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Marzo - 2008


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Tiempo de calidad

Jesús García


Hablando de... EDUCACIÓN

Hace poco leí un ensayo sobre educación. Entre muchas e interesantes indicaciones, recomendaba “emplear con los hijos tiempo de calidad”. No es una gran novedad, pero me ha hecho reflexionar precisamente sobre el “apellido” del término; es decir, no el “tiempo” sino la “calidad”. Y como siempre que reflexionamos sobre la educación de los hijos, acabamos haciéndolo sobre nosotros mismos, en cuanto educadores: nuestro papel, nuestras actitudes y nuestras estrategias. En esta ocasión (siempre con su permiso) permítanme expresarme más como padre que como profesional. Durante este último tiempo me he dedicado a pensar, en la práctica, qué significa atribuir calidad al tiempo que dedico a mis hijas, y he llegado a algunas conclusiones vitales. Mi tiempo adquiere calidad: - Si, de entrada, establezco con ellas una relación de colaboración y ayuda mutua; por ejemplo, si solicito su ayuda para que me escuchen cuando explico algo o su colaboración para que se porten bien. - Si les doy la posibilidad de sentirse útiles y ayudar a los demás ofreciéndoles ocasiones concretas para ello (bajar la basura, regalar algo que tenemos en casa, que se responsabilicen de algo de su interés, como coger los paquetes de leche o cuidar de las plantas). - Si utilizo términos relativos a compartir o cooperar (adecuados a la edad de cada una) que apelan a la reciprocidad: “¿Nos ayudamos?”, “Ayúdame”, “¿Te ayudo?”, “Necesito que...”, “Te lo agradezco”, “¿Qué piensas?”. - Si les ayudo a percibir que los demás son elementos de relación y no sólo elementos cognitivos (hay que querer, respetar y valorar al abuelo, pero también hay que saludarlo, quererlo, preguntarle, decirle...). Es decir, cuando las ayudo a que vean al otro como alguien distinto (padre, abuelo, hermano, amigo...) y les ofrezco pautas para que lo comprendan de forma emotiva y afectiva y lo vean como alguien con quien compartir. - Si promuevo que expresen las necesidades que requieren de los demás: pedir ayuda, saber reconocer a los demás, dar las gracias, etc. - Si sustituyo las actitudes competitivas o agresivas por otras solidarias y de colaboración. Por ejemplo, cuando una se retrasa en el baño y esto provoca una disputa, ir más allá del simple reproche y plantearle: “Tienes que colaborar con tu hermana”, “Tenéis que colaborar entre vosotras”. - Si logro “mantener su respuesta”: propiciar que “respondan” a lo que les he dicho: “¿Qué te parece?”, “¿Lo entiendes?”, “¿Cómo lo harías tú?”. - Si recompenso (afectiva o materialmente) la cooperación: agradecer, dar un beso, una caricia, una comida... - Si les ofrezco mi reconocimiento mirándolas a la cara y dejando lo que estoy haciendo para escucharlas, y si en ese momento no puedo, diciendo que más tarde lo hablaremos. Y también exponiendo una imagen positiva de ellas: “¡Hay que ver lo que te quieren tus amigas!”. - Si ante ciertas acciones negativas o de consecuencias negativas logro prever las consecuencias que se derivan para sí mismas y para los demás: si se retrasan en poner la mesa, todos saldremos perjudicados. - Si las ayudo a renunciar voluntariamente a un juguete para regalarlo, a ofrecer su tiempo a quien lo necesita o a una golosina para dársela a su hermana. - Si adopto comportamientos basados en el razonamiento: “Vamos a ver, ahora te pido yo que me escuches y comprendas lo que te quiero decir”. Me he dado cuenta de que favorecen lo que se denomina el descentramiento cognitivo y emotivo y, en consecuencia, las predispone a la reciprocidad. - Si presto particular atención al desarrollo y al refuerzo de sus competencias afectivo-emocionales (estados de ánimo, afectos, y sobre todo sus propios sentimientos); “¿Esto te pone triste?”, “¿Esto te hace sentirte mal?”. - Si, como padre y madre, somos capaces de crear un clima cálido y estimulante en el que expresamos la empatía y la confianza. - Finalmente, si nosotros, padre y madre, somos el primer ejemplo, aunque a veces nos digan que somos demasiado “perfectos”. En definitiva, me he dado cuenta de que la calidad del tiempo es la calidad de nuestra reciprocidad. Éste es el reto. Interpretar la partitura de la educación “a cuatro manos”.


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