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Cultura de la Unidad
Abril - 2008


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Los últimos años

Paolo Lòriga


La escalada En septiembre de 2004 comienza la “noche” final. Sufrimiento físico, pruebas espirituales, preguntas sin respuesta… La fase final de la vida de Chiara según el testimonio de Eli Folonari, su más estrecha colaboradora.

Siempre es especial el “tú a tú” que todo fundador vive con Dios a lo largo de su vida, pero la etapa final de su existencia está puntualmente marcada por una auténtica escalada. En septiembre de 2004 la agenda de Chiara Lubich estaba marcada por citas importantes, viajes y compromisos públicos, aparte de los asuntos constantes por ser la presidenta del Movimiento. Y de pronto, en la segunda quincena del mes, la fundadora de los Focolares tuvo que detenerse. Aparentemente no había motivos. «Recuerdo que lo único que dijo fue: “No me siento bien”», comenta Giulia Folonari (Eli para todos), la más estrecha colaboradora de Chiara, que desde 1953 está en la pequeña comunidad del focolar de la fundadora. En noviembre de 2006 tuvo una pulmonía, y ése fue el motivo de que la ingresaran en el policlínico Gemelli. Una vez superada la enfermedad, aún pudo seguir durante un año los asuntos fundamentales del Movimiento. Luego le sobrevino un progresivo debilitamiento, y en un momento dado se acentuó la insuficiencia respiratoria en un cuerpo consumido por una larga vida entregada con extraordinaria intensidad. -¿Cómo ha vivido la enfermedad en estos últimos años? -Como una voluntad de Dios bien precisa. Chiara estaba acostumbrada a ver y amar en todas las circunstancias la voluntad de Dios. También esta enfermedad la afrontó con esta actitud interior. La palabra del médico era para ella expresión de la voluntad de Dios, así que era muy obediente. Siempre siguió el tratamiento para poder estar mejor y así cumplir el proyecto de Dios sobre ella. -¿Qué ocurrió en ella desde el punto de vista espiritual? -La vida de Chiara se vio marcada por cimas y abismos, por dolores y luces. El año pasado, mediante unos escritos, nos explicó algo de la gran prueba espiritual que estaba viviendo. Nos dijo que, en la noche oscura del espíritu, tal como dice san Juan de la Cruz, Dios interviene de manera radical y purifica el alma según su perfección, sin que ella pueda entender esta desconcertante intervención. Sólo lo sabe él. Él está y actúa. -Y en chiara, ¿cómo fue? -Ya no sentía a Dios, no actuaba, no lo percibía. Utilizó esta imagen: es como si el sol se hubiese puesto en el horizonte y desaparecido definitivamente. Por las notas que dejó escritas se puede entender que fue una noche más terrible aún. Uno se pregunta: ¿para qué vivir?, ¿qué hago en este mundo?, ¿para qué vivo si mi ideal ya no existe? -Son las preguntas, muchas veces inconfesables, que el hombre de hoy se hace, las cuestiones cruciales de un mundo que vive como si Dios no existiese. -Me impresionaba mucho una frase que solía pronunciar: «Yo sufro por todos los pecados del mundo, por todos los pecadores». El espléndido telegrama que nos ha enviado el Papa subraya el valor redentor del dolor, y me sonaba perfectamente equivalente a lo que Chiara decía en su última semana de vida, porque se percibía esa amplitud planetaria, ese abrazo universal. -¿Tenía nostalgia de la intensa vida que había llevado? -Nostalgia era una palabra inexistente para Chiara. No se sentía con fuerzas para hacer todo lo que hubiera querido, pero miraba siempre hacia delante para buscar cosas nuevas. -No pudo ver a Benedicto XVI, me imagino su disgusto. -Cierto. Lo conoció como cardenal Ratzinger, cuando estaba en curso la aprobación de los estatutos. En septiembre pasado estaba un poco mejor y expresó su deseo de ir a ver al Papa, pero luego su salud no acompañó ese propósito. -Recibía a personas del Movimiento por distintos motivos. ¿Había un hilo de oro que unía sus palabras? -Respondía a preguntas sobre los temas más variados relativos al Movimiento. De todas formas, a todos les indicaba que apuntasen con decisión a conocer y amar cada vez más a Jesús y a María, viviendo la Palabra sin tardar y sin medias tintas. -A vosotras, las de su focolar, ¿qué os sugería? -Era una persona exigente y llena de amor. Los últimos años han estado marcados por