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Cultura de la Unidad
Febrero - 2012


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Chiara, mi hermana (segunda entrega)

Oreste Paliotti


Episodios de la vida familiar y de la infancia de Chiara Lubich narrados por su hermano mayor, Gino.

Continuamos con la publicación por entregas de fragmentos de una serie de entrevistas realizadas entre 1987 y 1991 a Gino Lubich (1918-1993), hermano mayor de Chiara Lubich (1920-2008), fundadora de los Focolares, con la intención de conocer mejor su personalidad humana y espiritual. –Háblanos de vuestros estudios. –Chiara hizo todos los cursos de primaria sin que nos diésemos cuenta de que era especialmente inteligente. La considerábamos una niña normal. Nada más terminar primaria, debido a esa pobreza de la que he hablado que nos hizo pasar hambre, alguno de los hijos tenía que empezar a ganar algo de dinero, por lo que mamá (era ella quien decidía sobre nuestros estudios) mandó a Chiara al curso profesional más básico, a la que entonces era la «escuela de orientación comercial». Al final del primer trimestre, mamá fue a preguntar qué tal le iba a Chiara. No se esperaba nada especial; en cambio, la profesora le preguntó: «Señora, ¿cómo se le ha ocurrido mandar a su hija aquí? Esta chica es muy inteligente… ¿No se ha dado cuenta?». «Sinceramente, no –respondió mi madre–. Es que necesitamos ayuda y nos hemos orientado a que ella acabe los estudios lo antes posible y se ponga a trabajar». «En mi opinión, usted está cometiendo un grave error. Tenerla aquí es desaprovechar sus posibilidades». Y tanto insistió la profesora que mi madre, siguiendo su consejo, matriculó a Chiara en la escuela de magisterio. (Yo también corrí el riesgo de que me mandasen a estudiar Magisterio, pero me emperré en ir al instituto). El trimestre siguiente, mi madre va a hablar con la profesora esperando que le dijera que, al haber perdido unos meses, Chiara había tenido problemas. Sin embargo, la profesora le dice: «Sabe, con sus ganas de estudiar, su hija estimula a los demás». Desde entonces, Chiara fue siempre la primera de la clase, aunque no alardeaba de ello (nosotros no teníamos la costumbre de buscar que nos aplaudieran). Cada vez que volvía a casa de hablar con los profesores, mi madre decía: «Han dicho que es muy inteligente». Y yo: «Bah, en Magisterio es fácil ser inteligente». La verdad es que su libreta de notas era espléndida, sobre todo en la asignatura de Filosofía. –¿En qué otros ambientes se movía, además de la escuela? –De pequeña con las hermanas de María Niña. Más tarde entró a formar parte de las Estudiantes Católicas. Pero fue en el ámbito de la Tercera Orden Franciscana, entre los capuchinos, donde encontró, creo yo, mayor sintonía con sus ideas. –¿A qué se debía esa simpatía por los frailes? –En mi familia siempre la hubo. Desde pequeños veíamos venir a nuestra casa a un franciscano primo de mamá, el padre Carlo Marinconz, que vivía en Trento. La preferencia de los frailes con respecto a los curas no se debía a ningún espíritu polémico: tanto a mí como a Chiara nos gustaba san Francisco por el hecho también de que había sido un revolucionario. Cuando ella se fue a vivir a la Plaza de los Capuchinos, se mantuvo aún en contacto con los terciarios franciscanos. Por lo menos hasta que éstos no pretendieron fagocitar lo que estaba surgiendo de ella, que en cambio era algo distinto. –En los años treinta tú formabas parte de una asociación de jóvenes estudiantes… –Sí, Juventus, de la que era presidente. Era una asociación estudiantil nacida en Trento con características propias, autónoma respecto a la Acción Católica. Pero cuando nos impusieron que nos fusionáramos con ella, fue sólo nominalmente, en parte porque ese deseo de no agruparse con otras instituciones se correspondía con la tendencia de los trentinos a ser autónomos, también en el ámbito de las organizaciones católicas. Y en parte también porque Juventus era realmente distinta: más dinámica, más creativa. De ella salieron muchos líderes de la Democracia Cristiana (…). Teníamos una sede muy bonita, abierta a estudiantes de secundaria y de bachiller; nos expresábamos sobre todo mediante representaciones teatrales, mediante la escritura. Era el orgullo de la curia, y nuestro asistente llegó a ser más tarde obispo auxiliar de Trento. De Juventus formaba parte una élite de muchachos comprometidos más que nada en actividades culturales, pero nada heroicos espiritualmente. Yo creo que en la historia de la región trentina la primera “sacudida” a un cristianismo de fachada fue la que dio Chiara. –De hecho, Trento debía de ser una ciudad más bien conservadora desde el punto de vista religioso… –Pero es que incluso las organizaciones católicas estaban dormidas, no había nada, excepto Juventus en el campo de los estudiantes y, probablemente, la Tercera Orden Franciscana (creo que si Chiara formó parte de ella, es porque allí había algo). Recuerdo que ninguno de nosotros estaba satisfecho de cómo iban las cosas en la Iglesia de entonces, de esa rutina de sermones, procesiones, grandes manifestaciones de fe. Por entonces yo leía los libros de los católicos de vanguardia (…). Me gustaban un montón esos escritores que se rebelaban ante un cristianismo burocrático, para tranquilizar la conciencia, que indicaban objetivos mucho más radicales. Se ve que dentro de mí había ese espíritu de rebelión. Para mí, leer se había convertido en una especie de obsesión. Ésos fueron los primeros libros que yo le pasé a Chiara y de vez en cuando hablábamos de ellos, pero sin grandes elucubraciones, porque sobre todo teníamos que estudiar. Esa búsqueda de satisfacción en quienes pensaban como nosotros, es más, en quienes considerábamos nuestros maestros, se correspondía con una necesidad nuestra espiritual y, creo, también social. Después tuve una crisis religiosa que duró años y años; fue entonces cuando busqué la solución de mis problemas en otras partes, hasta que creí encontrarla en el comunismo. –Sobre eso hablaremos después, pero ahora dinos qué fue lo que desencadenó esa crisis. –Me escandalizaron unos hechos moralmente graves que habían ocurrido. Cosas que pasan, que no tendrían que haber afectado a mi fe, pero, ya sabes, das con un sacerdote de mala conducta y a esa edad echas toda la culpa a la Iglesia. Yo no conseguí superarlo; me quedé aturdido y viví anonadado durante bastante tiempo. Hasta que encontré ese otro camino, con tal de volver a encontrar una fe que remediara la carencia de la otra. –¿No os dabais cuenta todavía de las cualidades de Chiara? –Fueron los demás quienes nos dijeron que Chiara era especial. Ya sabes, los últimos en darse cuenta de estas cosas son los de la familia. No nos habíamos percatado ni de sus cualidades intelectuales ni mucho menos de las espirituales. Pensábamos en lo que era la rutina de los católicos trentinos de entonces: de pequeños se ocupan de ellos las monjas, después la Tercera Orden Franciscana, la parroquia, la asociación Juventus por lo que a mí se refiere… Cuando empezamos a darnos cuenta, yo estaba en la universidad en Pavía, porque había obtenido una beca de dos años (…). Ella, en cambio, siguió estudiando en la Escuela de Magisterio y después supe que se había matriculado en Filosofía en la Universidad de Venecia, a la que luego le fue imposible asistir porque había comenzado la guerra y era peligrosísimo viajar en tren a causa de los bombardeos. (continúa en el próximo número)


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