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Junio - 2012


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Cuando los hijos enseñan a ser padres

Félix Mercado


Pinceladas de la ardua tarea de unos padres criando a sus hijos.

Lo dicen sin empacho y te quedas alelado ante tanta certeza: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor». Uno se imagina esta afirmación en labios de un personaje de superproducción hollywoodiense de una época, pero cuesta ponerla en los de una mujer y un hombre de hoy para definir lo que ha supuesto conocer un ideal de vida. «Vamos a contar algo de nuestra historia –empieza José– para ver la frontera entre el antes y el después. Nos conocimos cuando estudiábamos; ella, el último año de magisterio, y yo, tercero de derecho. Fue un flechazo. Después de seis años de un noviazgo probado, pues me fui a Madrid a preparar oposiciones, nos casamos». Se querían muchísimo, sin duda –se nota en la mirada que se cruzan–, pero probablemente cada uno pretendía que el otro lo hiciera feliz. Suele pasar. «Yo soñaba con un mundo de película –interviene Esther– que poco tenía que ver con la realidad. Tenía que aterrizar. Lo cotidiano me iba despertando poco a poco, hasta que sentí el fracaso. ¿Estaba enamorada de él o del que me había imaginado?». José empezaba su vida profesional, de modo que «mi interés se centraba casi exclusivamente en el trabajo. Ya no estaba tan atento al detalle. Casados para toda la vida y ahora había que tirar palante». Ella se ocupaba de la casa, de los hijos, de su trabajo… «Mi jornada –dice Esther– era de todo el día y parte de la noche. Pronto llegaron las dos primeras niñas y yo seguía ejerciendo de maestra. Mi madre me ayudaba mientras yo estaba en la escuela, pero llegó un momento en que no daba más de mí. ¿Dónde estaba él?». Por entonces los invitaron a una Mariápolis. «Descubrimos una nueva forma de vivir –interviene José–, y aun sin comprender bien cómo hacer, teníamos necesidad de un cambio. Me ofrecieron un trabajo en otra ciudad que suponía un importante salto cualitativo profesional. Decir que sí era comenzar de cero. Ya teníamos nuestra casa, las niñas su colegio, Esther su trabajo y estaba su familia que era un apoyo… Pero por otra parte ella estaría más desahogada, podría quedarse en casa y atender a los hijos… Esperábamos el tercero». Total que hicieron cálculos y comprobaron que lo que le ofrecían sumaba más que el sueldo de los dos. Aceptó. «Al principio –añade Esther– vi el cambio como un respiro, pero no llenaba mis vacíos. José salía por la mañana y volvía por la noche. Yo no conocía a nadie y pasaban los días sin que nadie llamara a la puerta. Creo que algo de lo que había comprendido en la Mariápolis me sostenía». Unos meses después, una noche, una de las niñas, de tres años, se sintió mal. José se fue al trabajo con la intención de preguntarle a algún compañero por el servicio de pediatría. «Me pasé la mañana –recuerda– llamando a casa para saber cómo estaba la niña. Y Esther decía que peor. Al salir del trabajo busqué un médico. Después de reconocerla dijo: “Hay que hospitalizarla ya. Creo que tiene meningitis”. Fue muy duro. ¿A quién recurrir? Llamamos a la vecina, con la que habíamos entablado alguna relación, y le pedimos que cuidara de la otra niña. Envolvimos a la pequeña en una manta, y corrimos al hospital». «Cuando llegamos –prosigue Esther– me la cogieron para hacerle una punción lumbar. En medio del dolor que sentía se abrieron paso unas palabras de Chiara Lubich que había oído: “No son vuestros; son hijos de Dios que os han sido confiados”. Y pensando en eso me di cuenta de que quizá Dios me la podía pedir. Este trance, que duró trece días, nos hizo sentirnos realmente padres: los dos ante una responsabilidad total que nos ponía en otro plano». Hubo un nuevo cambio y volvieron a su ciudad, con un puesto de trabajo exigente que dejaba poco tiempo para la familia, «pero compartíamos», dice José. Y aclara Esther: «La dinámica cuando llegaba José a casa era ésta: las alegrías se decían rápidamente a papá. Si el asunto era conflictivo, esperábamos a contárselo cuando estuviese tranquilo. Y llegado el momento, se comentaba todo y decidíamos. Sabíamos que nunca nos debíamos desautorizar: “Papa, ¿a qué hora me dejas volver?”, le preguntaban las niñas; y él respondía: “¿Qué dice tu madre? Pregúntale a ella”. “¡Para qué, me va a decir lo mismo!”». Los hijos crecen, empiezan a mostrar su personalidad y surgen los conflictos, «porque necesitan encontrarse», dice José. «En cierta ocasión fue muy difícil cuando una de nuestras hijas, ya mayor de edad, se fue de casa sin otro aviso que una nota. Nos miramos el uno al otro queriendo entender qué teníamos que hacer a la luz de la Palabra, y comprendimos que debíamos respetar la voluntad de nuestra hija y esperar una llamada suya. Pero hicimos un pacto. Cuando regresara, haríamos como el padre del hijo pródigo: la abrazaríamos y no le haríamos preguntas». «Aquella fue una noche en vela –añade Esther–, de oración, de porqués sin respuesta… Amaneció y seguíamos en vilo. José se fue a trabajar y yo rezaba mientras hacía la comida. Por la tarde, rezando el quinto misterio del rosario – Jesús perdido y hallado en el templo– me quedé perpleja: ¡María me comprendía!». La cosa acabó con abrazos y tarta, pero fue toda una lección práctica sobre el amor de Dios. «Aquella experiencia me ayudó mucho –dice Esther–. Me ayudó a descubrir cómo es el amor de Dios, cómo nos ama. Pase lo que pase, jamás nos abandona». Una cadena de episodios adornan la experiencia educativa de estos padres, que aprendieron a serlo gracias a sus hijos. Explica José: «Es justamente ese amor/dolor por ellos lo que nos hace ser padres. Siempre ha habido entre nosotros gran confianza y nuestros hijos han tenido claro que las decisiones que se tomaban eran por su bien». Y a continuación, acompañando el recuerdo con un movimiento de ojos, rememora un verano en que dejaron a uno de los hijos en un internado para que pudiera concentrarse en sus estudios: «Nos decía adiós con la mano desde la ventana. Fue desgarrador, pero así lo dejábamos volar por sí solo». Hoy aquel muchacho es un profesional competente y cuando recuerda aquellos tiempos, se ríe y desvela las trucos que inventaba para hacer como que estudiaba. Hoy estos padres ya son abuelos y viven solos: «Por la noche damos gracias a Dios por el tiempo que nos ha permitido querernos tal y como cada uno es, con sus luces y sus sombras, sin pretender cambiarnos. Lo que más te cuesta aceptar del otro es lo que te complementa», dice José. Y añade Esther: «En nuestras alianzas figuran dos fechas: la de nuestro matrimonio y la de la renovación de nuestras promesas».


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