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Diciembre - 2012


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Democracia e identidad

Javier Rubio


Aceptar al otro como manera de hacer política y desarrollar el valor de la fraternidad.

La cuestión de la identidad está en la base de algunas opciones políticas. Sobre el binomio democracia-identidad hablamos con Mikel Arregui, miembro del Movimiento Político por la Unidad. –¿Cuál ha sido su trayectoria en política? –He sido concejal nacionalista, concretamente del PNV. Desde 1991 hasta 2007 me dediqué al noble quehacer político de ser concejal en mi pueblo, que desgraciadamente fue muy conocido durante una época debido a la violencia de ETA, Andoain. En 2007 abandoné la política activa. –En los tiempos que corren, suena atrevido lo de «noble quehacer político»… –Bueno, en las cuatro legislaturas en que ejercí, entre otras cosas traté siempre de buscar la transversalidad de la política. En la cuarta legislatura fue cuando conocí el Movimiento Político por la Unidad (MPpU) y me di cuenta de que me ofrecía, mejorado, ese valor transversal en la política: el valor de la fraternidad, el valor de reconocer al otro, valor por el que se regía y se sigue rigiendo el MPpU. La posibilidad de trabajar y desarrollar este valor con personas de otras formaciones políticas es lo que he encontrado en el MPpU. –Entiendo que para un político nacionalista la cuestión de la identidad tiene mucho peso. –Hablar de identidad es siempre delicado. Cuando hablamos de democracia todos sabemos, más o menos, lo que estamos diciendo. Vamos a dejarlo en que democracia es el ejercicio de las mayorías respetando a las minorías. Pero la definición de identidad es algo más complejo y muchas veces lleva a discusiones estériles y a veces a descalificaciones sin sentido. Manejamos unos significados diferentes de la palabra identidad. Colectivos pertenecientes al mismo Estado tienen identidades diferentes. –¿Por qué sucede esto?¿A qué es debido? –Voy a intentar explicar brevemente lo que yo entiendo por identidad. Cuando un grupo de personas se identifica con un pueblo, con una etnia, con su lengua, su cultura, sus usos y costumbres, su forma de ser, su historia, se dice que tiene la identidad que le proporciona ese pueblo, esa lengua. Como soy vasco, me voy a centrar en la sociedad vasca, aunque creo que vale para el caso catalán u otros en toda Europa. Dentro de la sociedad vasca hay un colectivo numeroso que se identifica con el pueblo vasco, con su lengua milenaria, que es el euskera, con su cultura, con una interpretación de la historia (los fueros y su posterior abolición). A este fenómeno se le denomina identidad vasca. Esta identidad lleva a ese colectivo a creer en una nacionalidad vasca, en una nación vasca. Y de ahí surge el concepto de nacionalistas. Esta identidad nos lleva a tener una visión concreta de la vida, de la sociedad vasca, y nos lleva a crear un imaginario nacionalista: cierto folclore, tradiciones simbólicas, la ikurriña, las canciones en euskera, etc. –Dice que es un grupo numeroso. ¿Y los otros? –Dentro de la sociedad vasca hay otro colectivo, así mismo numeroso, que no asume esa identidad (etnia, lengua, cultura, interpretación de la historia), sino que más bien se identifica con la lengua castellana, con la interpretación española de la historia, con su cultura. Es decir tiene una identidad española, con su concepto de nación, su imaginario colectivo y su tradición simbólica. Ambas identidades están en la sociedad vasca, además de otro colectivo que no se identifica ni con unos ni con otros. Ésta es la realidad de la sociedad vasca y, por tanto, de la sociedad española. –¿Cómo casa con la democracia la cuestión identitaria? –Hay quien asegura que la situación en Euskadi significa que existen dos sociedades. Yo pienso que eso es tendencioso: ganas de que sea así, pero no es la descripción de la realidad. Queda claro que esta situación supone algo así como una división, una escisión, debido a la complejidad y pluralidad de la propia sociedad vasca. Y ahí es donde interviene la democracia para dar salida y superar dicha división. Hay que buscar un terreno común de identificación básica para todos los miembros de la sociedad. –Me llama la atención este