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Febrero - 2008


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La ciudad de mala fama

Pascual Foresi


Celibato y virginidad/4 Sigamos profundizando en el significado de la donación a Dios según el Nuevo Testamento, esta vez con la lectura de la primera carta a los corintios.

El versículo 10, que recoge la frase de los discípulos sobre la conveniencia de no casarse, no aporta un significado verdaderamente teológico, sino que es un nexo entre la frase anterior y la que sigue. Prepara la triple sentencia de Jesús sobre el celibato y le sirve de pedestal. De hecho, todas las interpretaciones reconocen que existe una diferencia sustancial entre el «no conviene casarse» de los discípulos y el «hacerse eunuco» de Jesús. El versículo 11, «No todos pueden entender estas palabras, sino aquellos a quienes les sea concedido», implica la presencia del Espíritu, que concede a algunos comprender algo que los demás no entienden. Esta acción de Dios puede ser comparada en parte con la luz, pues la palabra “entender” implica una adhesión profunda y completa. Lo que quiere subrayar es que el don es gratuito, y no que haya culpa en quien no entiende. Mientras que el versículo 10 es una preparación, el 11 ya permite vislumbrar algo de lo que significa ser eunuco por el reino de los cielos. Y llegamos al tríptico. Los eunucos naturales, tanto del primer tipo como del segundo, no son mencionados sólo para recordar las distintas posibilidades; éstos son como la contraposición del tercer tipo, el eunuco de espíritu. Al mismo tiempo, éste está relacionado con los otros dos; es decir, no es muy distinto de ellos. De hecho, como hemos visto, Jesús no habla aquí de un propósito de celibato, sino de una imposibilidad existencial psico-moral de casarse. Tal imposibilidad sólo se puede concebir como efecto de un contacto divino particular que tiene reflejos en lo humano. Por eso Jesús presenta personas que, por causa del reino de los cielos, se hacen iguales a los eunucos de nacimiento o a los que lo son por obra del hombre. En el Nuevo Testamento tenemos el ejemplo de Pablo, que queda ciego en su encuentro con el Resucitado. Y en la historia de la Iglesia se pueden contar muchos más eunucos por el reino de los cielos de los que a primera vista parece haber. Basta pensar en san Agustín y en la hilera de vírgenes y célibes que han realizado esas palabras de Jesús tan bonitas y tan fuertes. El reino de los cielos del que habla Mateo es sinónimo de Dios y de Cristo. En los evangelios siempre indica algo escatológico, algo que debe llegar y que dará cumplimiento a la soberanía de Dios. Por eso mismo la formulación causal «por el reino de los cielos» se vuelve final, dando así un sentido escatológico al pasaje sobre los eunucos. Podríamos preguntarnos también si la doctrina católica sobre la superioridad de la virginidad con respecto al matrimonio se desprende de estas frases. Autores de relieve consideran que sí, deduciéndola del contexto y de la contraposición «no todos pueden entender estas palabras, sino aquellos a quienes les sea concedido». Hay también otra cuestión que sólo menciono: «los eunucos por el reino de los cielos» ¿eran elegidos sólo entre los célibes o también entre casados que, tras la llamada, interrumpían de mutuo acuerdo su convivencia matrimonial? Es obvio lo de los célibes, pero parece que también algunos casados formaban parte de la categoría de los eunucos, al menos durante el periodo de la vida de Jesús1. De no ser así, ¿qué sentido tendrían las frases de Lc 14, 26 y 18, 29-30? Esta última dice: «Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el Reino de Dios, quedará sin recibir mucho más al presente y, en el mundo venidero, vida eterna». Evidentemente, para Lucas, la mujer es verdadera esposa, y no novia, como piensan algunos. Por tanto podemos concluir que el ser eunuco de los casados fue real, al menos en vida de Jesús, y tal vez hubo ciertos casos entre los cristianos de las primeras comunidades. La primera Carta a los Corintios Para tener una idea del significado del capítulo 7 de la Primera Carta a los Corintios, me parece necesario leer antes tres breves párrafos. El primero habla de la ciudad de Corinto y su entorno cultural y moral, el segundo sobre el nacimiento de la comunidad cristiana en Corinto, y el tercero sobre los motivos que pudo tener Pablo para escribir la carta. Para saber cómo era Corinto en las primeras décadas de la era cristiana hay que remontarse a un hecho del año 146 antes de Cristo, cuando, combatiendo contra Roma, Corinto perdió sus últimos vestigios de independencia. Aunque abrió sus