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Septiembre - 2013


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Reforzar la barca

Por Michele Zanzucchi y Eduardo Ortubia


Gran éxito de la JMJ y del papa Francisco en Río de Janeiro el pasado mes de julio.

Tres millones de personas, según la organización, ocuparon sencilla y alegremente toda la playa de Copacabana durante la misa conclusiva de la JMJ en Río de Janeiro. ¿Quién reúne en estos tiempos a tanta gente? ¿Y quién se atreve a convocarla no con fines lúdicos o políticos, sino para reflexionar sobre lo que no muere, para buscar caminos de paz y justicia? El verdadero eje Con sus gestos (conmovedor el beso a la niña anencéfala durante el ofertorio), el papa conquistó a todos, uno a uno, ante la presencia de los presidentes de Brasil, Argentina y Bolivia. Y también conquistó con sus palabras: «El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor». El papa Francisco fue el verdadero eje de la JMJ, capaz de establecer una sintonía inmediata con esa multitud de jóvenes usando un lenguaje extraordinariamente sencillo, pastoral y teológico, y saludando a todos infatigablemente. Hombre del Evangelio, proclamador de Jesucristo y de nadie más, el papa fustigó a los políticos para que hagan una mejor política social y escuchen a los excluidos, pero también reprendió a la Iglesia y a sus responsables, a quienes invitó a promover siempre una cultura de encuentro y a no anteponer los intereses particulares al bien común. «Los obispos han de ser (…) hombres que no tengan “psicología de príncipes”», les dijo entre otras cosas a los obispos del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). Salir, ser misioneros –todos–, seguir a Jesús y amar siempre a todos para cambiar el mundo. Éstos fueron los temas que continuamente repitió el papa. Y lo hizo también al concluir: «Llevar el Evangelio es llevar la fuerza de Dios para erradicar y demoler el mal y la violencia, para destruir y abatir las barreras del egoísmo, de la intolerancia y del odio, para edificar un mundo nuevo». Fortalezas y debilidades Se calcula que unos cincuenta mil voluntarios hicieron posible el evento, uno de los muchos aspectos positivos de esta 18ª JMJ. Otro: la cercanía entre generaciones, que resultó ser uno de los puntos fuertes de esta manifestación. Igualmente sorprendente fue el respeto y la colaboración entre distintos grupos, comunidades y movimientos, parroquias y diócesis, sobre todo durante la Feria Vocacional. Muchos observadores han señalado también como algo muy positivo la participación mayoritaria y convencida de las distintas Iglesias sudamericanas, sin excluir ninguna, probablemente a causa de la “sorpresa” por un papa de aquellas tierras. En el otro extremo, cabe señalar un cierto gigantismo en la organización, que no obstante los medios desplegados pasó por momentos difíciles. No pocos han señalado también que los jóvenes tuvieron poco espacio en las grandes manifestaciones para expresar sus necesidades y sus interrogantes. Asimismo, en la vigilia afloró una gran “emotividad de la fe”, que en estos tiempos está ganando terreno en Brasil a causa de la influencia de las Iglesias evangélicas y evangelistas, y que está contagiando a una Iglesia católica que parece distanciarse de las inquietudes sociales. Por otra parte, ningún testimonio durante las manifestaciones generales puso de relieve ese espíritu de diálogo que el papa tanto invoca: diálogo ecuménico, interreligioso, con los no creyentes, con la cultura contemporánea... Por último, sobre el escenario estaba casi exclusivamente Brasil. Pero las JMJ son manifestaciones universales y en Río había representantes de 178 países, que no tuvieron voz, si bien hay que reconocer que la participación europea fue escasa, muy probablemente a causa la actual crisis económica. El reto Pero el balance de la JMJ de Río deberían hacerlo sobre todo los jóvenes que participaron y vivieron su evento en compañía del papa. Y es que las JMJ las protagonizan esos jóvenes, que llegan del mundo entero, capaces de mezclar comunión y fiesta, amistad y oración, explosiones de alegría y silencios profundísimos. Un joven ecuatoriano resumía sus vivencias de esta manera: «Estamos muertos de cansancio porque prácticamente no hemos dormido en cuatro días. No queríamos desaprovechar un solo minuto para conocer a otros jóvenes católicos del mundo entero, para vivir una comunión planetaria. En las palabras del papa hemos captado una invitación a no quedarnos sólo en la fiesta, sino a comprometernos para cambiar este mundo. Ahora volvemos a nuestros países y encontraremos injusticia, ateísmo, secularización..., pero no tenemos las herramientas necesarias para ser misioneros capaces de cambiar el mundo. Alguien tendrá que enseñarnos. El papa nos ha dado las coordenadas, ahora tenemos que encontrar las estrategias. El Evangelio es el faro de nuestra vida, pero hay que reforzar la frágil barca de nuestras comunidades». Quizás éste sea el reto para la Iglesia católica tras la riquísima JMJ de Río de Janeiro.


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