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Cultura de la Unidad
Octubre - 2012


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Chiara, mi hermana

Oreste Paliotti


Última entrega de la serie de entrevistas realizadas entre 1987 y 1991 a Gino Lubich, hermano mayor de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, con la intención de conocer mejor su personalidad humana y espiritual.

–¿Chiara sigue siendo la misma de siempre o ha cambiado? –Siempre ha sido igual; al menos, por lo que a mí respecta nunca ha variado ni un pelo. Siempre con la misma carga, la misma confianza extraordinaria en ciertas cosas. –¿La ves de vez en cuando? ¿Cómo es la relación entre vosotros dos? –Cuando estuve realmente enfermo, venía a verme a menudo. Si no, normalmente nos vemos dos veces al año, en Navidad y el día de san Luis, en recuerdo de nuestros padres, que se llamaban Luis y Luisa. Y entonces hablamos de las cosas más variopintas, y cada uno pone al corriente al otro de cómo está. Yo le cuento lo que hacen mis hijos, le hablo de tal libro que me interesa; ella de cómo están las focolarinas y focolarinos que conozco, de las últimas novedades habidas en el movimiento… Entre nosotros tenemos una conversación muy familiar, y es hermoso. Se da una total comprensión: no ha terminado de hablar ella cuando yo ya he entendido lo que me quería decir; yo no he terminado de decir lo mío y ella ya lo ha entendido todo. En fin, la entiendo sólo con mirarla. Tenemos una relación de gran amor fraterno, que se manifiesta en pequeñas cosas. No sé, la última vez que estuve enfermo y vino a verme, me levanté de la cama y no podía caminar. Ella me ayudó y puso mi mano en su hombro para que me apoyase. Y cuando se dio cuenta de que en casa llevaba siempre el mismo jersey, me regaló un batín. Esas pequeñas cosas que reflejan la enorme delicadeza que hay entre nosotros son más elocuentes que libros enteros. Además, ella tiene un modo especial de contarme sus cosas. Por ejemplo, cuando va a América, a Asia o a alguna otra parte, simplemente me dice: «Gino, ¡ha ido muy bien!»; y yo lo entiendo todo. No se explaya contándome todo lo que ha hecho o dicho; más bien me describe los detalles que pueden interesarle a una persona curiosa como yo, y elige las noticias que pueden servir para un artículo: «¿Sabes? En Tokio ocurre esto y esto, las tiendas son así o asá…». Incluso cuando estuve tan enfermo que creí que no saldría de ésa, mantuvimos conversaciones muy amistosas. Yo pensaba que iba a decirme: «Bueno, mira que hemos llegado al final del trayecto». Sin embargo, quería saber cómo me sentía, más por dentro que por fuera, cuáles eran mis sufrimientos morales (si los tenía), y sin insistir mucho. Yo le dije: «Viene don Silvano». «¡Ah, vale, vale!». Pero me dijo una cosa: «Elige un confesor y quédate con ése»; como si quisiera decir: no te líes. –Por lo que escribe últimamente en su diario, Chiara parece una persona que ha concluido su misión… –Ésa es la actitud de su alma desde hace años. Cuando hablamos, sentimos (sobre todo yo) que hemos llegado a la última parada. Pero por otro lado, te saca esto de la Economía de Comunión, por ejemplo. Puede que sienta que en el movimiento hay novedades por desarrollar que no están vinculadas a su presencia. (…) Con eso lo que deja es el alma, deja el mañana, con la posibilidad de desarrollarse; si no, su obra se apaga, no progresa. Apéndice Gino, mi hermano «Eramos pequeños; yo tendría 8 años y mi hermano, Gino, 10. Él me quería mucho, de un modo especial. Una mañana hicimos un poco de alboroto en casa y mamá, que era muy severa, nos dijo: “Se lo diré todo a papá cuando llegue”. Papá siempre hacía lo siguiente: nos ponía en fila por orden de edad de mayor a menor y le daba a cada uno un cachete. En cuanto llegó, mamá le dijo: “Mira que han estado toda la mañana muy revoltosos”, etc. Y él: “Poneos en fila”. Así que el primero era Gino, yo detrás de él, luego Liliana y luego Carla. Gino se llevó su cachete: ¡paf!, y se echó a un lado. Pero cuando me tocaba a mí, se volvió a poner delante de papá y le dijo: “¡No, a Silvia no! –todavía me llamaba Silvia–, ¡a Silvia no! ¡Dámelo a mí!”. Bueno, pues ¡eso es ser hermanos y hermanas!» «(…) me pide que le diga unas palabras a propósito de mi hermano durante el periodo de la Resistencia (…). Recuerdo dos episodios. En el primero se vio involucrada una de mis primeras compañeras, Graziella De Luca, a quien le he pedido que describa aquella circunstancia que ella conoce mejor que yo (v. párrafo siguiente). »El segundo ocurrió cuando, al saber que Gino estaba encarcelado en Bolzano, fui a verlo. Me subí a un camión abierto y, con un frío glaciar y en medio del peligro de las bombas, llegué a la ciudad. La cruzamos de un extremo a otro –estaba desierta–, y llegué a la cárcel. »Me llevaron ante Gino. Creo que estaba esposado, palidísimo y un poco más gordo, ¡pero qué nobleza y qué dignidad en aquel rostro! No me acuerdo de lo que nos dijimos. Más tarde sufrí al recibir la noticia de que lo habían ejecutado. ¡Menos mal que luego supe que no era cierto! »En los años sucesivos conservó en el corazón la alegría de no haber traicionado a sus compañeros, mientras que en sus carnes llevaba las señales de la tortura». Chiara Lubich «En el Evangelio habíamos aprendido cómo tenemos que amar a los hermanos: ¡dispuestos a morir por ellos! Pues bien, una tarde del año 1944 (?), al salir del trabajo pasé por donde Chiara daba clase, para luego ir desde allí a la pequeña estación del tren que me iba a llevar al pueblecito de montaña donde se había refugiado mi familia debido a los continuos bombardeos. »En cuanto Chiara me vio, me preguntó: “¿Estás dispuesta a dar la vida por un hermano?” Y yo le respondí: “¿Pero cómo, Chiara? ¿Acaso lo dudas?” »Entonces ella me dijo lo que tenía que hacer: “Ya sabes que mi hermano es médico en el hospital de Pergine y que es partisano. Pues bien, los nazis lo han descubierto y lo están buscando para matarlo. Deberías llegar antes que ellos y darle esta carta mía recomendándole que haga inmediatamente lo que le digo, o sea, que destruya todos los documentos que tenga. Desde luego, si llegan ellos antes que tú, acabarás como Gino: te matarán allí mismo”. »Pergine estaba a unos diez kilómetros y aquella tarde había que recorrer el camino a pie, pues la línea ferroviaria había sido bombardeada. Fui lo más aprisa que pude, con la carta bien escondida. Cuando llegué al hospital, pedí que llamaran a Gino; y después de escucharme me dijo: “¡Pero en qué estará pensando mi hermana!”. »Después, como le insistí tanto, me prometió que lo quemaría todo. Le faltaba quemar la foto de un conocido partisano cuando los nazis, armados de fusiles, entraron en su habitación. Registraron todos los rincones, pero no pudieron ejecutarlo porque no encontraron documentos comprometedores, excepto esa foto. Por eso lo esposaron y se lo llevaron preso». Graziella de Luca


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