puertas a los vencedores, fue devastada y saqueada de todos modos como sólo las legiones de L. Mummio sabían hacerlo. De la gloriosa ciudad griega quedaron unos restos. Más de un siglo después, en el año 44 a. C., Julio César decide reconstruir la ciudad con el nombre de “Colonia Laus Julia Corinthus”. Sabemos que los primeros en habitarla fueron los veteranos de Farsalia, rústicos colonos ítalos y griegos. Un poeta de la época, Crinagoras2, los define como «una manada de esclavos mal vendidos». Esto nos indica que la mayoría de la población estaba constituida por esclavos. En el año 27 a. C., Augusto constituye Acaya, una distinguida provincia senatorial que abarca casi toda Grecia, excepto Atenas, y designa a Corinto como capital, es decir, sede de un procónsul, lo cual es interesante para nosotros ya que será un procónsul quien juzgue a Pablo. La ciudad tuvo un capitolio con dioses capitolinos, así como un anfiteatro para juegos romanos, tan ajenos al refinado gusto de los griegos. La posición política era consecuencia de la geográfica. Corinto se encuentra a caballo entre el mar Jónico y el Egeo y controlaba el tráfico entre Asia y Europa. Tenía dos puertos: Lecheo, a dos kilómetros y medio de la ciudad, que recibía la carga procedente de la actual Europa, y Cencres, a doce kilómetros, que daba al mar Egeo y servía a las naves que llegaban de los puertos asiáticos. De manera que las naves de gran envergadura desembarcaban su cargamento y se trasladaba en carros hasta el otro puerto, en donde volvían a embarcarlo para continuar su camino. El ingenio corintio había llegado a idear el diolcos, especie de vías sobre las que subían las naves menos pesadas para llevarlas de un mar al otro haciéndolas rodar sobre cilindros de madera. La prosperidad económica estaba asegurada, tanto que aumentó la población hasta casi medio millón. Habían llegado inmigrantes de Egipto y Asia Menor, muchos judíos atraídos por los negocios, y esclavos, esclavos, esclavos. Se calcula que éstos eran dos tercios de la población. Por lo que a divinidades se refiere, se podía encontrar de todo. Había divinidades romanas, griegas, asiáticas: Poseidón, Esculapio, Isis, Serapis, Cibeles, madre de los dioses... Pero sin duda la ciudad estaba dominada por el templo de Afrodita, diosa del amor, que estaba en el Acrocorinto, una colina que se eleva a 575 metros. Se calcula que en la época de Pablo servían a esta obscena divinidad más de mil hieródulas, sirvientes sagradas que tenían la misión de bailar y venderse en honor a la diosa. Corinto tenía tan mala fama que decirle a una joven “muchacha de Corinto” era un insulto, al igual que “vivir como los corintios” equivalía a vida inmoral. La riqueza, el lujo, la obscenidad y el nivel de vida de Corinto eran muy conocidos. El poeta Grazio (Epístola I, 17, 36) afirma que «no cualquier hombre puede ir a Corinto», aunque por otra parte Arístides la elogia por sus escuelas, sus gimnasios, sus filósofos y sus literatos, que encontraba en cualquier parte, si bien prosigue: «para atraer a los hombres no hay ninguna ciudad que posea un prestigio mayor que el hecho de ser la ciudad de Afrodita»3. Pues bien, a esta ciudad dirigió Pablo las páginas más elevadas que escribió sobre la virginidad y el celibato. Corinto fue la última escala del segundo viaje de san Pablo, y llegó tras una agotadora y dolorosa experiencia en Atenas. Aquí Pablo se había entregado completamente y elaborado un discurso filosófico-cristiano en el Areópago; pero tal y como leemos en los Hechos de los Apóstoles (17, 32-34): «Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “Sobre esto ya te oiremos otra vez”. Así salió Pablo de en medio de ellos. Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos». Esta vez no fue expulsado de la ciudad; partió hacia Corinto solo, tal vez llevando tan sólo la dirección del matrimonio judeocristiano Aquila y Priscila. Él mismo nos dice con qué disposición llega a Corinto: «Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso» (1 Co 2, 3). El primer periodo de Pablo en Corinto queda absorbido por el compromiso de predicar los sábados en la sinagoga, mientras que el resto del tiempo trabaja. Vivía en casa de Aquila y Priscila, y dicen los Hechos (18, 3) que «eran del mismo oficio», o sea, fabricaban tiendas. Pablo se mantuvo con su trabajo hasta que llegaron Silas y Timoteo, que venían de Macedonia con dinero. Pero los judíos de la sinagoga se opusieron a él: «Como ellos se oponían y proferían blasfemias, sacudió sus vestidos y les dijo: “Vuestra sangre caiga sobre vuestra cabeza; yo soy inocente y desde ahora me dirigiré a los gentiles”». (Hch 18, 6). Pablo se mudó