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Marzo - 2008


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ADN, riesgos y beneficios

Luciano Donati


Biotecnología Una vez sintetizado en laboratorio un cromosoma, ¿empieza la creación de vida artificial? Esperanzas y problemas éticos de la medicina.

Cuando concluyó la investigación realizado por un un grupo veinticinco investigadores, que ha costado tres millones de dólares, el diario The Guardian anunció en el mes de octubre que el famoso genetista Craig Venter había creado un cromosoma sintético. La noticia fue desmentida por el mismo Venter, que sigue investigando en el ADN, pero por sí sola dirige nuestra atención hacia algo muy importante: hemos pasado de la etapa de “descripción” del código genético a la posibilidad de “escribir en él” introduciendo un cromosoma artificial. Es decir, si introducimos en una célula a la que se haya vaciado de su núcleo un cromosoma sintético, ¿éste ordenará cómo ha de proceder la vida, junto a los mínimos genes indispensables para las funciones vitales, y se trasmitirá a las células hijas? Hace ya décadas que fueron sintetizados genes y ADN en laboratorio. La novedad es haber podido envolver el cromosoma sintético con proteínas que le permiten enviar mensajes para reproducir otras células. Según Venter, esta nueva técnica podría aplicarse tanto al medio ambiente como a los tumores. O sea, se podría crear microorganismos que destruyan el anhídrido carbónico causante del calentamiento de la atmósfera, y también se podría producir hidrógeno para usarlo como combustible, o carburantes, como el butano y el propano, a partir del azúcar. Y en el ámbito de la medicina, serían posibles unas bacterias capaces de producir insulina o unos anticuerpos para combatir tumores. Al lado de estos hipotéticos beneficios también hay unos riesgos. Por ejemplo, ¿se podrían producir bacterias resistentes a los antibióticos y usarlas como armas biológicas, o bien toxinas sintéticas y virus del tipo aviar que ataquen al hombre en lugar de a los pollos? Por otra parte, ¿es lícito hablar de creación de vida artificial? No han faltado quienes, al conocer la noticia, se han acordado de Frankenstein o de la película Blade runner, productos de una cienciaficción que por lo general causa miedo por el desarrollo de la ciencia. Esa sombra aún se cierne sobre el actual debate en torno a la biotecnología, pero sinceramente, resulta anacrónica, igual que buena parte de la divulgación científica. En el caso que nos ocupa, bastan unas nociones de histología para darse cuenta de que no es tan fácil producir una célula ex novo. Una célula, aunque sólo se puede ver con microscopio, es muy compleja, pues posee unas microestructuras esenciales para que pueda vivir y reproducirse. Por tanto, más difícil resultará sintetizar cromosomas tan complejos, como los de los animales superiores. Pensemos que el genoma humano está constituido por más de treinta mil genes. Además, habría que ver si un cromosoma sintético es capaz de reproducirse. Hoy por hoy, y durante muchos años aún, hablar de vida humana artificial sigue siendo un viejo tópico para vender periódicos, pero no información seria. Al día siguiente del anuncio de Venter fue asignado el Nobel de Medicina a tres científicos (Capecchi, Evans y Smithies) por una investigación que ha descubierto los principios que producen determinadas modificaciones genéticas en los ratones, utilizando células estaminales embrionarias. Capecchi es considerado pionero en los ratones genéticamente modificados, con una metodología que no sólo permite decidir qué gen modificar, sino cómo hacerlo. O sea, se puede manipular libremente las secuencias de DNA en roedores vivos y en consecuencia evaluar la función de cada gen. Una primera aplicación importante ha sido la creación de modelos animales de enfermedades genéticas que afectan al hombre y poner en marcha una terapia genética, cambiando el gen patológico por otro homólogo sano pero con pequeñas diferencias estructurales. En biología molecular esto se conoce como genes knockout o genes targeting. Consciente de que la humanidad debe afrontar una importante emergencia médico-social (a saber, el aumento epidémico de la depresión y de las enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer), Capecchi, mediante la técnica del gen targeting, cree poder contribuir al conocimiento básico del proceso biológico que desemboca en estas enfermedades, premisa indispensable para elaborar fármacos eficaces que las combatan. Si bien es discutible que se pueda obtener resultados para la depresión, que con frecuencia se debe a factores ambientales dominantes más que genéticos, en cambio para el Alzheimer podemos albergar esperanzas. Queda por demostrar que lo que se ha obtenido con ratones imbred, es decir, cruzados entre sí durante generaciones entre hermanos y hermanas, de manera que al final tuvieran las mismas correlaciones genéticas, se pueda aplicar también al ser humano. También en este caso se puede decir que se abre una interesante línea de investigación que todavía no sabemos adónde nos conducirá. A veces se trata de un trabajo que dura muchos años y cuyos resultados pueden tanto ser decisivos para el tratamiento de alguna enfermedad, como defraudarnos. Pongamos un ejemplo: desde que se descubrió en 1882 el bacilo de Koch, causante de la tuberculosis, hasta que se consiguió vencer esta enfermedad que ha producido millones de víctimas, pasaron más de sesenta años. Por último, la noticia se presta a otras consideraciones. La investigación en los sectores de la genética y la biología molecular es muy importante por el desarrollo que tendrá en el futuro; por eso es conveniente que la sociedad comprenda y se prepare a sus innovaciones. Cuando para llegar a determinados resultados se requieren muchos investigadores y muchos millones de dólares, es fácil pensar que un interés económico pueda manipularlos. Por otra parte, suele ocurrir que la investigación, que pretende descubrir los secretos de la vida, pase por alto los problemas éticos que ella misma suscita. Por eso es urgente establecer un diálogo entre las ciencias naturales y las humanísticas (historia, filosofía, ciencias religiosas, economía, política) para poner fin a una escisión cada vez mayor.


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