el otro no empobrece, sino que enriquece»3. En los maestros de las grandes religiones siempre encontramos la «regla de oro». Un hadiz islámico reza: «Ninguno de vosotros es un verdadero creyente hasta que no desee para su hermano lo que quiere para sí mismo»4. En el hinduismo, la esencia de toda la adoración está en ser buenos y hacer el bien a los demás. Quien ve la divinidad en el pobre, en el débil y en el enfermo adora realmente a Dios. Si alguien ve a Dios sólo en una imagen, su adoración está aún en grado inicial. Si alguien sirve y ayuda a un hombre pobre viendo en él a Dios sin pensar en su casta, credo, raza o cualquier otra cosa, Dios está más satisfecho de él que de un hombre que lo vea sólo en los templos. Al venerable Etai Yamada, budista, le gustaba citar el lema del gran maestro Saicho, fundador del budismo Tendai: «Olvidarse de sí mismos y servir a los demás es el culmen del amor-compasión»5, palabras que también citó Juan Pablo II cuando se reunió con los representantes de otras religiones en Tokio en 1981. El venerable Yamada nos animaba diciendo: «Se puede decir que 1.200 años después, el Focolar pone en práctica las palabras del maestro». Y en el mundo de los que no se reconocen en ninguna convicción religiosa ¿cómo no recordar al psicólogo y filósofo Erich Fromm, que describe el amor como una capacidad que hay que desarrollar ejercitándola, como un pianista se ejercita al piano? «¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. [...] Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar. De ahí que para ellos el problema sea cómo lograr que los amen, cómo ser dignos de amor. [...] El primer paso es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma que si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería»6. (continuará) 1 Cf. C. Lubich, Santificarse juntos, Ciudad Nueva, Madrid 1994, p. 121. 2 J. Wesley, The Marks of the New Birth, 1748, cit. en V. Benecchi - J. Wesley, L’ottimismo della grazia, Claudiana, Turín 2005, p. 35. 3 H. y W. Hümmer, Leise und ganz nah, Selbitz 2009, p. 323 (traducción nuestra). 4 Los cuarenta hadices del imán an-Nawawi, hadiz n. 13. 5 Reglas para los monjes de la escuela Tendai, 6. 6 E. Fromm, El arte de amar, Paidós, Madrid 1977, pp. 11, 15.


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