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Febrero - 2008


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Las dos conciencias ante el juez

Francisco Pantano


Cuando no tienes fe ¿Cómo reacciona un no creyente ante las pruebas de la vida? He aquí el caso de una persona que sufrió un grave problema de mobbing.

Desde que nace, toda persona va almacenando en su mente un conjunto de preceptos y valores dictados por la moral corriente, por su propia familia, por la sociedad a la que pertenece y por la religión que profesa. Todo este bagaje lo interioriza y lo estratifica de manera inconsciente, de manera que con normalidad se desatan en su mente, y sin que se dé cuenta de ello, unos mecanismos de control ante cualquier comportamiento o acción antes de que se produzcan. Así es la conciencia tal y como la entiende un no creyente, como es mi caso. Naturalmente, no siempre funciona el mecanismo de control preventivo, pues la parte peor de nosotros, esa que está estrechamente unida a los instintos animales y primordiales, siempre está dispuesta a saltarse el puesto de bloqueo que constituye nuestra conciencia. Un no creyente, dado que no puede rezar por los que sufren ni esperar que tengan algo mejor en el más allá, siente más que otros la necesidad de hacer algo concretamente, y esa exigencia nace en su conciencia. Desde que conocí el Movimiento de los Focolares, para mayor seguridad, me he dotado de una segunda conciencia, más atenta a los valores humanos que la anterior. O sea, que mi manera de actuar tiene que pasar por estos dos mecanismos de control, y aunque me lleva más tiempo, la ventaja es que de vez en cuando experimento esa desagradable y sana sensación que llamamos “remordimientos de conciencia”. En estos últimos años en vivido situaciones que han sometido a dura prueba a mis dos conciencias. En el trabajo, por ejemplo, he sido víctima de eso que llaman mobbing, o sea, acoso y maltrato solapado para obligarme a abandonar mi empleo. Yo era director de departamento en una gran empresa y de mí dependían unas veinte personas. Pero por razones que nunca me han explicado, mis superiores, algunos de los cuales tienen la presunción de considerar elementos inútiles a la gente de sesenta, como yo, me mandaron a otro departamento, en otra localidad, aunque también con la función de director. Como tenía a mi cargo a un familiar con una grave discapacidad, me opuse al traslado, y la magistratura, después de dos juicios, me dio la razón y dispuso que fuese reintegrado en mi anterior departamento. Por toda respuesta, la empresa me traspasó a la filial, me cambió las funciones y me colocó en mi viejo despacho pero sin un verdadero encargo, designando en él a otro director. Hoy tengo que compartir la silla y el escritorio con otra persona con la cual nos alternamos a lo largo de la jornada: cuando yo me levanto se sienta ella y viceversa. Y así llevamos dos años. Todo este asunto, como es fácil de imaginar, no se soporta fácilmente, y yo lo he vivido en dos fases fundamentales. Durante la primera fase, a causa también de serios lutos en mi familia, caí en una depresión y durante casi dos meses estuve encerrado en casa sufriendo mi angustia. Durante la segunda fase, inesperadamente, mis conciencias, que hasta ese momento habían estado calladas, empezaron a dejarse oír provocándome un intenso trabajo interior. Mientras una parte de mí se orientaba hacia la acción vengadora, mis dos conciencias me lo impedían. Un día, hablando por teléfono con un amigo del Movimiento con el que había mantenido contacto durante todo ese periodo, me dijo que no tirara la toalla, que tenía que salir adelante por la vía judicial para obtener justicia. Lo que más me impresionó de esa conversación fue su tono: estaba enfurecido por lo que me estaba pasando. Entonces comprendí que no estaba solo, que por lo menos tenía a un amigo de mi parte y que podía moverme para que me hiciesen justicia sin violentar mis conciencias con el gusto de la venganza. Tenía que confiar en que la justicia dirimiera la cuestión y dejar de odiar a los que me habían hecho daño. El asunto sigue en manos de la justicia. No sé como terminará, pero lo que sí es seguro es que, gracias a mis conciencias y a la llamada telefónica de mi amigo, he recuperado la serenidad que había perdido cuando empecé a odiar. Voy a decir una banalidad, pero se vive mucho mejor cuando uno está en paz con su conciencia.


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