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Cultura de la Unidad
Abril - 2008


EN ESTE NÚMERO


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Chiara

de Michele Zanzucchi


La aventura de la unidad Un carisma evangélico, fecundo y rico en aperturas. Una gran corriente de vida y pensamiento. Un pueblo nacido del Evangelio.

«La pluma no sabe lo que va a escribir, el pincel no sabe lo que va a pintar, el cincel no sabe lo que va a esculpir. Cuando Dios toma a una criatura para que surja en la Iglesia una obra suya, la persona elegida no sabe lo que tendrá que hacer. Es un instrumento. Y éste puede ser, pienso, mi caso». Esta clave de lectura la da Chiara a una historia mil veces contada y que suele empezar con un sencillo «Eran tiempos de guerra y todo se derrumbaba…». La segunda guerra mundial arreciaba y en Trento se sucedían violentos bombardeos. En ese contexto nació un movimiento que tiene las cualidades de una obra de Dios: «Fecundidad y difusión desproporcionados a cualquier fuerza y genio humanos; cruces, cruces y también frutos, frutos, abundantes frutos. Los instrumentos de Dios en general tienen una característica: pequeñez y debilidad… Mientras el instrumento se mueve en las manos de Dios, él lo forma con miles y miles de intervenciones dolorosas y gozosas. Así lo vuelve cada vez más adecuado a la tarea que debe realizar. Hasta que adquiere un profundo conocimiento de sí mismo y cierta intuición sobre Dios, y puede decir con conocimiento: yo no soy nada, Dios lo es todo. Cuando la aventura empezó en Trento, yo no tenía ningún programa, no sabía nada. La idea del Movimiento estaba en Dios, el proyecto, en el cielo». Una chica feliz Silvia, éste es el nombre de bautismo de Chiara, nace en Trento el 22 de enero de 1920 y es la segunda de cuatro hermanos. Su padre, Luigi Lubich, comerciante de vinos, ex tipógrafo antifascista y socialista, fue compañero del Benito socialista y acérrimo adversario del Mussolini fascista. Su madre, Luigia, alimentaba una sólida fe tradicional. Su hermano mayor, Gino, se metió en la resistencia cuando acabó medicina y luego se dedicó al periodismo (L’Unità). Un episodio de la infancia de Chiara, de 1930, nos lo cuenta Igino Giordani: «Un día iba caminado con paso ágil; parecía que la personilla sutil y graciosa se deslizase como un haz de luz flexible, velada por un vestido pobre aunque gracioso. Llegó al final de la calle del Torrione y de golpe se sintió invitada al martirio. Una invitación neta y repentina. Sorprendida, se detuvo; volvió su carita al cielo y dijo: “Sí”». A los 18 años obtiene con las mejores notas el diploma de maestra elemental. Quería seguir estudiando y solicitó plaza en la universidad católica, pero acabó en el puesto treinta y cuatro y las becas eran treinta y tres. En casa de los Lubich no había dinero para que pudiera irse a estudiar a otra ciudad, así que Silvia tiene que ponerse a trabajar. Desde el curso 1940-1941 enseña en la Obra Seráfica de Trento. Así describe Giordani a la maestra Silvia Lubich, en un pasaje que capta muy bien su pedagogía: «Al entrar en el aula, modesta y recoleta, sin detener su atención en los que hacían ruido y pillerías, iba derecha a la cátedra; y así como pasaba, las voces se apagaban y se hacía silencio: estaba entrando algo sagrado, y lo notaban. Y entonces les hablaba bajito y todo lo hacía con garbo, de modo que sus almas se acomodaban a la de ella y se aplacaban. La disciplina era efecto de la reverencia, el aura de la convivencia con Dios, donde no se oía una voz si ella no la motivaba. Sabía hacerse uno con los niños que empezaban y con los adolescentes que despuntaban… Ella aplicaba el método didáctico de Jesús: se santificaba para santificarlos, amando a cada uno como a sí misma». Loreto El punto de partida decisivo de su experiencia humano-divina fue un viaje en 1939: «Fui invitada a un congreso de estudiantes católicas en Loreto –escribe Chiara–; allí, según la tradición, se conserva la casa de la Sagrada Familia de Nazaret dentro de una gran iglesia-fortaleza… Asisto a un curso junto con todas las demás, pero, en cuanto puedo, corro allí. Me arrodillo junto a la pared ennegrecida por las velas. Algo nuevo y divino me envuelve, casi me oprime. Contemplo con el pensamiento la vida virginal de los tres: “O sea que María habrá vivido aquí –pienso–; José habrá cruzado la habitación de aquí allá. El Niño Jesús, en medio de ellos, habrá conocido durante años este lugar. En estas paredes habrá resonado su vocecita infantil…”. Cada pensamiento es como un peso que me oprime el corazón y las lágrimas corren sin control. El último día la iglesia está abarrotada de jóvenes. Me pasa un pensamiento claro que nunca se borrará: te seguirá una multitud de vírgenes». Cuando regresa a Trento, Chiara se encuentra con el párroco que tanto la había acompañado en esos meses. Éste la ve tan radiante, una chica realmente feliz, que le pregunta si ha encontrado su camino. La respuesta de Chiara es aparentemente frustrante (para él), pues la joven sólo sabe decir las vocaciones que no percibe como “suyas”, o sea, las tradicionales: ni el convento, ni el matrimonio, ni la consagración en el mundo. Y nada más. 7 de diciembre Hasta 1943 Silvia sigue trabajando, estudiando y prestando servicio a la Iglesia. Se hace terciaria franciscana y adopta el nombre de Chiara, «la copia más hermosa del Pobrecito», escribe Giordani. Tiene veintitrés años. Iba un día a buscar la leche a un par de kilómetros de casa, a una localidad llamada Virgen Blanca, pues sus hermanas habían declinado la invitación de su madre porque hacía mucho frío. De pronto, justo debajo del puente del tren, siente que Dios la llama: «Entrégate completamente a mí». Chiara no pierde el tiempo y escribe a un capuchino, el padre Casimiro Bonettti, para que le dé