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Palabra y vida
Marzo - 2008


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Saludos en el tren

Javier Rubio


De la vida misma La incomunicación en las grandes urbes es cosa habitual, pero hay quien tiene el coraje de ir a contracorriente.

“Había una vez...”, así tengo que empezar, porque lo que voy a contar tiene algo de fábula, o sea, fabuloso; como los cuentos, cuyo recurso literario es sorprender al lector. Un problema de las grandes urbes, quizás el primero, es la incomunicación: muchas personas y cada una a lo suyo. Pues bien, el reto que se plantea cada día Paco, nuestro personaje, es alterar el orden comunicativo establecido, o mejor, incomunicativo. Empieza así: «Aunque me da verdadero “corte” acercarme de primeras a alguien que no conozco, voy saludando a la gente en la estación y en el tren. Muchas caras se repiten cada día. En Chamartín empecé a saludar a un señor que acabó ofreciéndome trabajo para mi hermano». Una vez le había contado que su hermano es informático, y el buen hombre, que resultó ser director general de una gran empresa, le ofreció trabajo para cualquier informático que Paco conociera. «A mi hermano no le hizo falta –sigue Paco–, pero le he mandado varios currículos, y entre ellos el de una chica a la que también conocí en la estación, una vez que tuve que esperar un buen rato en la cola. Ayer me volví a encontrar con el señor y me dijo que había entrevistado a la chica y que la iba a contratar. Al rato, me llamó ella para decírmelo». Haz el bien, y no mires a quién. «Esta “locura” de procurar saludar a gente desconocida –concluye– produce frutos materiales, en algunos casos, y espirituales, espero que en todos». Frutos materiales como por ejemplo... «Esperando el cercanías, llegaron dos personas a las que yo saludaba hace tiempo. Como otras veces cuando veo a varias, las presenté. Una es madre de cuatro pequeños, la otra iba a ser abuela. Ya sentados en el tren, mientras yo saludaba de nuevas a un señor y lo introducía en la conversación, la mamá ofreció a la futura abuela todos los útiles para bebés: bañera, cambiador, etc. Y el domingo se presentó en su casa con el coche cargado de cosas». La Providencia actúa; buena conclusión. Y frutos espirituales... «Otra vez, esperando el tren, di los buenos días a una persona que ya había visto varias veces». Tres días después se la volvió a encontrar y lo saludó de un modo especialmente alegre: «Me dijo que quería ir con sus padres a la misa que celebro los sábados, y efectivamente ese sábado estaban ahí los tres». Después de la misa, la madre desveló la causa de la alegría de su hija, y seguramente ésta se sintió un poco incómoda. ¡Ay, las madres! «Al parecer –sigue Paco– habían tenido una conversación en estos términos: “¿Por qué a nosotros, que intentamos ser buenos –decía la hija–, nos va todo mal, mientras que a la gente despreocupada de la fe y del bien le salen las cosas? ¿Para qué tanto rezar?”; y había amenazado a su madre con romperle todas las estampas de santos. El día después, al regresar del trabajo, llegó muy serena y le dijo a su madre: “¡Mamá, no sabes lo que me ha pasado! Me han saludado en la estación y luego hemos hablado durante todo el viaje: ¡era un cura católico!”. Por lo visto para ella fue la confirmación de que Dios no les había abandonado. Y para mí, la confirmación de ese “sígueme” que Jesús me dice en cada instante. ¡Menos mal que le hice caso!» No lo habíamos dicho, pero está claro que nuestro personaje es sacerdote. Se confiesa “forofo” de la Palabra de vida y asegura que da sentido a su vida: «Aquella semana hubiera podido calificarla “de infarto”. Tendría que haberme estresado, preocupado y hasta angustiado en muchas circunstancias. Pero me puse “a la escucha” y en seguida me venía a la mente: “Él todo la ha hecho bien...”