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Palabra y vida
Mayo - 2012


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Vivir y contarlo


Con frecuencia nos sugieren publicar breves testimonios sobre la Palabra de Vida. Este año, en que se celebrará un sínodo sobre la nueva evangelización, proponemos a los lectores que nos envíen sus propias experiencias

«Como estudiante de enfermería, en planta siempre me había ido bien, por eso pensé que las prácticas en el quirófano irían rodadas. Además tengo experiencia en el trato con pacientes como fisioterapeuta, y eso me daba seguridad. Pero me llevé una sorpresa cuando la tutora de prácticas se presentó con excesiva seriedad y unos modales un poco fuertes, quizás porque en el quirófano los pacientes se juegan la vida, luego el estrés es mayor. »Las tres semanas de mi prácticas en quirófano coincidían con el fin de mi contrato laboral como fisioterapeuta, por lo que decidieron no renovarme. Esta situación aumentó mi nerviosismo y cometí varios errores al preparar los materiales en el quirófano por los que la tutora me corrigió de manera quizás demasiado agresiva. Ése era su carácter e intenté adaptarme, sólo que su actitud me bloqueaba. Me viene a la mente, por ejemplo, cuando me metía miedo diciendo: “Tienes un cero; remonta eso”, lo cual me ponía más nervioso. »Un día hablamos tranquilamente sobre cómo mejorar el trabajo, e incluso salió la idea de cambiar de tutor, pero como me quedaba poco tiempo de prácticas decidimos seguir juntos. Procuraba hacer mi labor lo mejor que podía, pero notaba que mi tutora no confiaba en mí. Con otras personas (anestesista, cirujanos, enfermeras) me salía todo que ni pintado, pero con ella no me salía casi nada bien. ¡Una impotencia incomprensible! »Acordándome de la Palabra de vida, pensé que lo mejor era amarla tal cual es… Entonces le conté lo del despido y que por eso estaba nervioso. Le pedí perdón. Reflexionando, me di cuenta de que tenía que hacer más silencio dentro de mí para comprender lo que ella o el resto del personal necesitaba. »Fue clave el día en que un tubo del respirador se desconectó y el anestesista no estaba. Me di cuenta enseguida y se lo dije a los demás. La tutora se sorprendió: “Esto es de 10”. »Días después me dijeron en mi trabajo que me renovarían al cabo de un mes». A. A. «Días atrás me tocó conducir durante un viaje de ida y vuelta al pueblo. Pensando en la Palabra de vida del mes –“Señor, ¿a quién iríamos? Sólo tus palabras dan vida eterna”–, me preguntaba cómo podía amar a Dios e “ir a Él” sentado al volante durante los monótonos kilómetros que se sucedían... Inmediatamente comprendí que podía hacer una cosa muy concreta: respetar el límite de velocidad; y me propuse hacerlo. Enseguida noté una alegría y una atención especiales que me duraron a lo largo de todo el fin de semana». T. B. «Estaba en la consulta del médico esperando mi turno sumergida en el libro que estaba leyendo. Un griterío y un revuelo me sacan por fuerza de mi enfrascamiento: una mujer joven, muy nerviosa, no admite que un paciente que ha llegado tarde pero tiene un turno anterior al suyo pase a la consulta antes que ella. La discusión entre los dos se vuelve un enfrentamiento entre varios, con palabras duras y ademanes violentos sin que la enfermera logre poner orden. Salen dos médicos de sus consultas. La mujer sigue vociferando y tira al suelo bolso, volante, abrigo y demás pertenencias para enfrentarse a puños con el otro paciente. »Me siento impotente, pero tampoco sirve de nada que uno más entre en la disputa. Pienso en la Palabra de vida del mes –“Señor, ¿a quién iríamos? Sólo tus palabras dan vida eterna”–, pero no acierto a aplicar las palabras de vida eterna a esta situación que se escapa de las manos. Mentalmente le pido a Jesús por esta joven: no sé por qué situación estará pasando para reaccionar de una manera tan desmesurada. Rezo. Él es el único que puede actuar. »Al poco, la enfermera logra llevársela hasta una consulta y al cabo de unos minutos sale un poco más apaciguada. Me toca entrar a mí. Me encuentro con la enfermera e intercambiamos dos palabras. Le digo lo que pienso: que no sabemos el dolor que puede haber detrás de cada paciente y que a veces juzgamos sus acciones desde esa ignorancia. Ella se detiene, agradece estas palabras y me dice que lo tendrá siempre en cuenta. Cuando salgo, rezo también por la enfermera». B. M.


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