permiso de cumplir un acto de consagración a Dios. Lo obtiene tras un profundo coloquio, y el 7 de diciembre de 1943, a las seis de la mañana, se consagra. Ese día Chiara no albergaba intenciones de fundar nada, simplemente «desposaba a Dios», que era todo para ella. Sólo más tarde se atribuiría a esta fecha el simbólico inicio del Movimiento de los Focolares. Aquel día «la alegría interior era inexplicable, secreta y contagiosa». Las compañeras Contagiosa, sí. Ningún adjetivo es más adecuado para indicar lo que ocurrió en pocos meses. Chiara va conociendo a unas cuantas chicas y algunas de ellas quieren seguir su mismo camino: Natalia Dallapiccola, Doriana Zamboni y Giosi Guella; y después Graziella De Luca y las hermanas Gisella y Ginetta Calliari, Bruna Tomasi y Aletta Salizzoni; otras dos hermanas, las Ronchetti, Valeria y Angelella… Y eso que el camino del focolar está menos que definido, a no ser por el “absoluto radicalismo evangélico” de Chiara. La guerra se recrudece en Trento. Ruinas y muertos. Chiara y sus nuevas compañeras adquieren la costumbre de reunirse en los refugios antiaéreos a cada bombardeo. Y es que, después de esa deslumbrante intuición que las había llevado a poner a Dios en el centro de sus jóvenes vidas, es muy fuerte el deseo de estar juntas, descubrir nuevas formas de ser cristianos y poner en práctica el Evangelio. «Cualquier cosa nos tocaba profundamente –dirá mas tarde Chiara–. La lección que Dios nos daba a través de las circunstancias era clara: todo es vanidad de vanidades, todo pasa. Pero al mismo tiempo Dios ponía en mi corazón, para todas, una pregunta y su respuesta: “¿Habrá un ideal que no muera, que ninguna bomba pueda derrumbar y al cual entregarnos?”. Sí, Dios. Decidimos que él fuera el ideal de nuestra vida». Una luz Primavera de 1944. Chiara le da clases particulares a Doriana y le está explicado el pensamiento de Kant. «Su método era el de amar a todos los pensadores –dice Doriana–; amarlos y por tanto entenderlos, comprenderlos, seguir su razonamiento. Habíamos llegado a Kant literalmente entusiasmadas con sus ideas… Pero el estudio nos estaba llevando fuera de la realidad divina que íbamos descubriendo al poner en práctica el Evangelio. Entonces dijo: “Parémonos, recemos el Credo. El sistema kantiano no desemboca en la vida eterna”. Empezó entonces a hablarme de la resurrección de la carne y de la vida eterna. Y las dos tuvimos la impresión de que un rayo de luz salía del cuadro del Sagrado Corazón colgado de la pared». Más tarde, a esa intensa luz la llaman “ideal”. En mayo, en el sótano de la casa de Natalia y a la luz de una vela, las chicas leen el Evangelio, como tenían costumbre. Lo abren al azar y caen en la oración de Jesús antes de morir: «Padre, que todos uno» (Jn 17, 21). Es un texto complejo el testamento de Jesús, estudiado por exégetas y teólogos de toda la cristiandad; pero por entonces estaba algo olvidado, pues era misterioso. Además, la palabra “unidad” era casi monopolio de los comunistas. «Esas palabras parecían iluminarse una a una –escribe Chiara–, y nos entró en el corazón la convicción de que habíamos nacido para “esa” página del Evangelio». Más tarde, en la Navidad de 1946, las chicas eligen este lema: «O la unidad, o la muerte». Un día, un sacerdote les pregunta: «¿Sabéis cuál fue el dolor más grande de Jesús?». Según la mentalidad cristiana corriente de la época, las chicas responden: «El que padeció en el huerto de los olivos». Pero el sacerdote replica: «No, Jesús sufrió más cuando gritó en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”». Hondamente impresionadas por estas palabras, en cuanto se quedaron solas, Chiara dijo: «Sólo tenemos una vida, ¡empleémosla lo mejor que podamos! Si el dolor más grande de Jesús fue el abandono por parte de su Padre, nosotras seguiremos a Jesús abandonado». Desde ese momento es para Chiara el esposo de su vida, el único. La casita La guerra no da tregua. Muchas de las familias de las chicas se refugian en las montañas, pero ellas han decidido quedarse, unas por trabajo o estudios, otras, como Chiara, por no dejar a las personas que se les estaban agregando. Chiara se aloja en casa de una conocida, Carmela, hasta que en septiembre encuentra un techo en el número 2 de Piazza Cappucini. Allí se trasladan ella y algunas de sus nuevas amigas. Es el primer focolar, un modesto apartamento de dos habitaciones en el jardincillo que hay delante de la iglesia de los capuchinos. Lo llaman “la casita del amor”, o simplemente “la casita”. Las chicas que ahí viven, y también la gente que va a verlas, notan un salto de cualidad en sus vidas. Tienen la impresión de que Jesús realiza con ellos su promesa: «Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos» (Mt 18, 20). No quieren perderlo y hacen todo lo posible para que su presencia no se desvanezca por su culpa. «Más tarde, mucho más tarde –puntualiza Chiara–, comprendemos esto: una reproducción, en germen y sui generis, de la casita de Nazaret: una convivencia de vírgenes (y pronto también casados) con Jesús en medio de ellos». Eso es “el focolar”, un lugar donde el fuego del amor enardece los corazones y sacia las mentes. «Pero para tenerlo con nosotras –explica Chiara a sus compañeras– hay que estar dispuestas a dar la vida la una por la otra. Jesús está espiritual y plenamente presente entre nosotras si estamos así de unidas. Él dijo: “Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea”». En torno a Chiara y las chicas del focolar se da una impresionante serie de adhesiones al proyecto de unidad apenas esbozado. Y no faltan conversiones, y se salvan vocaciones en peligro o despuntan otras nuevas. Muy pronto, casi enseguida, también muchachos y adultos empiezan a seguir los pasos de las chicas del focolar. Recuerda María Tecilla, hermana de Marco, el primer