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Abril - 2008


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Una luz para hoy

Giuseppe María Zanghì


Del Gólgota a Chiang Mai La fuerza y la profundidad de una propuesta luminosa, en palabras de uno de los primeros testigos de la aventura de Chiara

Chiang Mai es una ciudad del norte de Tailandia, sede de una importante universidad budista que rebosa de jóve-nes monjes. Allí se preparan con el estudio a una vida de discípulos de Buda. Hace unos años, esta universidad invi-tó a Chiara Lubich para que hablase de su vida a los estudiantes y al cuerpo académico. Y habló de la llamada de Dios, de cómo eligió a Dios amor, del nacimiento de un movimiento de vida cristiana renovada (abierto también a no cristianos), de la presencia de Dios en el corazón de todos los que lo buscan sinceramente, de la presencia de Dios entre ellos… Yo estaba presente y pude notar lo atentos que estaban los monjes (y también algunas monjas). Sus ojos se iban colmando de luz y la alegría se iba volviendo cada vez más densa. El aplauso final, largo, no era una formalidad, sino el agradecimiento por un encuentro con Dios. Recuerdo las palabras, bien medidas, con que el venerable Ajahn Tong, monje anciano y maestro de estudiantes, presentó a Chiara: «Cuando Dios enciende una luz para iluminar las tinieblas que nos circundan, una luz que nos guíe a Dios, no nos detenemos en quién lleva esa luz, si un hombre o una mujer. Es un enviado, una enviada de Dios para todos nosotros, por encima de nuestras diferencias. Sigámosla y demos gracias a Dios por el don». Chia-ra, un don de luz para mí, para muchos otros, para hoy. Que nuestro tempo está cargado de densas tinieblas es bien sabido. Chiara me ha hecho volver a encontrar la es-trella de la mañana, ese resplandor que buscaba y no encontraba. Gracias a ella, Dios ha brillado en mi corazón y en mi mente. La Iglesia me ha parecido la gran casa de la esperanza, y el mundo, con todas sus gentes, el espacio don-de se manifiesta Dios amor, que nos busca y no deja de buscarnos a pesar de nosotros mismos. Y sin predilecciones, porque todos somos criaturas suyas. El Hijo murió por todos y el Espíritu del Amor se derramó sobre todos. Ante mí se abrió un futuro que deja atrás lo gris del presente; un futuro no utópico, cuyo lugar es el Gólgota, el sepulcro va-cío. Es la Trinidad. He visto crecer a mi alrededor una red, a la vez sutil y fuerte, en la cual se resguardaba el mundo, transformado en ojos vivos de mi misma esperanza. Todo esto era verdad en la vida de Chiara; verdad ardiente y serena al mismo tiempo. Serena en las dificultades y nunca dubitativa, porque «¡el Señor ha resucitado!». «Este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte que es la vida de todos nosotros» (Ernesto Sábato) se me ha tornado en éxodo de la muerte ia la vida; un éxodo que tiene su lógica en la lógica del Crucifica-do-Resucitado a una vida que ya no tiene ocaso. No vayan a creer que todo lo que he escrito es un no querer ver las dificultades; más bien es un querer ver la luz donde hay tinieblas. Porque esa luz que Chiara ha presentado al mundo no es una teoría o una idea. Es el rostro de un hombre crucificado, es el cuerpo martirizado de un hombre muerto y sepultado; un hombre que entró (luz él) en la ausencia de luz por la ausencia en él (Dios) de Dios. ¡Pero ese hombre resucitó al tercer día! ¡Está vivo! Y ha puesto su morada (él, che está sentado a derecha del Pa-dre) entre nosotros, siempre que lo dejemos habitar entre nosotros amándonos unos a otros, si seguimos, en la gracia y en la salvación que él nos regaló, la llamada más profunda de nuestra naturaleza. No hay fractura entre la esperanza cristiana y la negación atormentada y angustiosa de tanto mundo moderno. El Crucificado-Resucitado ha domado la esquizofrenia existencial. Este mundo crucificado por las contradicciones, que muere porque rechaza la vida, está llamado a resucitar. Y cuanto más se acerca a la muerte, más cerca está de la resurrección. La condición es que nuestra vida no sea una huida de un presente áspero y difícil, que no sea un enro-carse tras las murallas que nos separan y nos defienden de la oscuridad agresiva. Jesús fue al encuentro de quien lo buscaba para apresarlo. Fue crucificado “fuera” de la muralla de la Ciudad Santa, donde impera lo informe y el caos, y fue depositado en un sepulcro. ¿No es el sepulcro el fin de la esperanza? Pero la piedra que lo cubría fue removida. La carga opresora de lo negativo, de las negaciones, no puede sujetar a quien está vivo de la vida de Dios. Jesús nos pide que no huyamos de este mundo; que no huyamos de él sobre todo con el juicio que lo petrifica en un final sin rescate que no es propio de Dios amor. El mundo mismo, sangrante en una fuga de la Verdad, custodia en su seno una invocación, una espera a la que sólo Dios puede responder. Y su respuesta ha sido el Crucficado-Resucitado. Chiara me ha hecho entender que yo, tú, cada uno de nosotros, todos juntos, tenemos que ser esa respuesta viva que desciende desde el Gólgota y desde el sepulcro sobre los gólgotas y dentro de los sepulcros aún cerrados de hoy. La esperanza cristiana tiene algo terrible: lo terrible de la Cruz y de la Resurrección. Chiara, hoy en la plenitud de la Luz, es para nosotros una lámpara ardiendo. Y más verdadera que nunca.


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