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Junio - 2012


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Judería de Córdoba

Clara Arahuetes


Visitar Córdoba es siempre una oportunidad para adentrarnos en su historia a través de la belleza del patrimonio artístico.

Deambulando por sus calles, podemos imaginar cómo sería la ciudad en su época de mayor esplendor, durante la dominación árabe. En la capital del califato omeya vivían hispanomusulmanes, judíos y cristianos mozárabes: tres culturas que hablaban y escribían en árabe. En esta ocasión nos centraremos en el barrio de la judería. En su origen fue un asentamiento romano hasta la llegada de los visigodos en el siglo VII. Hoy es la zona de la ciudad que mejor conserva el urbanismo laberíntico de trazado árabe. De las vías más importantes arrancaban estrechas travesías que se perdían en callejones angostos y sin salida, los adarves, con puertas que se cerraban por la noche. A ellos se abrían las viviendas y sus muros con escasas ventanas no permitían intuir lo que escondía su interior. Al traspasar el umbral sorprendía el frescor de sus jardines y el esplendor de sus interiores, y aún hoy nos impresionan sus patios llenos de flores. Son calles alejadas del ruido de las vías comerciales, silenciosas y estrechas y, a veces, llegan a unirse por un arco en la parte superior. En ocasiones se abren a una pequeña plaza donde hay una fuente, que en época califal eran utilizadas como zocos comerciales y de intercambio cultural. Los nombres de las calles y plazas recuerdan a personajes de las tres culturas de distintas épocas, como los árabes Averroes, Almanzor o Albucasis, los cristianos Tomás Conde o Romero, y los judíos Maimónides, Judá Leví y Hasday ben Shaprut. Según algunos autores, los judíos vivieron aquí no sólo a partir de la Reconquista de Fernando III el Santo (1236), sino desde la época árabe y hasta 1492, antes de su expulsión por los Reyes Católicos. La judería estaba separada del resto de la medina por un recinto amurallado. La segregación se mantuvo hasta 1391, momento en el que muchos judíos tuvieron que convertirse a la fe cristiana y pasaron a vivir en otros barrios. En el siglo X el califa Abderramán III les favoreció gracias a Hasday ben Shaprut, su ministro judío, que era también jefe de las comunidades judías de al-Andalus. Éste impulsó la cultura hebrea en el califato cordobés. Bajo su mecenazgo se desarrollaron los estudios de gramática y lengua hebrea y, en especial, la poesía. También promovió los estudios rabínicos, por lo que surgieron academias que emulaban las famosas academias rabínicas de Babilonia. Como consecuencia, entre los siglos X al XII se produjo la edad de oro del judaísmo español, con representantes tan importantes como Maimónides, además de un grupo de poetas, literatos, filósofos, gramáticos, talmudistas y teólogos. Aunque no sabemos cuántas sinagogas tenía la Córdoba cristiana tras su conquista por Fernando III, la que hoy se conserva no era la única y fue construida en 1315 por Yishaq Moheb. Siendo y sintiéndose una minoría, dejaron grabados en sus paredes versículos de los salmos que expresan el anhelo de volver a reconstruir Jerusalén y el templo, y de vivir allí para siempre, libres y al amparo de Dios. Los judíos dispersos no crearon un arte propio, sino que adoptaban el estilo arquitectónico del lugar. La sinagoga de Córdoba es de estilo mudéjar. Se entra al recinto a través de un pequeño patio, donde hay un pozo –el agua era importante para las abluciones–. Este espacio debía servir «para dejar los pensamientos y preocupaciones del mundo exterior». Su planta es casi cuadrangular y consta de dos habitaciones: un pequeño vestíbulo de donde arranca una escalera que sube a la tribuna de las mujeres y a la sala principal o sala de oración. Toda sinagoga debía superar en altura a los edificios vecinos, como prescribe el Talmud. Cuando no sucedía así, se alzaba sobre el tejado un mástil o viga que sobrepasase la altura de éstos. En la ornamentación de los muros se utilizaron versículos de la Biblia, escritos en elegantes caracteres hebreos españoles, imitando así la decoración de la mezquita con versículos del Corán. Se conserva en la parte superior la rica decoración mudéjar, que da una idea de la belleza original del edificio. En el muro oriental se abre un hueco donde se guardaban los rollos de la Torá o Pentateuco –los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio)–, y también los Libros de los Profetas. En el muro occidental destaca un espléndido arco ojival, donde estaría la tribuna para la lectura de la Torá. En la pared sur se encuentra la galería o tribuna de las mujeres, que comunica con esta sala por tres balconcillos rodeados de inscripciones hebreas. La sinagoga como lugar de oración debe tener abundante luz. El Talmud prohíbe rezar en una habitación sin ventanas y establece que haya doce ventanas: una por cada una de las doce tribus de Israel. En este caso hay quince, doce ventanas abiertas y tres que están cegadas. Tras la expulsión de los judíos de España en 1492, esta sinagoga se dedicó a iglesia cristiana. Fue declarada monumento nacional en 1885. Saliendo de la sinagoga está la casa de Sefarad, del siglo XIV. Además podemos visitar la Casa Museo Andalusí, donde vemos cómo era una casa hispanomusulmana en el siglo XII (el edifico actual es del siglo XV). En el patio principal disfrutamos del agradable olor que desprenden las flores y del rumor del agua de la fuente. El recorrido continúa entre patios con limoneros. En el sótano, una serie de restos arqueológicos atestiguan el cruce de civilizaciones que tuvo lugar en la Córdoba medieval. Otro de los lugares que no hay que perderse es el zoco artesanal. Como en todas las ciudades musulmanas, los comerciantes y los artesanos abrían sus tiendas en las calles y plazas principales y se agrupaban en gremios. El zoco actual tiene un patio con talleres en los que se trabajan distintas artesanías: orfebrería, cerámica, cuero, pintura y escultura. Por último, destacar la plaza de Tiberiades, que debe su nombre a la ciudad de Galilea donde según la leyenda fue enterrado Maimónides. En el centro vemos la escultura del pensador, que ha dejado huella en todos los ámbitos del saber, no sólo en la cultura judía, sino que también influyó en la filosofía escolástica cristiana. Clara Arahuetes clara.arahuetes@telefonica.net


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