focolarino: «No sólo había focolarinos; la comunidad era una cosa única. Había muchas madres de familia, personas que antes eran terciarias y también ancianas». De ese periodo han quedado grabadas en la memoria unas abarrotadas reuniones los sábados por la tarde en la Sala Massaia. Allí Chiara cuenta experiencias de la vida del Evangelio y da a conocer los primeros descubrimientos de lo que será la “espiritualidad de la unidad”. El fervor crece tanto que ya en 1945 casi 500 personas de todas las edades, mujeres y hombres, de toda vocación y condición social, quieren compartir el ideal de las chicas del focolar. Todo lo tienen en común, tal y como ocurría en las primeras comunidades cristianas. Los confines de la Tierra Leen esta frase en el Evangelio: «Dad y se os dará», palabras que se transforman en experiencia cotidiana. Las chicas y sus amigos dan, dan, dan... y se les da, siempre se les da y se les vuelve a dar. ¿Que sólo queda un huevo en casa para todas? Se lo dan al pobre que ha llamado a la puerta y esa misma mañana alguien les deja en el umbral de la puerta un cestito… ¡de huevos! También está escrito: «Pedid y se os dará». Piden cualquier cosa porque hay mucha escasez, no sólo de ellas, sino de los hermanos que pasan necesidad. Y en plena guerra llegan sacos de harina, botellas de leche, tarros de mermelada, haces de leña, ropa. En el focolar no es raro que, con el mantel más bonito y una consideación propia de un rey, se sienten a la mesa una focolarina y un pobre, una focolarina y un pobre… El día de la fiesta de Cristo Rey, Chiara y sus compañeras están en torno al altar después de la misa. Se dirigen a Jesús con la sencillez de quien ha entendido lo que significa ser hijos, y le piden: «Tú sabes cómo se puede realizar la unidad, el ut omnes unum sint. Aquí nos tienes. Si quieres, sírvete de nosotras». La liturgia de ese día las deja fascinadas: «Pídeme y te daré en posesión a las gentes y en heredad los confines de la Tierra». Y así, con su sencillez evangélica, piden nada menos que “los últimos confines de la Tierra”. Para ellas Dios es omnipotente. El comportamiento de las chicas de la “casita” es desconcertante. A propósito de radicalidad, se recuerda un episodio significativo aún en tiempos de guerra. Gino, el hermano de Chiara, y un colega médico, ambos comunistas, van a ver a Chiara, que está enferma. El amigo conoce algo de las focolarinas gracias a Duccia Calderari, una enfermera del hospital. En especial le ha llamado la atención lo de la comunión de bienes. Así que le expresa su admiración y le pregunta: «¿Por qué lo hacéis?». Chiara, por toda respuesta, señala el crucifijo. Y ellos bajan la cabeza. Luego el médico añade: «Eso que habéis hecho con poca gente nosotros lo estamos preparando para todo el mundo». «Nosotras somos pocas, popas (en dialecto trentino, niñas) y pobres: veremos quién llega antes», replica Chiara retándolos. Todo esto no podía pasar desapercibido en la ciudad, y menos aún a la Iglesia trentina. «Aquí está el dedo de Dios» Una palabra del Evangelio había cautivado a Chiara y a sus compañeras: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha». Habían deducido que quien escucha al obispo, escucha a Cristo. Justo en ese periodo el obispo la llama, y Chiara no deja de darle vueltas porque no sabe el motivo. Se presentan en el obispado y exponen lo que están realizando: una verdadera revolución que va creciendo casi sin que se den cuenta. Con todo, dicen que están dispuestas a deshacerlo todo si él así lo desea. «En el obispo –piensan– habla Dios». Y Dios es lo único que les importa, nada más. Mons. Carlo De Ferrari escucha a la chicas, les sonríe y pronuncia una sencilla frase que quedará en los anales: «Aquí está el dedo de Dios». Su aprobación y bendición acompañan al Movimiento hasta su muerte. A partir de ese momento, casi imperceptiblemente, saltan las fronteras de la región. Son invitadas a Milán, Roma y Sicilia, y florecen por todas partes comunidades cristianas según el modelo de la de Trento. En este contexto irrumpe en el grupo una figura inesperada: Giordani. Él abre de par en par, si así se puede decir, las puertas y ventanas del apartamento de Piazza Cappuccini, resaltando la grandeza del carisma y su validez universal. El naciente movimiento no está destinado sólo al ámbito religioso ni a los católicos, sino que es un don para toda la humanidad. Giordani infunde la certeza de que la espiritualidad que está naciendo encierra una verdadera revolución teológica y social, sobre todo para los laicos, incluidos los casados. También en el ámbito del pensamiento. En el verano del 49 Giordani se reúne con Chiara, que está descansando en Tonadico, en las montañas del Trentino. Todos viven intensamente el pasaje del Evangelio sobre el abandono de Jesús. El 12 de julio Chiara escribe: «¡Jesús abandonado! Lo importante es que, cuando pase, estemos atentos a oír lo que nos quiere decir, porque siempre tiene cosas nuevas que decir. Jesús abandonado nos quiere perfectos. Jesús es el único maestro y se sirve de todas las circunstancias para modelarnos, para limar las asperezas de nuestro carácter, para santificarnos. Lo único que tenemos que hacer es tomar esas voces de las circunstancias como voz suya. Todo lo que sucede a mi alrededor sucede por mí, es toda una expresión coral del amor de Dios por mí». Cuatro días después, el 16 de julio, empieza el periodo conocido como “Paraíso de 1949”. Chiara escribe: «Nos esforzábamos por vivir la nada de nosotros para que él viviese en nosotros. Sobre esta nada, en la santa comunión, amada y redescubierta como vínculo de unidad, Igino Giordani y yo le pedimos a Jesús que uniese nuestras almas como él sabe hacer. Y experimentamos –por una gracia especial– lo que significa ser una célula viva del Cuerpo Místico de Cristo: era ser