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Cultura de la Unidad
Abril - 2008


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Testigo del carisma

Giuseppe Garagnani


Primer focolarino sacerdote Pasquale Foresi participó de manera determinante en la encarnación del ideal de la unidad.

Pasquale Foresi es el focolarino que Chiara quiso a su lado para encarnar en la obra que estaba naciendo algunas de las intuiciones más caracterizadoras de este designio de Dios. Ha sido el primer focolarino sacerdote. Ha ayudado intensamente a Chiara a encajar el movimiento dentro de la Iglesia. Ha desempeñado un papel determinante cuando ha habido que sentar las bases del discurso cultural de los Focolares. Ha puesto en marcha los instrumentos necesarios para realizar estos desarrollos, en especial las ciudadelas, las editoriales, la revista Ciudad Nueva y la revista de cultura Ekklesia (hoy Nuova Umanità), el instituto Mystici Corporis de Loppiano, que ahora se transforma en sede de la futura universidad Sophia. Hablamos con él de estas cosas. ¿Cómo conoció a Chiara? “Fue a finales de 1949. Invitado por Graziella, una de las primeras compañeras de Chiara, fui a Trento junto con Giulio Marchesi y Antonio Petrilli, que llegaban de Roma. Allí conocimos a los primeros focolarinos, Marco Tecilla y Aldo Stedile, y a las focolarinas que vivían con Chiara. Ésa fue la primera vez que la vi. Yo era casi un crío, pero ya conocía la Iglesia y el mundo. Aun así era tímido y muy reservado. Aquel encuentro marcó mi futuro”. También Giordani habla de este encuentro y de la “admiración extática por Chiara, por sus primeras compañeras y por los primeros focolarinos y su perenne leticia; la alegría por la llegada de aquel que será el primer sacerdote”. Era precisamente Foresi. Al igual que los demás, se entregó a la unidad con Chiara, al servicio de Dios y de su obra, que estaba naciendo, sin volverse nunca atrás. ¿Puedo preguntarle, en este momento especial en que la relación con Chiara mira hacia el Paraíso, cómo fue y cómo es ahora Chiara para usted, para la Iglesia y para la humanidad? “Chiara es una de las personalidades carismáticas más grandes que ha habido en la Iglesia católica. Recuerdo la vez en que unas focolarinas me dijeron: “Nosotras conocemos a Chiara desde hace mucho años y nunca la hemos visto cometer ni la más leve falta”. Y como dicen que eso es imposible a no ser que haya una gracia especial, llego a la conclusión de que Chiara la ha recibido. “Para decir lo que ha sido en la Iglesia, habrá que repasar su vida y releer un montón de volúmenes escritos por ella y sobre ella. Y sobre todo observar la interminable fila de los que la han seguido por las distintas vocaciones que ha suscitado. Son millones en el mundo, y ningún país ha quedado fuera de su radio de influencia. “El Movimiento también se ha difundido entre gente no católica. Eso ha aportado una gran novedad a la Iglesia, porque nunca antes había sucedido que un movimiento católico tuviera adherentes no católicos. Pero, además de los no católicos, llegó un momento en que el Movimiento empezó a difundirse ente los no cristianos. Y ésta también es una gran novedad en la Iglesia: musulmanes, hindúes, budistas y sintoístas han decidido formar parte del Movimiento, y la Santa Sede los ha aprobado como “colaboradores”. “Ha habido dos papas, Juan Pablo II en particular, y antes Pablo VI, que bendijeron a Chiara y la alentaron con decisión. En cierto sentido se dieron cuenta de su influencia en la vida de la Iglesia. Por otra parte, muchos obispos han querido vivir el espíritu del Movimiento, sin que haya ningún lazo jurídico con él, sino sólo espiritual. “Y en cuanto a la humanidad, pienso que todo lo que se recuerda de Chiara demuestra su influencia. En el plano social, basta citar un solo capítulo de esta historia, la Economía de Comunión. Y no olvidemos la influencia cultural que suscita Chiara, así como los numerosos doctorados honoris causa, o las editoriales y las revistas, y ahora la naciente universidad Sophia. Recuadro Quiso llegar a todos El premio de la Fundación Templeton “por el progreso de la religión” ha sido asignado este año a Chiara Lubich. Ha sido elegida unánimemente casi por una convergencia de adhesiones por parte de razas, religiones e ideas de todo tipo; un reconocimiento, según el programa Templeton, a la universalidad del amor. En Chiara Lubich hemos visto a la “apóstola” del amor de Cristo; es decir, un amor donado con el testimonio evangélico de su vida, luz que asciende desde una ciudad alpina, Trento, hacia el cielo para iluminar la ciudad del hombre y hacer de las gentes el único pueblo de Dios. La fama repentina no turba su sencillez, y menos aún su desapego de las satisfacciones humanas; ella funda su espiritualidad en el dolor de Cristo abandonado en la cruz. El apostolado de Lubich se polariza en el amor a Dios y a los hombres de manera inseparable. Ya de pequeña, en las cartitas a sus compañeras de escuela, les escribía que es urgente «hacer que se ame al Amor». Y esa voluntad suya de amar sin límites fue lo que hizo que sus primeras compañeras se le unieran, que compartieran con ella, durante la guerra, servicios heroicos a favor de las víctimas de Trento. Sin medios, sin ayuda, ella, pobre, acogía a todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, niños y ancianos; y quiso llegar a todos, a los bangwas de Camerún y a los estadistas, a los escritores y a los artistas, a los mocambos del Brasil y a las chozas de Corea, a De Gasperi y a Daniel-Rops, al cardenal Bea y al Consejo Mundial de las Iglesias, a los católicos, a los luteranos, a los reformados, a los no cristianos y a los no creyentes y ateos. Quienes cultivaban la santidad apreciaron sus dotes. Atenágoras la llamaba «hija»; le daba el nombre de Tecla, y la veía como uno de sus enlaces con Paolo VI. A su vez Pablo VI escribió en marzo de 1968 a Lubich diciéndole: «Cuánto sosiego, cuánta edificación, cuánta esperanza han proporcionado a nuestro espíritu las noticias que usted nos ha comunicado después de sus conversaciones con el venerado patriarca Atenágoras, tan admirado y amado por nos». El fundador de Taizé, Roger Schutz, en el prólogo a las Meditaciones de Chiara Lubich, escribió: «Sé que con mujeres como Chiara Dios nos dona un incomparable instrumento de unidad para los cristianos separados». Igino Giordani (escrito en 1977, al día siguiente de la asignación del premio)


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