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Julio - 2013


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Y Sara volvió a casa

Por familia Benavente O’Connor


De vez en cuando algo te recuerda que la vida está sólo en manos de Dios.

Hace dos meses nuestra hija pequeña, de la noche a la mañana y sin previo aviso, desarrolló una gangrena gaseosa en una pierna que casi le cuesta la pierna y la misma vida. Cuando un dolor tan fuerte llama a tu puerta, tienes dos opciones: revelarte y preguntarte por qué te sucede eso, o aceptarlo confiadamente y ponerte en manos de Dios. Cuando adoptas esta segunda postura, puedes llegar a sacar un montón de cosas positivas de hechos aparentemente negativos. Hemos podido comprobar que Dios permite las pruebas, pero él está ahí para sostenerte, acompañarte, guiarte y darte fuerzas para seguir adelante. Todo esto lo hace mediante las personas que te rodean. En nuestro caso se generó una corriente de amor impresionante, como si todo el mundo tratara de paliar nuestro dolor con lo mejor que llevan dentro, procurando ayudarnos con el resto de los hijos (en total tenemos cinco, entre 7 y 16 años), con las comidas, etc., y sobre todo rezando y pidiendo oraciones a sus conocidos por la curación de Sara. Ciertamente ése era el mayor consuelo que nos podían dar: sentir su amor, sentir que la carga se repartía entre muchos, como si Sara fuera su propia hija, con la seguridad en la fuerza de la oración, porque si unidos pedimos algo al Padre, Él nos lo concede. Y nos concedió estar en pie, unidos, sin dudar, sin hacer preguntas y continuar amando. El amor de Dios lo notábamos en muchos detalles en el hospital, como el mismo equipo médico tan competente que atendió a Sara. Muchas enfermeras nos decían que habíamos caído en las mejores manos. Pudimos estar más tiempo de lo habitual con nuestra hija en los quince días que estuvo en la UVI. Para la última intervención que le hicieron se encontró un quirófano libre antes de lo que pensábamos. Luego nos pusieron en una habitación individual con cama para el acompañante en una planta en la que sólo había dos habitaciones con esas características. Han sido unos días en los que hemos podido comprobar que sólo si tratas de amar en el momento presente consigues salir de tu dolor, y eso es lo que te mantiene en pie. Para nuestra familia ha sido una experiencia muy fuerte, pero muy bonita. Decían nuestros hijos que nos ha unido mucho. Ellos en todo momento conocían la gravedad de la situación y, conscientes de que los planes de Dios podrían ser otros, hemos rezado en familia poniéndolo todo en sus manos, porque sólo Él sabe qué es lo mejor para cada uno. Después de casi un mes en el hospital, Sara volvió a casa. Los chicos le escribieron cosas como estas: «¡Ya era hora de que vinieras a dar un poco de guerra a esta casa, que estaba un poco triste sin ti. Gracias a Dios estás aquí de nuevo con nosotros. También gracias a Él tienes pierna para que disfrutes de la vida corriendo y saltando. Dios ha querido que fuera así. Por eso estás aquí»; «Sarita, te queremos un montón. Me alegro de que ya vuelvas a casa. Yo primero pensé que no era para tanto, pero luego cuando te vi en la UVI, me dio un montón de tristeza. Me hubiese gustado cambiarme por ti en el hospital. Después de todo esto entiendo cómo Dios sabe sacar algo bueno de todo lo malo. En resumen, Sarita, eres un milagro y por esto que has pasado has hecho otros milagros». Es verdad. ¡Cuántos milagros ha hecho Dios a través de Sarita! Nos consta que algunas personas alejadas de Dios han vuelto a rezar, que a mucha gente le ha tocado el corazón y se han parado a pensar qué estaban haciendo con su vida. Y tantas otras cosas que desconocemos… Después de lo que hemos vivido juntos, y aunque todavía nos queda un largo trecho y varios quirófanos para que Sarita vuelva a poder andar normalmente, sólo podemos dar gracias a Dios por cuidarnos siempre tanto y le pedimos que no nos suelte nunca de su mano, o nos perderíamos.


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