Jesús, y como tal estar en el seno del Padre. Y un “Abba, Padre” brotó de nuestros labios. »Así empezó un periodo luminoso y especial en el que, entre otras cosas, nos pareció que Dios quería que intuyésemos el designio de nuestro movimiento. También entendimos mejor algunas verdades de la fe, en particular quién era para el hombre y para la creación Jesús abandonado, que lo había recapitulado todo en sí. La experiencia fue tan fuerte que nos hizo pensar que la vida iba a ser siempre así: luz y cielo. En cambio, lo que siguió fue la realidad de todos los días. Y al despertar bruscamente, por así decirlo, de nuevo en la tierra, sólo Él nos dio la fuerza para seguir viviendo». En un folio con membrete de la Cámara de los Diputados que le prestó Giordani, escribió entonces Chiara, de golpe, esa obra maestra que empieza con un verso célebre: «Tengo un solo esposo en la Tierra, Jesús abandonado» (ver pág. 34). Descender de aquel “pequeño Tabor” fue el anuncio definitivo de que el Abandonado es el camino hacia la unidad: «Iré por el mundo buscándolo en cada momento de mi vida», está escrito es ese folio. No son sólo palabras. En 1959 algunos focolarinos trataron de ir, con desigual fortuna, a la Alemania comunista, y uno le preguntó por qué el Movimiento tenía que expandirse por aquel lado oscuro de Europa, donde parecía imposible llevar a cabo ninguna evangelización. Respuesta fulminante: «Porque amamos a Jesús abandonado». Un periodo paradójico Ya en los tiempos de Trento, aún en los años 40, el Movimiento había suscitado interrogantes en el mundo católico por su originalidad. Pero fue sobre todo a partir de su difusión por el resto de Italia, en los años 50, cuando la Iglesia de Roma y los obispos italianos someten a un estudio atento a este movimiento naciente que se sale de los cánones tradicionales de las asociaciones laicas y, por tanto, suscita ciertas preocupaciones pastorales y doctrinales. Empieza así una etapa paradójica que duró unos quince años. Por una parte, la Iglesia de Roma, y en especial los obispos italianos, expresan la necesidad de un estudio en profundidad de la realidad naciente; por otra, todos aquellos que siguen el carisma de la unidad van tomando cada vez mayor conciencia de “ser Iglesia”, y espontáneamente dan su vida por una difusión que, con la distancia que da el tiempo, no se puede explicar con los parámetros apostólicos normales. La luz del verano del 49 era demasiado fuerte como para no irradiarse. En Pistoia, Pasquale Foresi, que será –como Chiara dice – uno de los cofundadores del Movimiento, conoce el ideal de la unidad, y mientras el Movimiento se topa con las realidades dolorosas de la sociedad, como el problema comunista (el hermano de Chiara y algunos de los primeros focolarinos vienen de los ambientas marxistas), o la difícil posguerra italiana (De Gasperi entra en contacto con Chiara), o también el tomar conciencia del escándalo de la división de los cristianos (el Card. Bea y Giordani están en primera fila del ecumenismo en la Iglesia católica). En esos años el Movimiento cruza la frontera hacia el Norte y se expande rápidamente por todos o casi todos los países europeos. Por último, entre 1958 y 1967, llega a los cinco continentes. Las pruebas Han pasado unos años desde el inicio del Movimiento y empiezan las pruebas, «según está en la lógica divina de las cosas». Pesadas pruebas interiores, con largas noches para algunos, y sobre todo la suspensión y la incertidumbre debidas al largo estudio de la Iglesia. Escribe Chiara: «Ya lo sabemos: la vida se paga; la vida que llega a través de nosotros a tantas almas, se produce con la muerte. Sólo pasando por el hielo se llega al incendio». Y también: «Sobre todo hay un pensamiento que no me abandona nunca. Es fruto de una dolorosísima prueba interior, que en ese periodo era más ardiente que nunca. Había entendido quién era yo y quién era él. Él todo, yo nada. Él la fortaleza, yo la debilidad. Y era justo esa debilidad mía tan evidente lo que me convencía de que los frutos que dábamos, esos miles de conversiones, no podían ser efecto más que de una Obra de Dios». Chiara comprara este periodo con «un sucederse de dolores, parecidos a los que preceden al nacimiento de una criatura, ecos parciales del grito de Jesús. Aquellos dolores tenían siempre un único motivo de fondo: el temor por la disolución de la Obra… Jesús, en el abandono, no estaba desesperado. Jesús no podía perder la esperanza. Su grito, dicen, fue un lamento. Y como “lamento” titulamos estas pocas líneas: “Estamos cansados, Señor; estamos cansados bajo la cruz, y a cada pequeña cruz, nos parece imposible llevar las grandes. Estamos cansados, Señor; estamos cansados bajo la cruz. Y el llanto nos aferra la garganta y bebemos lágrimas amargas. Estamos cansados, Señor; estamos cansados bajo la cruz. Acelera la hora de la llegada, porque aquí ya no hay para nosotros ocasión de alegría, no hay sino desolación. Porque el bien que amamos está todo allí, mientras que aquí estamos cansados, muy cansados, bajo la cruz. La Virgen está al lado, bella pero afligida criatura. Que ella auxilie en su soledad la nuestra de ahora”». El nacimiento La tan deseada aprobación por parte de la Iglesia católica llega el 23 de marzo de 1962, al mismo tiempo que el espíritu de la unidad llega a los continentes más lejanos. Unos años mas tarde, Chiara comenta: «El estudio duró mucho. Con su experiencia y sabiduría de siglos, la Iglesia estudió paternalmente la nueva realidad eclesial nacida hacía poco». Nunca se desdijo Chiara ni un milímetro de su absoluta confianza en la Iglesia, y en varias ocasiones llegó a confinarle a los más íntimos que, si se hubiese llegado a una disolución del Movimiento, todos habrían obedecido esa decisión. A partir de ese momento, incluso más que antes, la historia de