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Marzo - 2008


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Amor más allá de las máscaras

Alejandra Belfiore


Cecilia Perrín La sencilla trayectoria de María Cecilia Perrín, una “voluntaria” de los Focolares argentina. Falleció a los 28 años porque prefirió proteger a la hija que esperaba en lugar de salvar su propia vida. Su causa de beatificación está iniciada.

Cecilia Perrín nació en Punta Alta, provincia de Buenos Aires, en 1957. Era la tercera de cinco hermanos, y su familia, de larga tradición católica, estaba entre el primer grupo de personas que conocieron y se adhirieron a los Focolares en esa ciudad. Cecilia era profesora, y en el instituto la recuerdan como una persona normal, una chica alegre, siempre a la moda y con un gran deseo de seguir a Jesús con radicalidad. En 1983, después de dos años de noviazgo, se casó con Luis Buide. Cuentan que fue tanta gente a la boda que hubo que cortar el tráfico porque los amigos ocupaban toda la calle hasta la acera de enfrente. A los seis meses Cecilia quedó embarazada, y al poco tiempo empezó a sentir molestias en la lengua por una pequeña llaga. Así que fue a consultar a un especialista. Estaba embarazada de cuatro meses cuando le diagnosticaron cáncer en la lengua. Los médicos consideraron la posibilidad de realizar un “aborto terapéutico” para salvar la vida de Cecilia, pero ella se negó rotundamente. Decidida a proteger la vida de su bebé y sabiendo que esto haría imposible seguir el tratamiento necesario, le dio su “sí” a Dios con serenidad y claridad. Ella misma escribió entonces: «Hoy, por primera vez, le pude decir realmente a Jesús que sí. […] Que creo en su Amor más allá de todo, y que todo esto es Amor de Él. Que me entrego a Él». En una carta a unos amigos les cuenta: «… todo se complicaba debido a mi embarazo. Dábamos cada paso con la certidumbre de que era algo que Jesús nos proponía; por lo tanto, si estábamos permanentemente atentos para vivir según su voluntad, Él se nos manifestaría […] Teníamos claro que había que agotar todas las preguntas, ya que la voluntad de Dios se manifestaría por aquel tratamiento en el cual nuestro bebé corriera los menores riesgos. Al principio los médicos me hablaron del aborto terapéutico, idea que tuvieron que desechar ante nuestra postura. Pero por esto mismo muchos de ellos esquivaron el caso por miedo al alto riesgo que implicaba». Más adelante le propusieron una operación en la mandíbula, después de la cual debía alimentarse durante tres meses por sonda, y no se podía asegurar que el bebé recibiera suficiente alimentación. Cecilia se negó de nuevo y entonces decidieron hacer una intervención menor, pero el tumor siguió desarrollándose. En julio de 1984 nació María Agustina, que fue recibida con muchísima alegría, y Cecilia se brindó totalmente a ella no obstante sus dolores. Después del nacimiento de su hija, se sometió a una nueva intervención, pero el mal estaba tan avanzado que los médicos no pudieron hacer lo que tenían planificado. Todos los que vieron a Cecilia después de ese momento quedaron asombrados porque, pese al fracaso de la intervención, que ella conocía, se mostraba feliz y con mucha paz. Ella misma lo comenta en una carta a monseñor. Meyer, que en ese entonces era arzobispo de Bahía Blanca: «Hace unos días sentía la necesidad de darle todo a Jesús (con la voluntad y con el pensamiento). Pero no podía hacerlo también con el sentimiento y hasta con mi cuerpo decirle “sí”, ya que me invadía un gran temor que me lo impedía. El otro día en el quirófano, estando sola antes de que me durmieran, pude decirle sintiéndolo: “Sí, Jesús, te doy todo”. Cuando desperté, sentía una gran tranquilidad pese a que lo que me dijeron era bastante desalentador…». Se puede decir que a partir de ese momento Cecilia fue ascendiendo vertiginosamente por el camino que Dios le proponía. Debido que estaba lejos de su casa, al tratamiento que seguía y a que no podía hablar, tuvo que escribir mucho. Estos escritos revelan su relación profunda con Dios. Su belleza natural y fresca había desaparecido a causa de la enfermedad, pero su amor y su entrega a Dios hacían que irradiara una belleza superior, comentada por todos los que la conocían. De ese periodo es este escrito: «Quiero ser como Vos quieras que sea. Tener la personalidad que Vos quieras. Ser ante el que está a mi lado como Vos quieras que sea. Tener la belleza que Vos quieras que tenga». Una carta escrita a sus alumnos de 5º curso recoge muy bien su experiencia de dolor y amor: «Siento la necesidad de darles algo de lo que estoy viviendo. Tantas veces hemos hablado de que Dios es Amor (si los habré cansado ¿no?). Ahora les puedo decir que es la experiencia más profunda que vivo. La situación es difícil, pero no saben lo bueno que es abandonarse a Él, decirle: “Vos actuá”. Él cubre todo, todo. Su Amor se hace sentir; pero sentir ¿eh? Es como que el corazón te estalla. Parece una locura porque no se puede entender: sufrir un gran dolor físico y experimentar que más allá de éste, te invade una felicidad que no se va. He comprobado que, al vivir un dolor, uno se desprende de todo y se queda solamente con lo más íntimo de sí. Y en esta intimidad está Dios, y Él es Amor. Entonces, si lo descubrís y decís: “te acepto”, te invade y te toma. […] Ustedes saben que el cáncer es una enfermedad mortal; yo les aseguro que para mí es algo que me está dando la vida, me la está mostrando. Y me sigue haciendo ver cómo es espléndido vivirla según Dios nos la va presentando. (¿Vieron cómo Jesús se sirve de caminos raros para llegar a cada uno?)…». Y a una amiga le escribe lo siguiente: «…yo personalmente siempre fui muy coqueta y quise estar linda para Luis. Pero en estos últimos meses, humanamente, me he visto en la nada, despojada de todo. Hasta he podido ver mi degradación corporal; y me dolía que él me viera así. Sin embargo esto nos permitió descubrir el amor más allá de las máscaras. Siento también cómo se ha purificado el amor. Quiero estar siempre en la luz para ser lo que él necesite. Y así siento un poco con todos. Hace unos días sentí que era lo mismo vivir que morir, da igual. Es más: hubo momentos en los que creía que morir era más fácil, más descansado. Pero ahora le digo a Jesús que me gustaría ser expresión de su gloria. Me gustaría mostrar esta vida que nos ha permitido gustar.…». Cecilia falleció el 1 de marzo de 1985. Por expreso deseo suyo, sus restos descansan en la Mariápolis Lía, para que quienes vayan a visitarla encuentren un lugar de alegría y esperanza, y no de muerte y desolación. RECUADRO Editado por Ciudad Nueva, con prólogo de Carla Díez de Rivera, este libro de pequeño formato (124 págs.) recoge el testimonio de María Cecilia Perrín, una joven argentina recién casada que, para salvar la vida de su hija, rechazó tanto un aborto terapéutico como el tratamiento que requería el cáncer que se le había declarado. Cecilia murió en 1985 a los 28 años, ocho meses después del nacimiento de la niña. El arzobispo de Bahía Blanca, Mons. Guillermo José Garlatti, inició en 2005 su proceso de beatificación.


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