. ¿Todo? Entonces, ¡plena confianza en Él! Por tanto, este horario podré cumplirlo, esto seré capaz de prepararlo, esto encontraré quién lo solucione... Me volvía la paz y trataba de transmitirla, aunque la situación fuese apurada. Creo que así logré afrontar las situaciones y amar a las personas. Y la verdad, me sentí toda la semana como en una luna de miel, bajo la paterna mirada de Dios». A veces, la labor pastoral de Paco se presenta accidentada: «Aquella fue una boda complicada. Los novios ya vivían juntos y había que hacerles comprender que Dios no ve así las cosas; pero tampoco podía dejarlos mal. Tenía que amarlos para que descubrieran positivamente la gracia del sacramento. Por otra parte, había que dejar bien al párroco del lugar, que sigue unas normas estrictas, y a la vez conseguir que la gente gozara de una liturgia bien vivida y participada». De manera que se plantó en el momento presente sin agobios y se dejó inspirar por la Palabra de vida de ese mes (amar a todos, benevolencia, misericordia) y el resultado fue inesperado: «A los novios, en privado y preparando la ceremonia, les presenté la gracia del sacramento, y creo que lo entendieron. Al párroco lo dejé en buen lugar comentando lo bien cuidada que estaba la iglesia y cuánto participaba la gente. Los novios y sus padres estaban felices». Luego lo llamó el párroco, y Paco recuerda que «yo me temía una reprimenda por haber sido condescendiente, por permitir música en la celebración, etc. Pero no; me dio las gracias». Volvamos al tren... «Una de las veces –dice Paco– por lo visto debí de contar que de pequeño me hubiera gustado tener un scalextric». De hecho el chico ahorró durante varios años, pero cuando ya tenía casi todo el dinero, lo dio para las misiones. Y es que sus padres solían hablar de lo mal que lo pasan niños de otros lugares, y con mucha pedagogía, a juzgar por el efecto. «Creo que volví a ahorrar por segunda vez –añade–, y lo volví a donar». De modo que le echó imaginación al asunto: «Pegando varias cartulinas pinté un circuito y en cartón dibujé varios “fórmula 1”. ¡Mi hermano y yo disfrutábamos un montón!». Pues bien, la persona a quien le contó el episodio se quedó impresionada y lo invitó a conocer a su familia. Cuando fue a visitarlos, como era cerca de Navidad, Paco les llevó un Niño Jesús de esos que elaboran los gen4 para recordar quién es el protagonista de las fiestas. El día de Reyes, cuando volvió a casa, se encontró con un paquetón y una nota: «Por una frase supe quién había “escrito” por mí a los Reyes Magos: “creemos que serás feliz haciendo que otros disfruten también de lo que el paquete contiene, p. ej. esos niños que hacen figuras del Niño Jesús como la que nos has regalado”. ¡Vaya, los Reyes me habían dejado un scalextric!». Cuando estos retazos de vida se comparten, el efecto se multiplica. Y nuestro cura, además de relacionarse cara a cara, también lo hace cibernéticamente, que es lo que hoy se lleva. O sea, que usa el correo electrónico. Envía a mucha gente la Palabra de vida, les cuenta episodios como los que recogemos aquí, y a veces hay confidencias de mucho calado. Pero sobre todo motiva a sus interlocutores a vivir y contar lo que viven. Una vez le llegó este correo electrónico: «Cuando trabajas en otra ciudad, acabas conociendo y saludando al conductor del autobús y al grupo de limpiadoras que también tienen que viajar. Un día, el conductor, que es marroquí, me comentó que tenía que arreglar sus documentos del carnet de conducir. Yo me informé y le dije los pasos a seguir, pero él reconoció con pena que su horario de trabajo no le permitía hacer las gestiones. Así que se las hice yo. Quiso pagarme, pero no le dejé. Y como quería mostrarme su agradecimiento, cuando anunció por el altavoz la parada en la que suelo descender, añadió: “aquí se baja la mejor notaria del mundo”; y acto seguido todo el grupo de limpiadoras lo corroboró con un gran aplauso, secundado por todo el autobús. “¿Por qué aplaudimos?”, preguntó un hombre a su mujer. “Tú aplaude y calla”, sentenció ella». ¿No es desconcertante? Me pregunto cómo puede uno estar en medio del mundo, codo a codo con la gente que te rodea, y al mismo tiempo sumido en la contemplación de las cosas más elevadas. Conciliar ambos extremos es atractivo porque es un reto.


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