Chiara se confunde con la del Movimiento fundado por ella, que se sigue desarrollando según un preciso plan de Dios, y no sólo en sentido geográfico. De hecho empiezan a adquirir forma varias “vocaciones”, distintas entre sí pero con la misma radicalidad. En 1956, año marcado por los sucesos de Hungría –la revuelta popular sofocada con sangre por la invasión soviética –, al lado de los focolarinos florecen los “voluntarios de Dios”, como había auspiciado Pío XII. Simultáneamente se anuncia otros movimientos (de jóvenes, de familias, de compromiso social y parroquial) que alzarán el vuelo en los años siguientes. En 1961 el espíritu del movimiento penetra entre los hermanos cristianos no católicos. Dios estaba actuando, y lo demuestra el hecho de que, cuando en 1950 el padre Boyer se lo preguntó, Chiara excluyó la naturaleza ecuménica del movimiento. «Pero Dios me esperaba al otro lado», dirá más tarde. Concilio, modernidad y jóvenes Tras la primera aprobación del Vaticano, firmada por Juan XXIII, con Pablo VI llegan las primeras audiencias y ulteriores aprobaciones. En 1967 aparece en todo el mundo la segunda generación del Movimiento, y a continuación la tercera y la cuarta. Son los años de las baterías y las guitarras del Gen Rosso, el Gen Verde y muchos otros grupos musicales de los jóvenes de los Focolares. Su primera salida a la vida pública es en mayo de 1975, cuando 25.000 jóvenes llenan a rebosar el Palacio de los Deportes de Roma, la arena de los conciertos rock y de las manifestaciones políticas. También es el periodo de un mayor compromiso social. En torno a las distintas vocaciones surgidas en el Movimiento, casi por “imposibilidad genética” de encerrarse en un grupo cálido de “buenos cristianos”, nacen algunas ramificaciones de amplio alcance. En torno a los focolarinos casados se forma Familias Nuevas; en torno a los voluntarios, Humanidad Nueva; en torno a los sacerdotes diocesanos, un movimiento sacerdotal; en torno a los jóvenes llamados al sacerdocio, una nueva generación sacerdotal; y por obra de los párrocos, un movimiento parroquial… También en el terreno ecuménico la aceleración es notable. El 13 de junio de 1967 tiene inicio la extraordinaria relación ente Chiara y el patriarca ecuménico de Constantinopla. Atenágoras I, monumento de amor, sabiduría y clarividencia, una de las más grandes personalidades del siglo XX, repite varias veces que quería ser «un simple focolarino». Escribe Chiara: «De él he aprendido a amar a todos, a ver el bien en todos. No tenía ni una palabra de reproche por nadie. Era verdaderamente grande Atenágoras, nunca lo podré olvidar. Ha sido él quien me ha revelado la belleza de la Iglesia ortodoxa. Por él hemos aprendido como en Oriente se subraya la vida, o sea, traducir la verdad en vida, y cómo se exalta el amor». En el terreno cultural la vida bulle. La revista Ekklesia, de la mano de Foresi, empieza a formular teológicamente los puntos de la espiritualidad de la unidad más innovadores. Se multiplican las revistas de formación y ve la luz un primer centro de estudios. En su conjunto, anticipándose a la globalización de finales del milenio, el Movimiento se presenta como un sujeto social y eclesial naturalmente internacional, pluricultural, multiétnico y multirracial. Consolidación y profundidad En 1976 tiene lugar el Rocca di Papa el primer encuentro de obispos amigos, de la mano de Mons. Klaus Hemmerle, obispo de Aquisgrán. Al año siguiente, al recibir Chiara en Londres el Premio Templeton por el progreso de la religión, empieza oficialmente el diálogo interreligioso del Movimiento. Con todo, la Obra sigue siendo desconocida para la mayoría y sigue relativamente “resguardada”, a no ser por algunas manifestaciones más visibles de los jóvenes. Una tras otra nacen nuevas obras sociales por todo el mundo. Las ciudadelas, empezando por Loppiano (Italia), se amplían y captan nuevos habitantes; nace una sólida revista para la promoción de la cultura de la unidad, Nuova Umanità. En 1982 siete mil sacerdotes y religiosos del Movimiento participan en una histórica celebración eucarística en el Aula Pablo IV presidida por Juan Pablo II, el cual había visitado el Centro de los Focolares, en Rocca di Papa, dos años antes. Sobre su relación con los papas escribe Chiara: «A veces me sucede, por ejemplo, que durante una audiencia hago una gran unidad con el Papa, así, como una hija; y entonces tengo la impresión de que el Cielo se abre y yo estoy conectada con Dios, con una gran unión, sin intermediarios; siento una unión con Dios densísima. Y lo que la caracteriza es justo este hecho: sin intermediarios, una unión con Dios sin intermediarios». En esta etapa se realiza el primer encuentro de obispos amigos de los Focolares que pertenecen a distintas Iglesias y comunidades eclesiales. Chiara participa en tres sínodos, el primero en 1985, con motivo del aniversario de la clausura del Vaticano II. Por último, en 1988 recibe el Premio de la Paz Augustana en Augsburgo, Alemania. Consolidación y profundidad, pues, con una particular formación espiritual de los miembros y adherentes de los Focolares, que resultará necesaria para sostener lo que va naciendo a lo largo de los años 90 y al inicio del tercer milenio. Años de alegría y regocijo En 1990 el Consejo Pontificio de Laicos aprueba los estatutos generales del Movimiento. El mismo año, con la colaboración de Mons. Klaus Hemmerle, Chiara funda la “Escuela Abba”. Sus miembros tienen Jesús en medio, efecto de su amor a Jesús abandonado, que cada vez renuevan con un pacto, y tratan de traducir en doctrina luminosa y segura la vida de comunión, la espiritualidad de la unidad. En 1991, en Brasil, la fundadora y presidenta de los Focolares pone en marcha el proyecto por una Economía de Comunión, que en breve tiempo se expandie por los cinco