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Enero - 2013


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¡Gracias! / Por la puerta de atrás


¡Gracias! / Por la puerta de atrás

¡Gracias! Es domingo, aprovecho la calma matutina para dedicar un rato a poner en orden las ideas y sensaciones que se agolpan dentro de mí. En las últimas semanas me ha invadido un cierto desánimo, casi una desesperanza. Pero no me resigno; quiero recomponer mi interior. Busco en el fondo de mí mismo cuál es el ideal, el pilar sobre el que sustentar mi vida. Sin duda es Dios, pero un Dios que me pide que viva por un mundo unido, la fraternidad, la humanidad nueva. Sí, eso es lo que quiero; y me propongo que a partir de esas ideas-fuerza tengo que reconstruir de nuevo mi “casa”. Me sereno un poco. Me preparo un café y me siento a saborearlo. Veo la revista Ciudad Nueva de diciembre, que acaba de llegar. La abro y empiezo por el editorial: «Esperar, recibir, valorar». Tres actitudes que se contemplan en el pesebre, en el misterio de la Navidad. Empiezo a leer y mi interior se va iluminando. Me digo: esto ha sido escrito para mí. ¿Quien será el autor? Conforme voy desgranando los párrafos, me siento comprendido y estimulado: «Habitar el pesebre nos predispone a esperar. Esperar el nacimiento del niño no es una espera exenta de dificultades, pero no se frena ante los obstáculos, por la convicción de que vale la pena invertir tiempo en lo que vendrá». ¡Que preciosa definición de esperanza! Sigue el editorialista: «Habitar el pesebre nos alienta a recibir. (…) Recibir es apertura de corazón (…). Recibir es una actitud indispensable para superar el individualismo de nuestra sociedad». Totalmente de acuerdo. Hago mía esta actitud y sigo leyendo: «el pesebre nos enseña a valorar. (…) Sentirnos valorados por lo que somos, y no por lo que tenemos o hacemos, es fundamental para poder valorar y querer a otros». Concluye el editorial: «Habitar el pesebre es el primer paso para habitar la humanidad. (…) Nos brinda estrategias para llevar el sentido de familia a la oficina, a la escuela y a cada uno de los ambientes que habitamos». Se me han terminado de aclarar las ideas: conozco el fin por el que vivir cada día, las estrategias a seguir, pero sobre todo la constatación de que no lo podemos hacer solos, que con nuestras propias fuerzas sería imposible. Que es el propio Dios con su encarnación quien nos da la convicción, la esperanza, de que nuestra causa es la suya o de que su causa es la nuestra, como se prefiera. Qué importa cuándo se realizará; qué importa cuánto costará. Importa saber que el mundo nuevo será realidad. Termino el café. Una serena convicción me invade: vale la pena gastar nuestro tiempo en lo que vendrá. ¡Gracias, editorialista anónimo de Ciudad Nueva! R.G. Por la puerta de atrás Que el recurso contra la modificación del Código Civil sobre los matrimonios homosexuales, interpuesto en 2005, no haya sido resuelto por el Tribunal Constitucional hasta finales del 2012 constituye, no sólo un injustificado retraso, sino un grave quebranto de su propia doctrina, según la cual «dentro del contenido del derecho de tutela judicial efectiva hay que incluir el que la solución de la cuestión planteada lo sea sin dilaciones indebidas». El retraso ha sido debido, sin duda, a que, una vez más, se ha buscado una solución política, puesto que, desde el punto de vista jurídico, no era un recurso complicado, sino más bien sencillo, dado que lo que se planteaba era llana y sencillamente si tal modificación era o no conforme a lo establecido sobre la materia en la Constitución. Un juez profesional, no político, precisaba muy poco tiempo para, despojando el asunto de toda carga ideológica y política, encontrar pronto los razonamientos que condujeran a una justa y adecuada solución. (…) Tanto el Código Civil como la Constitución se expresaban en términos absolutamente idénticos, a saber, «el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio…». Parece claro que con ello se estaban refiriendo a que el matrimonio sólo era posible entre un hombre y una mujer y que por ende estaba vedado a las uniones de personas del mismo sexo. Así lo demuestra el hecho de que, para abrir la institución a estas personas, se vieron obligados, los que tal cosa pretendían, a modificar la dicción del texto legal que lo impedía. (…) Lo que se pretendió con la reforma del Código Civil fue modificar la Constitución por vía indirecta (por la puerta de atrás, como vulgarmente se dice) ahorrándose así el procedimiento previsto para ello, que es más oneroso. Pero esta maniobra nunca debió ser validada por el Tribunal Constitucional, sino que, velando por la pureza constitucional, que es su razón de ser, debió, sin ningún tipo de concesiones políticas ni ideológicas, hacer prevalecer la vigencia del texto constitucional e impedir que fuera modificado fuera de los cauces por él previsto para ello. M. D.


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