cerca de la sinagoga, a la casa de un tal Justo, de origen latino, que probablemente se había hecho cristiano, pues de él dicen los Hechos que «adoraba a Dios» (18, 7). Pero también hubo judíos eminentes que se convirtieron, como testimonia el relato de Hch 18, 8: «Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa». Mientras Pablo desempeñaba su apostolado entre los paganos, probablemente con mucha aprensión dado el ambiente de lujuria que los envolvía, tuvo una confirmación del cielo: «El Señor dijo a Pablo durante la noche en una visión: “No tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad”. Y permaneció allí un año y seis meses, enseñando entre ellos la Palabra de Dios» (Hch 18, 9-11). Hay dudas sobre si Pablo se quedó 18 meses o casi 24, pues en Hch 18, 18 se añade que «Pablo se quedó allí todavía bastantes días»; de modo que probablemente estuvo allí dos años, desde el año 50 al 52, o desde el 51 al 53. La fecha queda certificada porque coincide con el proconsulado de Galión, que está documentado. Este último fue incitado por los judíos, y tal vez no sólo ellos, a juzgar a Pablo. Galión actuó de la siguiente manera: «Siendo Galión procónsul de Acaya, se echaron los judíos de común acuerdo sobre Pablo y lo condujeron ante el tribunal diciendo: “Éste persuade a la gente para que adore a Dios de una manera contraria a la Ley”. Iba Pablo a abrir la boca cuando Galión dijo a los judíos: “Si se tratara de algún crimen o mala acción, yo os escucharía, judíos, con calma, como es razón. Pero como se trata de discusiones sobre palabras y nombres y cosas de vuestra Ley, allá vosotros. Yo no quiero ser juez en estos asuntos”. Y los echó del tribunal» (Hch 18, 12-16). Pablo siguió todavía con su milagroso apostolado entre personas de distintas razas y de costumbres muy difíciles4. Terminada su estancia, se despidió y «se embarcó rumbo a Siria; con él iban Priscila y Aquila» (Hch 18, 18). Había nacido en Corinto la comunidad más grande suscitada por Pablo durante sus viajes. Durante su tercer viaje, Pablo se detuvo bastante en Éfeso, entre los años 54 y 57, periodo que los Hechos describen en el capítulo 19 de forma maravillosa. Durante todo ese tiempo Pablo iba teniendo noticias de la comunidad de Corinto. En un momento dado le debieron de llegar noticias alarmantes, ya que el apóstol escribió una carta que no se ha conservado5. Los efectos de la carta no debieron de ser muy eficaces. Por lo que sabemos, a Pablo le llegaron más noticias de Corinto al menos por cuatro fuentes. Apolo informó detalladamente a Pablo al regresar a Éfeso tras su apostolado en Corinto. Los de la casa de Cloe6 (no sabemos quién era Cloe, ni si era de Corinto o de Éfeso, pero se presenta como una persona de relieve que conocía muy bien el ambiente de Corinto) también trajeron noticias. La tercera fuente fueron los mismos corintios mediante un escrito enviado a Pablo7 en el que exponían cuestiones interesantes a juzgar por los aspectos que examina Pablo en su carta. Se puede decir que los corintios pedían aclaraciones al Apóstol sobre la libertad de los cristianos, sobre los esclavos, sobre el matrimonio y la virginidad, sobre los carismas, etc. Por último, Pablo recibió la visita de una delegación formada por Estéfanas, Fortunato y Acacio, que le trajeron buenas noticias y probablemente nuevas preguntas, tal vez sobre la resurrección de los muertos. Según parece, éstos llegaron cuando Pablo ya estaba terminando la carta de respuesta, pues el capítulo 16, 17-18 parece una postdata: «Estoy lleno de alegría por la visita de Estéfanas...». éstas son las noticias fundamentales que podemos sacar de los documentos que nos han llegado acerca de los motivos por los que Pablo escribió su segunda carta, que después se convertirá en la primera en el canon de la Iglesia. Su fecha es de antes del verano del año 57. Concluyo con dos advertencias: no menciono el tema de la autenticidad e integridad del capítulo 7 de la Primera Carta a los Corintios ya que no existe un verdadero rechazo por parte de los estudiosos; continuaré con la traducción de la Biblia de Jerusalén, aunque tendré en cuenta otras traducciones, así como el texto griego. Examinaré los versículos 1, 2, 7, 8, 9 y del 25 al 40. (Continuará) 1) Cf. Proietti, op. cit., p. 44; y G. Theisen, “Wandelmdikalismus”, en ZThK, 70 [1973], pp. 245-271. 2) Antología Palatina, IX, p. 284. 3) A. Boulanger, Aelius Aristide, París 1923, p. 347. 4) «¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6, 9-11). 5) Cf. 1 Co 5, 9-13. 6) Cf. 1 Co 1, 11. 7) Cf. 1 Co 7, 1: «En cuanto a lo que me habéis escrito...».


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