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Febrero - 2008


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La familia que queríamos ser

Catalina Ruiz


De la vida misma Doce años pueden ser muchos o pocos, según como se mire. Vicisitudes de una joven pareja mejicana durante sus primeros años de matrimonio.

Una familia feliz y sólida, ése era el sueño que tenían Lucy y Gerardo aún antes de que sus vidas se entrelazasen. No podía ser de otra forma, pues los dos se habían criado en familias numerosas. Gerardo era el único varón de cinco hijos, y Lucy, por su parte, la última de cinco hijos. Los padres de ambos formaban parte de una asociación católica, se conocían y mantenían asidua relación. Luego se puede decir que a los diez muchachos nos les faltaban ocasiones para verse y entablar una verdadera amistad: cumpleaños, primeras comuniones, fiestas de graduación, o simplemente quedar para pasarlo bien juntos en Guadalajara, su ciudad. Lucy no se sorprendió mucho la primera vez que notó que Gerardo la miraba de una manera especial, como si fuese la única chica en el mundo. Entre ellos surgió una relación confidencial y delicada, y tuvieron tiempo más que suficiente para declararse uno a otro su mundo interior, sus sentimientos más íntimos y secretos. Y con el entusiasmo y el ímpetu que sólo los veinte años pueden dar, en la cima de sus proyectos colocaron justamente el deseo de construir una hermosa familia, a ser posible numerosa. «En el fondo, ésa había sido mi experiencia –dice Gerardo–, nunca me habría imaginado mi familia sin mis cuatro hermanas». Gerardo solía decirle a su novia que siempre había deseado tener hijos para poder transmitirles el mismo calor y el mismo afecto que él había recibido. Luego, de pasada, añadía que también le gustaría adoptar a un niño, aunque tuviera los suyos propios. Y se daba cuenta de que Lucy no reaccionaba mal ante esa confidencia suya. A medida que se iban conociendo, los dos jóvenes descubrieron que tenían muchas afinidades. Cuando acabaron sus estudios, Gerardo de ingeniería electrónica y Lucy de economía y comercio, buscaron trabajo. Y llegó el tremendo día de la boda, que abrió las puertas a una nueva vida en pareja. «Nos conocíamos desde pequeños y nos queríamos –cuenta Lucy–; todo parecía fácil, pero no lo fue. Entendimos que cada uno debía ir aparcando sus egoísmos y sus puntos de vista para poder acoger y comprender los del otro. Sólo así seríamos la familia que queríamos ser». Han pasado doce años. Los Ramírez pueden contar ahora cómo se ha ido formando su maravillosa familia. «Después de diez meses de casados –dice Gerardo– nació nuestra primera hija de parto prematuro. Sólo vivió un día. El dolor de la pérdida fue inmenso». Cuando esperaban el segundo hijo, como todos los padres, fantaseaban sobre el futuro: a quién se parecería más y esas cosas, impacientes por tenerlo ya entre sus brazos. Pero... «Arturo nació con una parálisis cerebral. Fe tremendo –continúa Gerardo– y sentimos un profundo dolor, difícil de aceptar. Nosotros, sanos y fuertes, y nuestro hijos en esas condiciones... La fe nos mantuvo en pie en esos momentos tan difíciles. De hecho, Arturo se convirtió en el principal puente entre nosotros y Dios». Los años pasaron y los Ramírez hicieron lo posible para que Arturo desarrollase sus capacidades motrices y su lenguaje. Pero a los cinco años una recaída agravó la enfermedad del niño. «Hasta que se fue al cielo –dice Lucy–. Y en medio del dolor infinito por la muerte de nuestro hijo nos preguntamos: ¿Qué quiere Dios de nosotros?». Menos mal que, entre tanto, la familia se había enriquecido con Sandy, una niña sanísima y muy avispada. Sólo que Lucy y Gerardo ya sabían que no iban a poder tener más hijos; por eso, antes aún de que muriera Arturo, ya tenían el proyecto de adoptar a un niño cuando la pequeña cumpliera tres años. «Y llego el momento –cuenta Lucy–. Hablamos muy abiertamente entre nosotros, valorando los pros y los contras. Éramos bien conscientes de la gran responsabilidad y los grandes sacrificios que comporta una adopción». «Nuestro deseo –añade Gerardo– no se debía a las ganas de sustituir a Arturo, ni tampoco a querer satisfacer una maternidad y una paternidad frustradas, como si tener hijos fuese un derecho. Simplemente queríamos darle a un niño sin familia la posibilidad de tenerla». Empezaron los trámites para la adopción, largos, trabajosos e imprevisibles incluso en México. Pero tuvieron suerte, porque al cabo sólo de siete meses, en lugar de los veinticuatro previstos, llegó el niño. «Tenía un año y ocho meses –cuenta Gerardo– y lo llamamos David, que en hebreo significa “amado”. Pues eso era para nosotros nuestro hijo, ni más ni menos». «Era un niño alegre, inteligente y audaz –dice Lucy–. Al principio se dejaba abrazar y acariciar, pero luego resultó inquieto, impulsivo y agresivo. No me gustaba que tirase los juguetes y los patease. Todo empezó a complicarse y tuvimos que adaptar las cosas de casa al niño». Hay que tener mucha paciencia y un amor sin límites porque, con su forma de actuar, el pequeño David estaba lanzando, aun sin darse cuenta, un mensaje apremiante a sus padres: ¿de verdad me queréis? Y no es que faltasen ocasiones para demostrárselo, pero el pequeño devorador de atenciones parecía no llegar a satisfacer todas las que le habían faltado en los primeros dieciocho meses de vida. Lucy encontró en Sandy una inesperada aliada que colmaba a su hermanito de delicadas atenciones. Le dejaba sus juguetes preferidos, lo ayudaba a poner sus cosas en orden y le explicaba que «así tendremos más sitio para jugar». A veces Lucy se siente desorientada, incapaz de educar a un niño cuyas heridas invisibles siguen sangrando. Pero lentamente se ha ido abriendo paso la idea de que los fracasos también forman parte de la difícil reconstrucción de un yo fragmentado, como el de este niño, que en sus dos primeros años de vida, los más importantes, ha sufrido soledad y abandono. «Sólo tengo que aprender a aceptarlo, aceptando mis errores». «Últimamente la situación ha mejorado –dice Gerardo–, David está más sereno y son menos frecuentes los episodios “desagradables”. Y Sandy está realmente feliz de tener un hermanito con quien jugar, y pelearse, de vez en cuando».


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