último concepto de identificación básica. ¿Me lo puede explicar más? –A ese respecto se han producido diferentes respuestas que podríamos resumir en los siguientes tipos: a) Opción aniquiladora, que no acepta la diferencia. Parte de un planteamiento totalitario y absolutista y niega todo lo que no encaja en su visión radical de la sociedad vasca. Para la opción aniquiladora el proyecto de futuro pasa por declarar como enemigos a los que no aceptan su visión radical, ya sea la nacionalista vasca, ya sea la identidad española. b) Opción asimilacionista, que espera que la otra parte con el tiempo acepte su propia visión. Se basa en una tolerancia en los medios políticos y define el futuro de la sociedad vasca como un futuro homogéneo, ya sea mediante una integración uniformadora en el proyecto España, ya sea en una homogeneización nacionalista. Esta respuesta, disfrazada de tolerancia democrática, niega la pluralidad de la sociedad. c) Opción de coexistencia, que se produce por el miedo a que cualquier cambio, cualquier evolución, lleve a la sociedad vasca a un planteamiento asimilacionista que no están dispuestos a aceptar, de modo que prefieren la situación de coexistencia. d) Opción integradora. Es la más democrática y la más difícil de llevar a cabo. Apuesta por un futuro en el que tengan cabida el pluralismo de culturas, de lenguas, de tradiciones simbólicas, con el objeto de conseguir una convivencia y un desarrollo social común, siendo su seña de identidad precisamente la pluralidad, la riqueza lingüística y cultural; es decir, una pluralidad referencial. –Parece realmente difícil de llevar a cabo… –Pero merece la pena y es la única manera de unir y salvar el binomio democracia-identidad. La respuesta aniquiladora lo único que consigue es reafirmar al otro en su propia visión, sea desde la perspectiva nacionalista o desde la perspectiva españolista. Cuanto más radical es la postura de una de las partes, más se radicaliza la otra. La asimilación implica no aceptar la visión del otro, la identidad del otro; se basa en procesos democráticos para asimilar al otro y es un intento de homogenizar la visión identitaria coartando toda posibilidad de pluralidad. En cuanto a la coexistencia, supone dejar las cosas como están por miedo a que vayan a peor y desemboquen en una de las dos respuesta anteriores. En cambio la respuesta integradora es un proyecto común basado en la aportación de las diferentes identidades que componen la sociedad vasca, respetando las diferencias, y evitando los enfrentamientos. –¿Es eso posible? –¿Por qué no? Se trata de un proyecto que apuesta por un futuro para una sociedad multirreferencial y plural, y no homogénea ni uniforme. Es un proyecto que no acepta una solución en contra del otro y sin el otro. No hay solución en la sociedad vasca en contra del nacionalismo ni sin el nacionalismo. Tampoco hay solución en contra de la visión española ni sin ella. Todo pasa por realizar una política transversal en ambos colectivos para obtener consensos básicos. Este proyecto requiere muchas dosis de buena voluntad y un gran esfuerzo. Requiere aceptar al otro, que es diferente, para que a la vez uno mismo sea aceptado. No intentar convencer al otro, sino buscar puntos de encuentro y consensos lo más amplios posible en busca del bien común, que al fin y al cabo es la labor principal del quehacer político. –Ése es precisamente el objetivo del MPpU… –La filosofía y la manera de hacer política que propone el MPpU es la aceptación del otro, y el valor a desarrollar en la labor política diaria es la fraternidad. Todos somos hermanos, pues somos hijos de Dios, y todos debemos trabajar conjunta y fraternalmente por el bien común. En el caso de la sociedad vasca, todos debemos asumir el pasado, aceptar el papel que hemos jugado, tanto unos como otros, y en conjunto buscar el Bien. ¿Cómo? Con amor. Como dijo Chiara Lubich en un discurso que pronunció en Londres en 2004, «tenemos todo el derecho de pedir hoy que la humanidad empiece a experimentar cuáles podrían ser los frutos del amor no sólo entre los individuos, sino también entre los pueblos». Es arduo pero estimulante. Hay que cambiar la manera de hacer política, hay que regenerar la vida política.


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