continentes, involucrando a muchos empresarios y empresas. Estos tres episodios, junto a otros de este periodo, dan testimonio de la penetración de la espiritualidad en las más varias realidades humanas. Una penetración en primer lugar espiritual, pero también cultural, como lo confirman, entre otras cosas, los dieciséis doctorados honoris causa otorgados a Chiara entre 1996 y 2008. Y no olvidemos los numerosos premios, entre los cuales destacan el de la Unesco por la educación a la paz (1996), o el del Consejo de Europa por los derechos humanos (1998). Por otra parte, le han concedido doce ciudadanías de honor en el mismo periodo. En estos años surgen también iniciativas muy originales relacionadas con la “Escuela Abba”, que son intentos de aplicar a los distintos ámbitos profesionales las intuiciones y elaboraciones de la doctrina que mana del carisma de la unidad. Se abren así nuevos horizontes en teología, filosofía, política, economía, medios de comunicación, arte, psicología, pedagogía, arquitectura e incluso deporte. Un proceso que está en pleno desarrollo y que va abordando campos nuevos. Los numerosos viajes realizados por Chiara en Europa y fuera de ella, ampliamente seguidos por la prensa, dan idea de manera visible de la dimensión universal del carisma de la unidad. Diálogo a campo abierto En el curso de estos viajes se ha puesto de relieve de manera especial que la acción del movimiento se caracteriza por el desarrollo de cuatro diálogos típicos de la Iglesia. El primero, que se lleva a cabo dentro de cada Iglesia, tuvo un nuevo punto de partida en la vigilia de Pentecostés de 1998, con la intervención de Chiara y otros fundadores en la Plaza de San Pedro, rebosante de más de 300.000 miembros de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Un potente soplo del Espíritu para la Iglesia que se abría al tercer milenio. En el terreno ecuménico, se recuerda entre otras cosas la propuesta que formuló Chiara de una “espiritualidad ecuménica” en la asamblea de Graz, así como sus fructíferos contactos con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, aparte del prometedor diálogo entre movimientos de varias Iglesias puesto en marcha en estos últimos años, especialmente en Alemania, que ha desembocado en las dos manifestaciones “Juntos por Europa” de Stuttgart. El ámbito del diálogo interreligioso es con toda probabilidad el que ha experimentado mayor desarrollo, con la apertura de relaciones habituales con los afroamericanos del imán estadounidense W. D. Mohammed (primera mujer, blanca y cristiana que habló en la mezquita de Malcolm X de Harlem), con los budistas theravada de Chiang Mai (Tailandia), con varios grupos hindúes de la India, con el movimiento budista Rissho Kosei-kai de Japón… Chiara misma fue elegida en 1994 presidente de honor de la WCRP (Conferencia Mundial de las Religiones por la Paz), y en enero de 2002 fue designada para hablar en nombre de la Iglesia católica, junto con Andrea Riccardi, en la gran reunión interreligiosa de Asís, promovida por el Papa. Por último, el diálogo con personas de convicciones no religiosas. Chiara les dice a sus “amigos”, que así los llama: «Nuestra Obra tiene una vocación universal. Por eso nuestro lema es “Que todos sean uno…”. Ahora bien, en ese “todos” también estáis vosotros. No podemos prescindir de vosotros… Estaremos unidos en los valores, en otras ideas, en alguna cosa concreta». Una palabra aparte merece el desarrollo de la ciudadela de Fontem (Camerún), donde se ve, tras una visita de Chiara en 2000, una verdadera “nueva evangelización” a escala de pueblo, entrelazada con un proyecto de desarrollo social. Y no podemos dejar en el tintero los brotes que se dan en el ámbito difícil de la televisión y el cine. Cada uno de estos diálogos nace de la capacidad de Chiara para “hacerse uno” con cualquier realidad, gracias a las relaciones personales que ella construye. El sello a este periodo lo pone la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que Juan Pablo II propone a toda la Iglesia una “espiritualidad de comunión”, con la cual se halla en singular sintonía la “espiritualidad de la unidad” que el Movimiento siempre ha propuesto. El futuro En 2003, con ocasión del 60 aniversario del Movimiento, Chiara concede una breve entrevista, impregnada de un sentimiento casi insólito. «Esta celebración –responde a una pregunta del periodista– me arroja a un silencio de adoración por el estupor de haber visto en esta décadas, con mis ojos, cómo ha nacido y crecido una obra de Dios que, a partir de una pequeña semilla, se ha convertido (y así lo veía ya Pablo VI) en un gran árbol que extiende sus ramas hasta los últimos confines de la Tierra». Luego la entrevistada añade una larga lista de razones que la llevan a sentir un intenso reconocimiento por Dios, «a veces tan fuerte como para no alimentar otro sentimiento». Y la lista es una larga acción de gracias: «Doy gracias por todo y por siempre, por mil y mil motivos. Porque me ha hecho nacer en su Iglesia y me ha elegido como instrumento; porque me hizo hija de Dios y focolarina; porque me he nutrido de él con la eucaristía; por la luz sobrenatural del carisma de la unidad que me ha donado, para mí y muchos otros; por la familia espiritual que ha nacido; porque me ha comunicado el secreto de la unidad, Jesús abandonado; por el céntuplo en todos los sentidos que he experimentado; porque me ha confirmado en la fe; porque me ha indicado el amor como bien supremo; porque me ha dado una madre, María; por hacerme partícipe, al menos un poco, de su maternidad universal; porque me ha perdonado los pecados; por todas los sufrimientos que ha permitido para mí; porque me ha abierto el corazón a la humanidad; por la vida cargada de años que me ha dado, signo de su amor. Y podría seguir…». Y la respuesta a una