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Julio - 2013


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Una buscadora incómoda

Maximiliano Marianelli y Martin Steffens*


El 24 de agosto se cumplirán sesenta años de la muerte de Simone Weil, una de las figuras más importantes de la cultura del siglo XX.

Simone Weil nació en París en 1909, en el seno de una familia judía atea. Vivió una existencia inquieta, y su obra fue y es una llamada de atención y una provocación para la cultura de hoy. Alumna de Émile Chartier (Alain), filósofo y maestro de numerosos intelectuales franceses de la época, Simone fue docente de secundaria y sindicalista. Enemiga de toda forma de totalitarismo y profundamente crítica hacia toda clase de idolatría, combatía a los que ella definía «los soñadores de día», individuos dispuestos a hacer cualquier cosa, a cometer cualquier crimen para realizar, precisamente, su sueño. Simone fue obrera, participó en la guerra civil española, se exilió después en Estados Unidos huyendo del nazismo por ser judía, por más que, como ella misma precisó, distante de la cultura y de la tradición de su pueblo. Finalmente, se estableció en Londres, comprometida con la Resistencia contra los alemanes. Allí, afecta por la tuberculosis, murió en el sanatorio de Ashford en 1943 a los 34 años de edad. Piedra de escándalo La de Simone Weil fue una figura que escapa a cualquier catalogación, una piedra de escándalo para las ideologías, los maximalismos contrapuestos, la cultura postmoderna. Anarquista y mística, pacifista y combativa, intelectual y obrera, Simone ejerce una franca fascinación sobre las culturas occidental y oriental, dando así testimonio de su vocación intercultural e interreligiosa: «Traicionaría la verdad si abandonara la posición en la que me encuentro desde que nací, o sea, el punto de intersección entre el cristianismo y todo lo que está fuera de él». De hecho, en su pensamiento se siente identificada una gran variedad de personas. En la sede parisina de la «Asociación para el estudio del pensamiento de Simone Weil», por ejemplo, se puede encontrar tanto a un anarquista alemán como a un investigador del Centro Nacional de Investigación Científica o un anciano que encontró la fe gracias a ella… Pero esta variedad no tiene que sorprender: refleja la riqueza y la pluralidad de la misma Simone Weil. La experiencia de malheur Su experiencia como obrera en la cadencia deshumanizante del trabajo en cadena la precipita en lo que ella misma definió malheur (infelicidad, desdicha, desgracia); una infelicidad que tiene que ver con la impresión mortífera de no contar para nada. La desdicha de una madre que ve morir a su hijo porque la situación social en la que se encuentra no le permite acceder a mejores curas; la desgracia de ese gesto imprudente que despeña el vehículo en un precipicio... Tras cada experiencia de este tipo, el hombre se hiere duramente ante la indiferencia de los seres y de las cosas. Pero el ingreso de Simone Weil en el malheur representa también la ocasión para ella, totalmente inesperada, de encontrar a Cristo. En ese lugar de total desamparo, Simone Weil descubre que una voz todavía penetra; una voz que no se puede comprender más que allí, en la certidumbre de que la propia vida no vale nada. Esa voz es la de Cristo, cuyo carácter auténticamente divino no reside en haber hecho milagros, sino en haber clamado, en el umbral de la muerte: «Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?». Lo infinitamente pequeño La vida de Simone es revolucionada por ese encuentro con Cristo. Sin decir nada a nadie, y justo cuando la Historia se precipita alrededor de ella (estamos en 1938), se pone tras las huellas de Dios en ese mundo que parecía librado al azar y a la violencia. Descubre entonces que Dios no puede estar presente en este mundo sino «bajo la forma de lo infinitamente pequeño». El amor de Dios no se impone al hombre, sino que se propone al hombre discretamente, pacientemente. El poder de Dios consiste en haber renunciado al poder: Dios consintió no ser todo para que nosotros, criaturas, pudiéramos ser. De aquí la esencial ausencia de Dios aquí abajo. De ahí el malheur. La renuncia de Dios a su propio reino dona al hombre su vocación. Como Dios renuncia al poder, el hombre está destinado a renunciar a su deseo de dominación para convertirse, en el corazón de los sufrimientos humanos, en simple instrumento de Dios: la prueba viviente de su amor. En busca de lo divino Simone Weil murió como vivió: en una total donación de sí. Impedida de regresar a su patria para participar en la resistencia, se le encomienda la redacción de la que hubiera podido ser la Constitución de la Francia liberada. En ella se refleja lo que su experiencia religiosa le había enseñado: el hombre no es un ser de derechos, sino de deberes. Es dentro de la libre renuncia a sí mismo por amor al mundo y a los hombres como se realiza plenamente. En un congreso internacional, los expertos Attilio Danese y Giulia Paola Di Nicola subrayaron la peculiar posición de Weil acerca del bautismo. En al menos dos cartas, había expresado las razones de su rechazo. Se trataba de no querer pertenecer a un grupo (cualquier grupo, Iglesia incluida) porque, en su opinión, el instinto de agregación tenía la capacidad de cancelar el pensamiento y la imaginación moral. Sus objeciones eran especialmente de orden filosófico. En ellas expresaba su convicción de que el requisito de la Iglesia de una adhesión intelectual a los dogmas como condición para recibir el bautismo era ilegítimo. No obstante, fue bautizada privadamente, poco antes de morir. De su difícil relación con la Iglesia Católica, en donde se explicitaba la que Weil consideraba su vocación de “umbral”, de “frontera”, habla también el jesuita Piersandro Vanzan. En su opinión, Weil elige anclarse con el corazón y con la mente a la esencia unitaria de las grandes religiones, dejando de lado los dogmas, las instituciones, los grupos y las proclamaciones. Simone Weil siente la necesidad de buscar lo divino en ese camino negativo, oscuro, que permanece secreto aun para el alma de quien busca a Dios. Por eso, sus obras y su vida constituyen una inquietante provocación, no sólo en cuanto crítica radical y vigorosa a la cultura moderna, sino también como desafío fecundo de posibles desarrollos para la Iglesia y para la cultura misma. *Martin Steffens es profesor de Filosofía y autor de 15 jours avec Simone Weil, publicado por Ed. Nouvelle Cité (París).


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