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Febrero - 2012


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Dialogar, ¡es urgente!

Jesús Morán*


Más preparada que nunca para ser humanidad verdadera y obligada a constatar su terca ineptitud para lograrlo.

En un agudo y crudo análisis de nuestra situación cultural, el antropólogo y sociólogo francés Roger Bastide hablaba de la tendencia de los individuos a echar raíces en un territorio, confinarse tras los muros de su casa y distinguir entre propios y ajenos, como si la historia del mundo no hiciera sino registrar un preocupante y progresivo estrechamiento de las relaciones, sobre todo en el último siglo. La galopante evolución del mundo de las comunicaciones, y el consiguiente “acercamiento” de los diversos actores sociales, parecería hecha a posta para invertir esa tendencia, en pos de la añorada fraternidad universal. En cambio, lo que se verifica es un agravamiento de la situación. Incluso cuando viajamos, sigue diciendo el intelectual francés, metemos en la maleta nuestros prejuicios, nuestra ignorancia y nuestra inveterada incapacidad de salir de nosotros mismos. De ese modo el multiplicarse de relaciones entre los pueblos se traduce la mayoría de las veces en una multiplicación de barreras e incomprensiones. Otro gran sociólogo de nuestro tiempo, el polaco Zygmunt Bauman, ha expresado esto mismo con el concepto de «desintegración de la ciudadanía». Y Jöel Roman, filósofo también francés, afirma con un dejo de amargura que el llamado «interés general» no parece sino una colección de egoísmos que se apoya en el miedo al vecino. Si las cosas están así, no hay duda de que el diálogo es algo urgente, un verdadero signo de los tiempos. Las dificultades que encontramos en vivir una verdadera cultura dialógica no hacen más que confirmar la hipótesis. Esta emergencia de diálogo pone en evidencia la terrible paradoja que configura la situación de la humanidad, que ha franqueado el umbral del tercer milenio: más preparada que nunca para ser humanidad verdadera y obligada a constatar su terca ineptitud para lograrlo. En una reciente entrevista, el mencionado Bauman se refiere al diálogo como un arte, y sostiene que la humanidad se juega su futuro en el dominio de éste. Hoy se elevan voces que denuncian una grave crisis del pensamiento ante la cual no queda otra alternativa que pensar la crisis en profundidad. «El mundo sufre por falta de pensamiento», proclamaba Pablo VI. Urge profundizar la categoría de la relación y nuestro ser familia (cf. Caritas in Veritate, 53). Chiara Lubich ha descrito nuestra época con la categoría de «noche cultural». No se trata de una noche definitiva en cuanto tal, sino de una noche que encierra una luz, una esperanza, una noche preñada de futuro. Podríamos decir, pues, que en la noche cultural, que es al mismo tiempo una noche del diálogo, se cela una luz, o sea, la posibilidad de una cultura nueva, de una verdadera respuesta a la naturaleza dialógica de la persona humana. Las dos fuentes del diálogo Por lo que respecta a Occidente, las principales fuentes del diálogo parecen ser dos: la fuente hebraico-bíblica y la fuente greco-filosófica. Como es bien sabido, la cultura hebraica se caracteriza por el concepto de Alianza. La Revelación de JHWH, que se convierte en Alianza, configura al pueblo hebreo y lo especifica en todas sus prerrogativas. El libro del Génesis muestra una visión del hombre que afirma el carácter negativo de la soledad. En efecto, el hombre es él mismo cuando se reconoce en la mujer, y viceversa. El hombre y la mujer sólo pueden ser ellos mismos abriéndose al otro, reconociéndose en el otro. En este recíproco reconocerse, y sólo en él, el hombre es imagen de Dios. Por lo tanto, el hombre es imagen de Dios en la bipolaridad masculino-femenino y no en una soledad absoluta. La filosofía griega nos ha dado, entre otras cosas, el concepto de diálogo y el término mismo: dia (a través) – logos (palabra), encuentro a través de la palabra. Fue el gran filósofo Sócrates quien, en una época de gran relativismo, inauguró con la mayéutica (del verbo griego mayeuo, dar a luz) un nuevo método fundado en la fe en la verdad. El diálogo, que constituía el corazón de este método, se convierte en la metodología de la verdad. Estos dos filones convergen más tarde en el cristianismo, visto como fenómeno cultural, y marcarán profundamente el desarrollo de Occidente. A pesar de todas las crisis que ha sufrido, éste no se ha separado nunca de su impulso originario. Es más, podríamos decir que las mismas crisis no han sido más que el signo, a veces trágico, de ese continuo volver a fundarse desde sus raíces. Siguiendo esta dramática, y no por ello menos apasionante aventura del diálogo, llegamos al siglo pasado, un siglo en el que, mientras se recoge la fecunda tradición especulativa alrededor de los conceptos de sujeto, subjetividad e intersubjetividad, se ha verificado una formidable profundización de la categoría del diálogo con figuras de la talla de Martin Buber, Franz Rosenzweig, Ferdinand Ebner, Emmanuel Levinas, Pedro Laín Entralgo, etc., junto a los maestros de las escuelas fenomenológica, existencialista y personalista. Una premisa importante Antes de entrar en la descripción de las principales conquistas que nos ha dejado este fatigoso proceso, me parece pertinente aclarar un equívoco que afecta al pensamiento con consecuencias desastrosas en el plano vital. A mi juicio, buena parte de nuestros fracasos en el campo del diálogo radican en ese equívoco. Como dice el filósofo vasco Xavier Zubiri, consiste en pensar que, por lo que al ser humano respecta, «lo natural es el individuo», como si la naturaleza entregara individuos aislados y éstos, en un momento sucesivo y por su carácter racional, buscasen la manera más adecuada de convivir. Esta concepción subyace en las teorías que surgen en la modernidad y que marcan los prolegómenos de las ciencias sociales. En este ámbito encontramos las tesis de Rousseau y Hobbes sobre el contrato social y el homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), hasta Durkheim con su división entre trabajo y colaboración social. Según este esquema, los hombres, en el mejor de los casos, pueden elaborar diversas formas de unión, más o menos logradas pero siempre frágiles, precisamente porque se piensa que lo natural es ser individuo. Lo que se pierde de vista es que los seres humanos pueden unirse porque previamente hay una estructura de unidad que los vincula desde lo más profundo. En palabras de Zubiri: «lo social es principio, no resultado». El filósofo y teólogo alemán Klaus Hemmerle expresa la misma idea desde un punto de vista existencial. Para él, es falso pensar que el hombre se da a sí mismo como un ser individual que más tarde reconoce que no puede vivir solo. Muy por el contrario, el hombre es un ser que sólo puede encontrarse a sí mismo desde otro. En definitiva, la relación es lo que está al principio. «No del yo al nosotros –afirma Hemmerle– sino del nosotros al yo». He aquí el movimiento existencial que realiza al hombre. (continúa en el próximo número) *) Jesús Morán es filósofo, teólogo y actualmente corresponsable del aspecto «Sabiduría y Estudios» en el Centro Internacional del Movimiento de los Focolares.


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