pregunta sobre el futuro del Movimiento es simple: «No lo conozco. Está escrito en el Cielo. Nos toca a nosotros interpretarlo y cumplirlo, como hemos tratado de hacer hasta ahora con la ayuda de Dios, y aún mejor». La última prueba Los tres últimos años de la aventura terrenal de Chiara son los más difíciles. Jesús abandonado, su Esposo, se presenta a la cita «de una forma solemne», en medio de una oscuridad en la que Dios parece haberse puesto, como el sol en el ocaso. Con todo, Chiara sigue amando momento a momento a un hermano tras otro. Sigue sirviendo al “designio de Dios” sobre el Movimiento y está al tanto de sus desarrollos hasta los últimos días, cuando, para gran alegría suya, es aprobada por el Vaticano la naciente universidad Sophia. Uno solo ha sido siempre su deseo: «Quisiera que la Obra de María, al final de los tiempos, cuando, compacta, esté a la espera de presentarse ante Jesús abandonado-resucitado, pueda repetir: “Ese día, Dios mío, iré hacia ti… con mi sueño más loco: llevarte el mundo entre mis brazos”. Padre, ¡que todos sean uno!». Chiara se apagó el 14 de marzo de 2008 poco después de las dos de la madrugada. El último mes lo había pasado en el Policlínico Gemelli de Roma. Allí aún despachaba la correspondencia y tomaba decisiones importantes para el Movimiento. Recibió también una carta del Papa que releía a menudo porque la confortaba. El patriarca Bartolomé pasó a saludarla y bendecirla. Los últimos días expresó repetidamente su deseo de volver a casa. Se lo concedieron. Se despidió personalmente de sus primeras compañeras, de sus primeros compañeros y de sus más estrechos colaboradores. Luego, mientras se iba agravando, diría que consumiendo, cientos y cientos de personas se acercaron a su casa y entran una a una en su habitación durante horas y horas, para verla, darle un abrazo o decirle una única palabra: gracias. Hay una gran emoción, pero más grande aún es la fe en el amor. Se canta el Magníficat por las grandes cosas que el Señor ha hecho en ella y se renueva el compromiso en vivir el Evangelio, o sea, amar, como Chiara siempre ha hecho y enseñado. 1920 Silvia Lubich se asoma a la vida en Trento, una tranquila ciudad de camino hacia Europa central, que cuenta con una población llena de energías y voluntad, trabajadora e industriosa. Pronto demuestra un carácter fuerte y maleable. Aquí aparece retratada en una foto de 1921. 1920 Su familia, aunque de condición obrera, vive las vicisitudes de su tiempo. Su padre es antifascista, su madre, una mujer de sólida fe. En la familia reina un clima de verdadero entendimiento. Su hermano mayor, Gino, es jefe de la resistencia roja y periodista de fama del órgano comunista l’Unità, hasta el episodio de Budapest de 1956. Su hermana Liliana se casaría con el futuro senador Berlanda. 1943 Ya a los siete años Chiara le pide a Jesús «su luz y su fuego». Madurará una relación personalísima con él. A los 19 años, en Loreto, la relación se vuelve proyecto: cuenta en una carta que Jesús le ha hecho entender lo que quiere de ella; intuye las cimas y los abismo que ello comporta, pero responde: «Vale». Luego prosigue su vida de maestra hasta el “vuelo” del 7 de diciembre de 1943. En la foto, la maestra con sus alumnos. 1945 Deslumbrada por el inmenso amor de Dios, en pleno desastre bélico, se empeña decididamente junto con sus primeras compañeras en vivir el Evangelio. Desde ese momento todo se acelera. Así se expresa el 31 de mayo a propósito de la experiencia que están haciendo: «Juntos, cada uno se vuelve más hermoso». Descarta las soluciones de la época: el colectivismo o el individualismo. El evangelio la está llevando a una nueva síntesis.. 1947 El secreto del amor evangélico, a partir del 24 de enero de 1944, se torna para ella en el misterio del grito de abandono de Cristo en la cruz. Ahí está la profundidad del amor de Dios, la unidad de las tres Personas, y proporciona la clave para la relación fraterna entre los hombres. En Roma, el padre Veuthey, especialista en teología mística, le dice en febrero de 1947: «Vosotros empezáis donde otros se detienen». 1947 El amor concreto de las primeras focolarinas por los pobres suscita admiración hasta en los comunistas de Trento, y desemboca en la Navidad de 1947 en una comunión de bienes materiales organizada. Dos jefes comunistas la retan simpáticamente y la joven Chiara replica: «Somos pocas, pobres y “popas” (en trentino, chicas jóvenes), pero veremos quién gana». Pronto comprenderán que el amor sana también las heridas no materiales de la vida. En la foto, Trento bombardeada. 1948 El encuentro con el escritor y parlamentario Igino Giordani, en septiembre de 1948, saca a Chiara de Trento y la traslada al corazón del mundo católico, Roma, superando así las limitaciones iniciales de una mujer joven y laica. Lleva a Chiara a relacionarse con personajes como el presidente del consejo de ministros, De Gasperi, el cual dice: «La Iglesia ya se pronunciará, pero para mí es algo magnífico» (20 de noviembre de 1950). Aquí, Giordani y Chiara en una foto de los años setenta. 1949 La vena espiritual de los Focolares se enriquece continuamente hasta desembocar en 1949 en un momento de alta contemplación. Surge entonces la dimensión mística que hará de la joven Lubich un personaje que aún está por descubrir. Chiara, junto a aquel primer grupo, se lanza definitivamente por la vía de exploración de nuevas fronteras en la vida eclesial y social. 1950 En septiembre, Chiara le pide al joven Pasquale Foresi (1929) que comparta con ella la responsabilidad del Movimiento. Como sacerdote y teólogo acompañará el itinerario de aprobación, el nacimiento de la prensa y las ciudadelas del Movimiento, y ayudará a articular el carisma con la teología y las ciencias humanas, cuya última expresión es la fundación del Instituto Universitario Sophia. Aquí, en una foto de los años setenta. 