una plenitud de amor aún mayor. Tenía una sobreabundancia de paciencia realmente impresionante, pues notaba que no estábamos a la altura de su alma. No siempre había una gran medida de unidad, pero no se adaptaba a nosotras. Sentía el deber de ayudarnos a progresar, y por eso nos decía lo que nos podía ayudar a vivir la espiritualidad comunitaria. -En ese estado de sufrimiento físico y espiritual, ¿hubo algo que le causara alegría? -Su vida era la relación con Dios. Si no la había, nada le daba alegría. Realmente nada. Y nosotras no sabíamos qué hacer, porque veíamos los efectos de su padecimiento en los frutos de la vida del Movimiento, pero para ella no significaban mucho. Luego, en un momento dado, empezó a decir que esos resultados los sentía como suyos, y entonces sintió algo de consuelo. -El empeoramiento físico ¿le hacía pensar con más frecuencia en la muerte? -Nunca se hablaba de muerte. Quizás interiormente habrá sentido que iba a llegar el momento, pero sería en la voluntad de Dios. -¿Seguía interesada en conocer los acontecimientos del planeta, en ver los telediarios? -Últimamente ya no veía nada ni preguntaba cómo iba. Estaba informada sólo por las cartas que le llegaban de las comunidades del Movimiento esparcidas por el mundo. Por eso estaba al corriente de los disturbios que ha habido en algunos países africanos, así como de las tensiones entre Venezuela y Colombia. Antes me decía: manda enseguida un mensaje diciendo que rezo y que espero noticias. Últimamente ya no. No sé si por cansancio excesivo o porque en ella la dimensión sobrenatural prevalecía por encima de todos los demás aspectos. -¿Algún motivo o circunstancia que la hayan hecho sonreír recientemente? -Andrea Riccardi vino a visitarla y le dijo: «¿Ves lo delgado que me estoy quedando? Es que antes me invitabas a comer.» Y ella: «En cuanto vuelva, te invitaré». Chiara seguía el juego si las fuerzas se lo permitían. -¿Su último escrito? -El pensamiento espiritual para todo el Movimiento que saldrá publicado dentro de poco, lo escribió ella. Luego lo corrigió una y otra vez. El tema es la calidad de la relación con Dios y entre nosotros, sobre la base del Evangelio vivido. Pero después hubo otro texto, el mensaje con motivo del 50 aniversario del Movimiento en Alemania. -La noche espiritual de Chiara ¿ha durado hasta su muerte? -De vez en cuando decía “madre”, como si buscase ayuda y comprensión. Luego, hace unos días, dijo de golpe: “La Virgen”, y miraba delante de ella. Unos instantes después le pregunté si se sentía consolada, y me respondió que sí, y se quedó serena durante toda la tarde, sonriente y calmada. Los últimos dos o tres días fueron muy serenos. Quizás también antes, pero a veces llamaba a su confesor. -En la última semana Chiara expresó varias veces su deseo de volver a casa. ¿Te parecía bien o estabas preocupada? -Hace mucho tiempo escribió que las personas que están a punto de morir dicen que quieren volver a casa, pero no se refieren a la casa terrenal, sino a la del cielo. Cuando ella manifestó ese deseo, se me puso un nudo en la garganta. -Y cuando volvió a casa, ¿quedó satisfecha? -Ciertamente. Volvimos de noche, a la una. A la mañana siguiente, cuando se despertó, miró por la ventana el jardín y admiró el sol que hacía. Se sentía feliz. Para ella, el sol había vuelto, por fuera y por dentro. Pero la tarde de 13 de marzo se agravó. Mucha gente pudo saludarla y pasar a verla a su habitación. Estaba adormecida y respiraba entrecortadamente. Le daban un beso o una caricia en la mano derecha. La gente seguía llegando para estar cerca de su madre, cosa que muchos sentían. Se notaba emoción y dolor, gratitud y afecto, y por la ventana entraban dulces cánticos. La última visita fue a las 22:00. Le dijo: «Estás a punto de entrar en el seno del Padre para quedarte ahí siempre». Chiara respondió enseguida con un neto sí. Fue su última palabra. Del "seno" del Padre había hablado a lo largo de toda su vida; allí llegó a las dos de la madrugada del 14 de marzo. Benedicto XVI, en el telegrama que hemos mencionado, usa la misma expresión: seno del Padre. ¿Pura coincidencia? En la vida de los fundadores no faltan estas consonancias. Remiten a una riqueza que se desplegará completamente a lo largo del tiempo para bien de todos.


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