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Cultura de la Unidad
Abril - 2008


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Parten las naves

Michele Genisio


Difusión de los Focolares El amor a un crucifijo vivo, a Jesús abandonado, impulsó a Chiara a llegar hasta los confines de la tierra.

Volvía él tranquilamente a casa en bicicleta por un camino solitario en mitad del campo, a las afueras de Siracu-sa. A un lado del camino caminaba una mujer; una mujer joven, hermosa, alta, rubia… del Norte, vaya. Él se que-dó medio así. ¿Qué hacía ésta, una mujer joven caminando sola en Sicilia y en aquellos tiempos? Se paró y bajó de la bici para preguntarle si necesitaba ayuda. «Vengo de Trento –respondió ella– y Dios es todo lo que tengo. ¿Sabes indicarme el camino al convento de los padres maristas?». Él se quedó con la boca abierta. Se esperaba cualquier cosa menos esa respuesta. Torpemente le indicó el camino del convento. Esa muchacha se llamaba Gra-ziella, Graziella De Luca. Y aquella tarde empezó también en Siracusa la aventura del ideal de la unidad. Unos años antes, la misma Graziella caminaba con su trenza rubia por el mercado de Pistoia al lado de un mu-chacho de unos veinte años. Había ido allí para hablar con el padre del chico, el diputado Foresi. Pero como no es-taba en casa, terminó paseando entre los puestos del mercado con el hijo, Pasquale, bastante tímido e inmensa-mente idealista. Muy cortésmente él le pregunto cuál era el motivo de la visita, y, como sabía que formaba parte de un grupo de chicas católicas, se interesó por el espíritu que las animaba. «Queremos vivir aquí en la tierra la vida de la Trinidad», respondió cándidamente Graziella. Se quedó atónito: en el corazón de Pasquale había sido plantada esa mañana la semilla del mismo ideal, que daría grandes frutos. No sólo Graziella, obviamente. Dirce, también llamada Desi, se fue a París con el ideal de Chiara en el corazón. La esperaba en la Gare de Lyon uno de los jóvenes de la misión que la había invitado. La llevó a tomar un café a un bar, y allí, pocos minutos después, oyó que le preguntaba a bocajarro: «¿Quién es Dios para ti?». Claro, cuando estás sentado en un bar tomando un café con una chica, te esperas lo que sea menos que ella te pregunte quién es Dios para ti. Desi Bursa, ése es su apellido, cuenta que daba vueltas por la ciudad buscando alojamiento, con un bocadillo en el bolso y poquísimo dinero, lo justo para comprar un zumo de fruta: «Aprovechábamos esos largos paseos para rezar y encomendarle a Dios las personas que veíamos. No conocíamos a nadie, así que no teníamos otra cosa que hacer que amar». Así pues, lo mismo en Francia. Durante los meses de verano, el pequeño pueblo que había acogido el carisma de la unidad de Chiara se reunía para pasar las vacaciones. Aquellos lugares, aquellas casas de montaña en los Dolomitas se llamaron “Mariápo-lis”, ciudad de María. Allí hacían una sorprendente experiencia de unidad y comprendían la grandeza y la alegría de vivir con Jesús presente entre quienes se aman en su nombre. «Tranviarios, estudiantes, médicos, tenderos y diputados, cuando entran en la Mariápolis quedan equiparados. ¿De qué valen los cargos si aquí somos hermanos? Esto es un paraíso donde reina la unidad, ah, ah, ah». Por los senderos de montaña resonaban alegremente cantos como éste, que hablan de la absoluta novedad que estaba ocurriendo. En una de esas Mariápolis, Chiara comprendió que su ideal también era para otros lugares. Aldo Stedile partió para Alemania. Luego algunos focolarinos se trasladaron a Tongerloo para ayudar en la obra social del padre We-renfried en favor de la Iglesia necesitada. En torno a ellos se fue formando una pequeña comunidad que reunía a personas de distintos estratos sociales, de obreros a nobles. El ideal de la unidad llegaba también a Bélgica. Por su parte, Ginetta Calliari se fue a Brasil. Corría el año 1959. Los focolarinos y las focolarinas cantaban, con las notas de una canción napolitana: «Parten las naves, vuelan los aeroplanos». Partían… y llevaban en el corazón las palabras de Jesús: «He venido a traer fuego a la tierra; y cómo quisiera que ya ardiese», y el anhelo de Teresita de Lisieux: «Quisiera recorrer la tierra anunciando el Evangelio». Partían y ¿qué llevaban? Lo que habían vivido. El “ideal”. Así llamaban a la vida que habían empezado en Trento pocos años antes alrededor de Chiara. Porque no había otras palabras que pudieran expresarla. Iban deslumbrados por una frase del Evangelio: Dios es amor. Un rayo en la oscuridad, una luz. Pero “luz” no lo dice todo; la palabra latina claritas lo expresa mejor. O sea, un res-plandor, una transparencia que todo lo hacía nuevo. Habían encontrado el pernio en torno al cual gira todo: el amor, que es Dios. Dios que es amor. ¿Cómo no dárselo a los demás? Lia Brunet, Vittorio Sabbione y Carlo Casabeltrame se fueron a Sudamérica. Y muchos, muchos más. Giandomenico Catarinella, Nicasio Triolo, Danilo Gioacchino y Lucio Dal Soglio volaron a África. Aletta Saliz-zoni y Guido Brini se dirigieron a Oriente Próximo. Alfredo Zirondoli, que estaba en Francia, un día fue invitado a Inglaterra. Se halló en casa de una señora de postín, quizá aristócrata. Pero cualquier excusa era buena para llevar el ideal de la unidad. Aquella señora le ofrecía jerez con insistencia, pero él no bebía. Así que, para no ofenderla, en cuanto la señora se daba la vuela, él volcaba el jerez en una maceta. Seguro que la planta murió, pero el ideal había echado raíces al otro lado del Canal de la Mancha. Amor a un crucifijo vivo, no de madera, de hierro ni de bronce. El amor a Jesús abandonado empujaba a Chiara a fijarse también en los sitios donde más sufría Jesús. Por aquella época era “al otro lado del muro”, en el mundo dominado por el ateísmo institucional. Y allí se fueron silenciosamente varios focolarinos, sobre todo médicos y enfermeras. Entre ellos, Natalia, la primera compañera de Chiara. Las semillas del amor de Dios germinaban al otro lado del telón de acero. Por su parte, Giosi Huella recuerda cuando estaban cuatro gatos en una minúscula habitación sin muebles, con una caja de fruta como mesa, en medio de la inmensa Nueva York, sembrada de rascacielos y adornada de carte-les. Ante ellas, hacia el Oeste, se extendían sin fin los Estados Unidos. Pero lo que pasase a su alrededor poco im-portaba. Estaban allí para vivir el ideal, y todo se concentraba en el amor recíproco para arrojar semillas que, si eran genuinas, darían los frutos que Dios quisiera. Hoy, el pueblo que vive del ideal de la unidad, del carisma concedido a Chiara, está formado por millones de personas, y es difícil determinar el número exacto; gente que vive en 182 países. Bien se puede decir que ha llega-do «hasta los últimos confines de la Tierra». Un gran servicio a la Iglesia, a la gente sedienta de Dios y a la huma-nidad.


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