1956 Chiara tenía una relación tan viva con las Escrituras que, cuando viajó a Tierra Santa, experimentó la fascinación del lugar. Fijándose en el agujero donde fue plantada la cruz, escribe: «Si no se hubiese dado esta primera cruz (…) Él, que fue elevado aquí como un malhechor, dio valor y razón al mar de angustia que aflige y a veces inunda a la humanidad, y también a cada hombre». 1960 La expansión fuera de Italia se da a partir de 1958. En 1960 Chiara manda al otro lado del “telón de acero” a algunos médicos y otros profesionales laicos. Este mundo representa para ella un rostro particular de Jesús abandonado, pues ningún creyente quiere ni se atreve a ir. Esta maniobra audaz suscitará en las autoridades comunistas el estupor ante un cristianismo vivido como solidaridad. En la foto, construcción del muro de Berlín. 1965 Poco antes de morir, Pío XII hará saber a Chiara que aprueba el Movimiento, no por recomendación, sino porque es obra de Dios. El papa Pablo VI (1965) aprueba la audaz construcción del Movimiento («Vosotros sois los arquitectos de esta obra») y Juan Pablo II permite que sea siempre «una mujer quien esté al frente de esta obra». En la foto, una de las numerosas audiencias con el papa Montini. En el centro, Dina Zenari, una de entre los primeros “voluntarios de Dios”. 1966 El diálogo interreligioso se inicia en 1966 en el corazón de la selva africana con la tribu de los bangwas (Camerún), una tribu profundamente arraigada en las religiones tradicionales. Su rey recibe a Chiara bajo el signo de la fraternidad y, dado el espectacular desarrollo de la vida social y sanitaria, que mejora mucho gracias a la ayuda fraterna focolarina, en el año 2000 la tribu (160 mil personas) nombra a Chiara su Mafua Ndem (reina enviada del cielo). 1967 Raramente Chiara Lubich fue acogida con más sentimiento que por el patriarca de Estambul, figura profética que vivía por la unidad «como un focolarino», dijo un día. La historia tendrá aún que escribir el papel de Chiara como enlace entre Atenágoras I y Pablo VI. La experiencia ecuménica de los Focolares muestra la fuerza de las relaciones que ella supo estrechar por encima de cualquier frontera a partir de 1960. 1967 La unidad es un don celestial; el papel de los hombres es cuidar las relaciones y sanar las heridas cuando faltan éstas. En el mundo de la familia empieza un laboratorio de experiencias que se inspiran en las indicaciones de Chiara. A partir de 1967 se desarrolla Familias Nuevas, que hoy es la realidad más difundida de los Focolares. 1967 A Chiara le apremia conocer de cerca a las generaciones jóvenes. Una noche de 1961, mirando la Vía Láctea, escribe: «Llegarán nuevas generaciones, y son todas esas estrellitas». Pocos años después, en los albores de la contestación, nace la segunda generación, el Movimiento Gen: la contestación en versión evangélica. 1977 Con el Premio Templeton (Londres) da inicio la escalada de una de las aventuras más intensas de la historia de Chiara: el diálogo interreligioso, un terreno casi virgen que el Concilio ha abierto. Treinta años después, Chiara tiene hijos espirituales en todas la grandes religiones. 1984 Publica su libro más esperado sobre Jesús abandonado, tema de gran calado doctrinal. En 2000 le sigue El grito. Ya en 1955 Chiara había dicho que no temía que París (los estudios) dejase a un lado Asís (la espiritualidad). 16 doctorados honoris causa, el original grupo de la “Escuela Abba” y el nuevo instituto universitario son prueba de ello. En la foto, doctorado honoris causa en psicología en Malta. 1987 Chiara participa en el Sínodo que aborda la vocación de los laicos. Sale el tema de los movimientos y nuevas comunidades. Tras esta experiencia escribe: «Actúa Alguien que supera a los individuos y al conjunto y lo orienta todo potentemente hacia un fin que nadie ha previsto, hacia una nueva etapa que la Iglesia está llamada a vivir. Este Alguien es el Espíritu Santo». De él escribe en cuanto último punto de la espiritualidad de la unidad. 1991 Al proponer en Brasil la Economía de Comunión, Chiara da inicio a una nueva etapa. En 1955 había dicho: «No sólo tendremos Asís y París, sino también Hollywood», es decir, iniciativas que llegarían a toda la sociedad, más allá de la esfera religiosa. Introducir la fraternidad entre los pobres y las empresas será el inicio de una serie de iniciativas para introducir la fraternidad en la cultura de hoy. 1998 Querer llegar a todos impulsa a Chiara a desarrollar una etapa fecunda de diálogo en la Iglesia entre realidades carismáticas. Nace la iniciativa “Juntos por Europa”, en Stuttgart, un gran fruto. Y también realiza una labor tenaz al servicio del mundo político. En la foto, Chiara recibe en París el Premio Unesco por la educación a la paz, en 1996. 2002 Entre 1995 y 2004 Chiara emprende una extraordinaria serie de viajes que abren nuevos diálogos: la India, Estados unidos, Tailandia, Taiwan, África… Aquí la vemos junto a Joan Rigol, presidente del Parlamento Catalán, durante su viaje a España. 2004 Última aparición pública de Chiara, en el Auditorium de Roma, en ocasión de la segunda Jornada Mundial de la Interdependencia. Tras décadas de incesante trabajo, al poco tiempo empezará su largo “retiro”. 2008 “Quizás es más bonito aún”: Chiara de joven había escrito un breve texto sobre la tercera edad, y sus últimos años quizás hayan sido la estación más significativa de su vida. Deja como herencia su testimonio sobre la “noche de la cultura”, que quería compartir sin reservas, convencida de que para el hombre de hoy se abre un nuevo camino. El alba definitiva la estaba esperando. Michele Zanzucchi (con la colaboración de Bennie Callebaut, Giulio Meazzini y Michel Vandeleene)


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