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Marzo - 2012


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Humildad y perdón

Chiara Biagioni y J. Rubio


Del 7 al 10 de febrero, un simposio internacional abordó en Roma el drama de los abusos sexuales. Obispos y superiores de órdenes religiosas de todo el mundo «hacia la curación y la renovación».

Nunca antes en la historia de la Iglesia un asunto semejante había sido tema principal de una reunión episcopal, y menos que los periodistas tuvieran la posibilidad de seguir el evento mediante entrevistas y conferencias de prensa. Si bien las sesiones del simposio se desarrollaron obviamente a puerta cerrada, era innegable el interés de los medios de comunicación. Por eso mismo, ya el primer día, consciente de que lo escuchaban periodistas de todo el mundo, el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo palabras contundentes en defensa del papa. Y es que en los años 2001 y 2002, cuando aún era cardenal, Joseph Ratzinger afrontó el escándalo de los abusos sexuales en Estados Unidos, y su actuación fue determinante al implantar «nuevas normas para el bien de la Iglesia». Aún así, el papa «ha tenido que sufrir ataques por parte de los medios durante los últimos años en distintas partes del mundo, cuando en realidad tendría que haber recibido agradecimiento desde dentro y fuera de la Iglesia», señaló el Card. Levada. La finalidad del simposio era proponer iniciativas concretas que apoyen el compromiso de los obispos en este frente. Al concluir se anunció la creación de un centro plurinstitucional de formación a distancia para la protección de los niños. Lo dirigirá Hubert Liebhardt, líder del grupo de investigación del Departamento de Niños y Adolescentes de Psiquiatría-Psicoterapia del Hospital Universitario de Ulm (Alemania), y promoverá la difusión de buenas prácticas para que las estructuras locales sigan procedimientos rigurosos que permitan intervenir con rapidez y eficacia en todos los casos de denuncias de abusos. A partir de ahora, la línea a seguir será priorizar a las víctimas y evitar a toda costa que semejantes abusos se vuelvan a producir. En este simposio, los obispos delegados de 110 conferencias episcopales y superiores de 30 órdenes religiosas han querido dar una respuesta global, coordinada y eficaz al drama de los abusos sexuales en la Iglesia. En su mensaje de apertura, Benedicto XVI decía entre otras cosas: «la curación de las víctimas debe ser la preocupación prioritaria» y debe «ir a la par de una profunda renovación de la Iglesia a todos los niveles». Los datos oficiales hablan de un «dramático aumento» del número de denuncias, que en parte se debe a la cobertura mediática que han tenido los escándalos en todo el mundo. Irlanda, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Holanda y Estados Unidos son algunos de los países donde la pederastia ha adquirido proporciones gigantescas en la opinión pública. A lo largo de la última década han sido presentados al Vaticano más de 4.000 casos. Según el Card. Levada, esos casos «han revelado, por una parte, lo inadecuada que es una respuesta exclusivamente canónica (de derecho canónico) a esta tragedia, y por otra, la necesidad de una respuesta más compleja». Los puntos tratados en el simposio resaltan la necesidad de que las víctimas sean oídas y la obligación por parte de la Iglesia de escucharlas. Igualmente urgente es proteger a los menores y cuidar la formación de los candidatos al sacerdocio. Gran importancia se le dio también a la cooperación de la Iglesia con las autoridades civiles. «Puedo afirmar que el año 2010 durante el cual el debate en Alemania llegó a su culmen –dijo el Card. Reinhard Marx, arzobispo de Munich-Freising–, fue el peor y más doloroso de mi vida, especialmente en aquellos meses en que me repetía insistentemente: ¿Cómo ha podido ocurrir esto en nuestras filas? ¿Cómo ha sido posible causar en el ámbito de la Iglesia heridas tan profundas en el cuerpo y en el alma de niños y adolescentes?» También habló una de las víctimas, la irlandesa Marie Collins, violada por un sacerdote cuando tenía 13 años mientras estaba hospitalizada: una experiencia devastadora que sólo se atrevió a confesar a los 47 años, y le costó otros diez armarse de valor para denunciarlo. Marie Collins admite que no fue fácil narrar su experiencia ante los representantes de la Iglesia católica del mundo, pero lo hizo porque tiene esperanzas en que se inicie «un cambio» en la Iglesia. ¿Es posible perdonar? Y sobre todo, ¿es suficiente con pedir perdón? Eso es lo que se ha tratado de hacer en este simposio, celebrado en un clima de silencio en la iglesia de San Ignacio, en el corazón de Roma. Allí las palabras estaban sin duda cargadas de sufrimiento y vergüenza: «Nosotros que teníamos que llevar la salvación a los “pequeños”, a veces nos hemos convertido en instrumentos del mal contra ellos». Y también: «Nuestras bocas tendrían que anunciar el Evangelio, pero están cerradas por el dolor y la vergüenza; tendríamos que imponer nuestras manos para curar a los enfermos, pero están atadas e impotentes. Henos aquí humillados ante los hombres, crucificados por el mal que ha desfigurado el rostro de toda la Iglesia. Somos conscientes que nuestros actos de reparación no podrán nunca cancelar toda la injusticia cometida ni sanar la lacerante herida de nuestra conciencia». ¿Cómo mirar ahora al futro? Con verdad y justicia. Poniendo fin al silencio y la complicidad. Dejando de negar hechos conocidos y de preocuparse por el buen nombre de la institución, en detrimento de la legítima denuncia del crimen. Ahora la consigna es «nunca más». Para ello las conferencias episcopales se comprometen a afrontar el fenómeno y garantizar ambientes seguros. Mons. Charles J. Scicluma, promotor de la justicia en la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha subrayado que «por muy clara que pueda ser la ley, no es suficiente para devolver la paz y el orden a la comunidad. Nuestro pueblo necesita saber que la ley se aplica». Con todo, el interrogante sigue ahí: ¿cómo ha podido suceder? «Sin duda –dijo el Card. Marx–, el debate sobre la violencia sexual contra los niños y adolescentes ha dañado gravemente a la Iglesia. Ha erosionado su credibilidad dentro y fuera, y este proceso aún no ha terminado. Pero estos sucesos pueden transformarse en un estímulo importante para la conversión y la renovación, y por tanto, para recuperar la credibilidad poco a poco. Esta hora histórica en la que podemos percibir claramente la llamada de Dios, nos está obligando a asumir una actitud humilde y al mismo tiempo activa».


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