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Noviembre - 2012


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Una mina de oro

Juan Félix Bellido


Al habla con los fundadores de La Miniera, un centro de atención diurna que sigue los criterios empresariales de la Economía de Comunión.

Vuelvo en coche de la población sevillana de Dos Hermanas. Acabo de visitar un centro de estancia diurna para mayores, con el sugestivo nombre de La Miniera, término italiano que se traduce por «la mina». Y lo es, porque los mayores, en contra de lo que en general se piensa, son el tesoro de la sociedad. Contrasta lo vivido hace unos instantes con las noticias que me espeta la radio del coche; machaconamente, recuerdan una situación económica, financiera y empresarial que da pavor. Pienso que la situación es resultado del individualismo humano, centrado en la cultura-del-tener. Y lo que alimenta el fuego es la falta de solidaridad, la ambición desmedida, la explotación y opresión de los débiles, la acumulación de riqueza y, sobre todo, la dificultad para compartirla. Recuerdo las palabras de Elena Bravo, la directora de La Miniera, hace escasamente un par de horas: «Esta mentalidad del tener es aceptada por la mayoría de las personas, pues parece que atesorar es lo normal en la vida. O sea, que para vivir hay que acumular cosas, superfluas o no». Y tiene razón en que «a pesar de la fuerte influencia de esta idea, que cada vez se extiende más, y, precisamente como respuesta a una necesidad vital del ser humano como es el compartir con los demás, nacen otro tipo de prácticas sociales y de actitudes solidarias que estarían enmarcadas en lo que llamaríamos la cultura-del-dar». Y ahí encuentro no sólo la clave de sus palabras, sino la de la experiencia que acabo de vivir. Me explico. La persona con la que acabo de hablar y la experiencia que acabo de compartir forman parte de esta nueva cultura-del-dar que nos hace capaces de transformar las instituciones y las estructuras sociales. Me remontan a mayo de 1991, cuando nace el original proyecto Economía de Comunión (EdC) en el seno del Movimiento de los Focolares. Lo ideó su fundadora, Chiara Lubich, en un viaje a Brasil. No se considera economista sino iniciadora de «un nuevo estilo de vida, expresión de una cultura nueva», que intenta construir la unidad en todos los frentes, teniendo como base la fraternidad universal, y generando –y aquí quería llegar–, una cultura-del-dar y no del-tener. Y lo lanza en una tierra de desequilibrios socioeconómicos. Este proyecto consiste en impulsar empresas que, en manos de personas competentes, generen beneficios para ser compartidos, dividiéndolos en tres partes: una para los necesitados; otra para la formación de hombres nuevos, decididos a la fraternidad, porque sin ellos no se hace una sociedad nueva; y otra para seguir invirtiendo en el mantenimiento y crecimiento de la empresa. Hoy estas empresas son más de 800 en el mundo. Ahí está la raíz de La Miniera. Al fundarla hace 9 años, los socios querían que reuniese las características de la EdC: 1) el centro de la actividad empresarial es la persona y no el dinero; 2) importantísimo el respeto y la estima en la relación con clientes, proveedores, sociedad civil y otras personas externas, como puede ser la competencia; 3) la empresa respeta las leyes; 4) un alto nivel de calidad de vida en cada miembro y alto nivel de calidad en la producción; 5) la empresa cuida el ambiente de trabajo generando relaciones verdaderamente humanas y fraternas; 6) formación en todos los campos; 7) un clima de comunicación abierta y sincera entre dirigentes y trabajadores, favoreciendo una relación recíproca de apoyo y solidaridad. «Con estos objetivos –me explica Elena–, nace La Miniera en enero de 2003, y desde el principio se suma al proyecto de EdC». Dos personas, las columnas del proyecto, y dos circunstancias fundamentales. Por una parte, Elena Bravo, bióloga, que dejó de trabajar para dedicarse a la familia cuando nació su primer hijo en 1981, pero que siempre albergó el deseo de participar en la EdC. Por otra, José Alonso, actual