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Cultura de la Unidad
Junio - 2012


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Chiara, mi hermana (6ª entrega)

Oreste Paliotti


Episodios de la vida menos conocida de Chiara Lubich narrados por su hermano Gino.

–Volvamos a hablar de tu adhesión al comunismo. ¿Cómo se produjo? –Fue un cirujano del que yo era ayudante quien me “convirtió”, Mario Pasi, que después fue ahorcado por los alemanes. Pero el comunismo nunca fue una religión para mí. No era marxismo (nunca había leído nada de Marx), era un comunismo de tipo intelectual, de importación. Verdaderamente comunistas en Trento sólo había uno o dos trabajadores de la fábrica Sloi que venían de otra región, Emilia Romaña, y un trentino, un anciano que en 1921 se separó de los socialistas. En nuestro ambiente a los comunistas se les veía como algo diabólico: ¡se creía realmente que se comían a los niños y cosas de ese tipo! Lo que me dio el empujón definitivo fue sobre todo mi inclinación por los pobres, un fuerte deseo de justicia social. Y luego, al menos en mi ambiente, las formaciones partisanas realmente eficientes eran de inspiración comunista; las otras daban risa. Una vez dentro, naturalmente, aprecié lo que hacían. Es toda una parte de mi vida de la que no siento que tenga que renegar. Con ese bagaje de convicciones, con esa pureza ideológica, mi estado de ánimo era parecido al de los mártires cristianos, por lo cual cuando me condenaron a muerte no me importó. –¿Hubo en alguna ocasión un enfrentamiento entre Chiara y tú por el hecho de que fueras comunista? –Ya que mi vocación era la fraternidad, en eso nos entendíamos muy bien. Recuerdo que me escribió (quizás en aquella ocasión hubo por su parte un intento de ir más en profundidad), y yo le respondí con otra carta, diciendo: «Date cuenta de que pensamos de la misma manera, sólo que tú actúas sobre todo bajo el empuje del espíritu, yo por razones humanitarias. Pero nuestra finalidad es la misma». Por aquel entonces yo me imaginaba que lo que surgiría sería un movimiento para los pobres. Esta primera impresión se me confirmó en las primeras visitas que hice al focolar del barrio de la Garbatella cuando, recién casado, vine a Roma. El ambiente tras la guerra era de Tercer Mundo. Según se subía hasta donde ellas vivían, había ventanales abatidos, pintadas infames en las paredes, suciedad; y dentro, dos habitaciones totalmente vacías, excepto por una tabla apoyada en dos caballetes que servía como mesa y algunas banquetas. Sin embargo yo sentía tanta fascinación que me decía a mí mismo: ¿por qué no hacemos lo mismo también nosotros, los comunistas? Después iba a la Federación y les decía: «Está bien predicar, pero hay que dar ejemplo». Y ellos: «¡Pero qué ejemplo quieres que demos, si somos todos pobres!». –Se cuenta que una vez dos comunistas interesados en lo que hacían las focolarinas con los pobres fueron a ver a Chiara, que le preguntaron cómo se las arreglaba para obtener los resultados que ellos querían alcanzar, y que ella les indicó sencillamente el crucifijo. ¿Eras tú uno de ellos? –Eran muchos los que estaban interesados sobre todo por el aspecto social de lo que hacían las focolarinas. Era la clara demostración del amor. No, en aquella ocasión yo no estaba. Sin duda hablaba con ella de estos temas, pero nunca hubiésemos tenido una conversación de ese tipo. Nuestras conversaciones eran de otro tipo. –¿Cuándo decidiste dejar el partido? –Cuando se produjeron las primeras insurrecciones en las fábricas de Alemania, aún antes de los sucesos de Polonia y Hungría. El gobierno comunista reaccionó disparando contra los obreros, entonces fui a la Federación a decir que había que condenar ese hecho. Y como no lo tomaron en consideración, comencé a “tomar distancias”, como se suele decir. Seguía creyendo en el comunismo desde el punto de vista social, pero ideológicamente me demolió. El otro gran golpe fue la invasión de Hungría. A raíz de aquello rompí las relaciones; no las de amistad, ésas no, sino el trato frecuente que tenía con ellos. No hay duda de que si me hubiera quedado, hoy estaría en el comité central, porque yo era uno de los primeros. Pero mi conciencia me decía: «No, no puedo estar con gente que para permanecer en el poder dispara a los obreros». –¿Cómo es que te hiciste periodista? –Fue por necesidad, aún durante la guerra. En nuestra región tenía que surgir un periódico clandestino y me encargaron a mí de eso. Duccia Calderari colaboraba conmigo. Yo escribía los artículos a máquina en una pequeña habitación de su casa, y ella los imprimía a ciclostil en el sótano. Eso lo hacíamos cada quince días. Luego los enlaces llevaban los ejemplares a las ciudades y a pueblos donde hubiera encargados de repartirlos. Este trabajo me apasionó. En cuanto volví a Trento después de estar prisionero, como sabían que ya había hecho este trabajo clandestino, me hicieron director del nuevo periódico, que se llamó Liberazione Nazionale. Esto me apasionó aún más y comencé a adquirir importancia. Más tarde en L’Unità tuve la suerte de ver que se tomaba en consideración lo que escribía; iba avanzando de sección en sección, y si no me hubiera ido, habría llegado a redactor jefe y luego a director. Cuando abandoné el partido, acepté la propuesta que me hizo Chiara de venir a Roma para acabar los estudios de medicina, que había abandonado para dedicarme a la política, e intenté retomarlos (hice sólo un examen). Trabajaba (…) en un ambulatorio donde trabajaban también Enzo Fondi y otros focolarinos. Pero mi deseo de escribir era más fuerte. Una tarde vinieron a verme a casa Pasquale Foresi y Marco Tecilla. Me dijeron que querían publicar una revista. Ya habían hecho un intento a ciclostil en las Mariápolis, y les había ido bien; ahora querían pasar a la imprenta, sólo que ninguno de ellos sabía cómo se hacía una revista. Por eso me pedían si podía echarles una mano. Sólo que echarles una mano significó verme solo: echarle una mano ¿a quién?, si ninguno de ellos era del oficio. Esto me atrajo aún más y me encontré nuevamente con mi amiga la linotipia. Mi pasión por la medicina ya había declinado, mientras que la del periodismo me devoraba. (continúa en el próximo número)


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