gerente de la empresa: «Casi toda mi carrera profesional se había desarrollado en el mundo de las aseguradoras y las multinacionales financieras. En 2002 hay una reestructuración en la empresa donde era director regional y me despiden. En ese momento, Elena pone en común conmigo su inquietud de hacer algo en la línea de la EdC y a mí me parece que puede ser la ocasión para comenzar algo. Para mí, que durante años había trabajado en una multinacional y había sufrido el ser sólo un código con un objetivo de ventas, esto de la Economía de Comunión era, por un lado, muy atractivo y, por otro, casi utópico». En resumidas cuentas, después de casi un año, en 2003 constituyen una sociedad con sus respectivos cónyuges, y juntos deciden crear una unidad de estancia diurna para personas mayores con 25 plazas. En 2006 se amplía y hoy tiene capacidad para 50 personas, teniendo conveniadas 40 plazas semanales y 27 los fines de semana y festivos. «Desde que comenzamos hemos puesto en práctica nuestro secreto: tratar de vivir la comunión entre nosotros cuatro, intentando que todo lo que hagamos sea fruto de ésta, y con el paso del tiempo nos hemos dado cuenta que cada uno, con sus virtudes y sus miedos, ha sido una aportación importante al proyecto. Aunque a veces nos haya costado». Quiero saber más y pregunto a Elena qué significa eso de que «el centro de nuestra empresa es la persona». José Alonso sale al paso: «Un ejemplo: yo, como gerente, veía que había determinadas cosas que tendrían que hacerse de cierta manera o las quería hacer yo a mi modo, pero en ese tener en cuenta al otro (su cometido, su profesionalidad, sus necesidades) he comprendido que convenía dejar que las hiciera otra persona aún pensando que, por mi experiencia, yo las podía hacer mejor». ¿Y las relaciones interpersonales entre los 19 trabajadores? «En este sentido –comenta Elena– intentamos que la comunión se extienda a las personas con las que trabajamos; así que nos vemos semanalmente para comentar cómo va cada cosa, en qué podemos mejorar, y así asumir las necesidades de cada uno. Esto crea un ambiente de trabajo donde no tienen cabida los malentendidos ni los malestares individuales, y nos sentimos un equipo». La verdad es que en La Miniera se nota un ambiente laboral que sorprende. Comprendo que todo esto redunda en beneficio de los mayores, que son el verdadero centro. «Intentamos que cada persona que entra en el centro se sienta acogida y valorada más allá de sus condiciones físicas y psíquicas. Todos los usuarios tienen alguna discapacidad. En general todos vienen con cierto miedo, y vemos que, en menos de una semana, suelen adaptarse y no quieren dejar de venir». Una empresa sin trampas, cuando las noticias de fraudes, artimañas y engaños llenan las páginas de la prensa económica. «Somos conscientes de que no se puede construir una empresa nueva con viejos esquemas, aunque sean moneda corriente. Es lo que consideramos una cultura de la legalidad». Concretamente, «durante estos años, en muchos momentos nos ha venido la duda, y a veces el deseo, de hacer las cosas por la vía rápida. Nos parecía que era más fácil saltarse tanto requisito legal, pues era la práctica común a nuestro alrededor. Pero siempre nos hemos ayudado a permanecer fieles a lo que creíamos que debíamos hacer según el espíritu de la EdC, y cumplir con todos los requisitos legales, aunque fuesen económicamente perjudiciales para nuestros objetivos empresariales». Dedicados a ese tesoro que son los mayores («una mina, en el más noble sentido del término»), con el cariño y la atención que necesitan, fruto de una convivencia constructiva entre sus trabajadores y unos beneficios que van a la ayuda de los más necesitados, a la formación y al desarrollo de la propia empresa, todo esto es La Miniera, ejemplo de una economía basada en la comunión, en la cultura del dar, y no en el egoísmo. Es verdad que Jauja no existe, pero mejorar nuestra sociedad, a pesar de las dificultades coyunturales o inherentes a cualquier empresa humana, es posible. Y para muestra basta un botón.


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