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Noviembre - 2011


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Género en lugar de sexo

A. Molé y J. Rubio


Según la teoría de género, la masculinidad y la femineidad son elaboraciones culturales de las que hay que liberarse. Sin embargo…

Original nombre el que le pusieron unos padres a su vástago: Tormenta (Storm). Lo hicieron aposta, porque con un nombre común no se entiende si el bebé es niño o niña. Y es que en inglés los nombres comunes, como tormenta, son de género neutro. Pues bien, ésta vendría a ser una aplicación práctica de la teoría de género, que no entiende este término como categoría gramatical sino conceptual, de manera que no toma en consideración la diferenciación sexual biológica entre lo masculino y lo femenino a la hora de definir la identidad de la persona. «Ya decidirá Storm, cuando crezca, lo que quiere ser», dirían estos padres. La consecuencia de esto es que si no tenemos en cuenta el sexo biológico a la hora de definir la identidad, entonces el cuerpo viene a ser algo así como un envoltorio neutro, igual que un maniquí, al que se le puede poner la identidad sexual que perciba la persona sin que le sea impuesta por la naturaleza, ni por la cultura, ni por la historia, ni por sus padres, ni por la sociedad. «Estamos convencidos –explican los padres de Storm¬– que es mejor para él/ella, y que esta decisión hará que el mundo sea mejor». Detrás de semejante decisión ideológica, excesiva y poco realista, se esconde algo de verdad, según el parecer de algunos psicólogos. Y es que cuando no se educa a los hijos según unos estereotipos bien marcados, imponiéndoles comportamientos considerados sólo masculinos o sólo femeninos, entonces dejamos de insistir en las diferencias sexuales. La teoría de género ha invadido muchos ámbitos, como el del espectáculo, la publicidad, etc. La publicidad marca las tendencias de la sociedad, y cuanto más en onda estás, más políticamente correcto eres. Y así acaba la publicidad poniéndose al servicio de la ideología de género, vocablo éste que se contrapone a la palabra sexo, referida a esas “viejas” diferencias biológicas entre hombres y mujeres. Tan viejas y superadas que uno de los promotores de esta corriente, John Money, abrió en Baltimore la primera clínica para la identidad de género, sometiendo a sus pacientes a operaciones quirúrgicas de cambio de sexo. Uno de los casos clamorosos registrados por la literatura al caso es del año 1965. Una pareja canadiense tuvo gemelos homocigóticos: David y Brian. Al cumplir los dos años, los niños fueron sometidos a una sencilla operación de circuncisión, pero a David se le complicó y acabó perdiendo el pene. John Money convenció a los padres para transformar a David en Brenda, pues bastaba una simple operación, unas cuantas hormonas y una educación adecuada para transformar al niño en niña… y así aportar pruebas científicas a la teoría de género. Pasaron nueve años y Brenda resultó ser una niña más bien rara: hablaba y caminaba como un niño, a pesar de que la familia seguía al pie de la letra los consejos de Money. Ni la química ni la socialización lograron transformarla en niña. Y el epílogo es más bien dramático. Brenda llegó a saber de la operación que le habían hecho en tierna edad, se amputó los senos que le habían crecido debido a las hormonas, se sometió a una nueva operación para que le reconstruyeran el pene y se casó con Mary, una joven madre de tres hijos. Pero en 2004, repentinamente, se quitó la vida. Otro ámbito inundado por la ideología de género es el legislativo. Aquí en España se han visto modificadas algunas normas del código civil. El artículo 44 antes decía que «el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio», ahora se le ha añadido que «el matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando ambos contrayentes sean del mismo o de diferente sexo». En el artículo 66 se ha cambiado la redacción de «el marido y la mujer son iguales en derechos y deberes» por esta otra: «los cónyuges son iguales en derechos y deberes». Y también el artículo 67 sustituye «marido y mujer» por «cónyuges». La consecuencia es obvia: una pareja ya no está formada por una mujer y un hombre, sino por todas las combinaciones posibles. Ya no se habla de familia sino de familias: monoparental, recompuesta, homosexual… De modo que en la procreación las madres no tienen por qué ser mujeres ni los padres hombres. Puede haber dos padres sin ninguna madre y viceversa. Y para distinguirlos, en distintos países europeos se les denomina progenitor A y progenitor B. En Austria y Alemania la familia ha dejado de ser la primera instancia educadora, por eso ya no es necesario que se produzca una identificación con las figuras paterna y materna, pues se delega esa función a la escuela. En Argentina, como ya había ocurrido en España en 2007, la ley permite cambiarse de nombre y sexo en los documentos sin tener que someterse a ninguna operación quirúrgica. Aparte de la ONU, uno de los defensores más activos es la Unión Europea, que introdujo la ideología de género en los documentos oficiales a partir de los años noventa. Sólo entre el año 2000 y el 2006 destinó más de tres mil millones de euros para sostener la ideología de género, lo cual explica su rápida difusión. Lo más interesante es que esta filosofía se impone mediante instrumentos legislativos o de carácter administrativo: resoluciones, circulares, actas orientadoras para los organismos del Estado, etc. Se trata de un procedimiento muy eficaz, porque es capilar. Ahora bien, hay que mencionar que los estudios de antropólogos como Binswanger y Gius, así como las historias de la vida real, confirman que la diferenciación sexual vivida como valorización de un patrimonio obtenido “a priori” conduce a una realización personal y social. Y para completar esto, veamos cuál es el pensamiento de la Iglesia sobre este tema. LO QUE PIENSA LA IGLESIA Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; a imagen de Dios lo creo, varón y mujer los creó (cf. Gn 1, 26-27). Así afirma el Génesis que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, aun siendo distintos entre sí. Juan Pablo II señala que esto no significa que cada uno de los dos es creado a imagen de Dios, sino que como «unidad de los dos» están llamados a «reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios» (Mulieris dignitatem). Así pues, la relación hombre-mujer, como cualquier relación humana, tiene su modelo en la relación trinitaria. Hombre y mujer, iguales y distintos, están llamados no sólo a existir «uno al lado del otro», sino también «el uno para el otro». Esto vale no sólo para quien está llamado al matrimonio, sino también para la relación entre todos los varones y las mujeres, pues la riqueza de la diversidad se torna en don, según explica Juan Pablo II. A la unidad entre hombre y mujer Dios le encomienda «no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia» (Carta a las mujeres). El egoísmo, en esta relación, adopta dos rostros: la tendencia a dominar a la otra persona y “usarla” para satisfacción propia. Al indicar el amor como estilo de vida de cualquier relación humana y el amor recíproco como signo de reconocimiento de quienes lo siguen, Jesús muestra el camino para sanar el no-amor en la relación hombre-mujer. Con todo, la historia de la humanidad está marcada por el “dominio” del hombre sobre la mujer, por la negación de muchos derechos al mundo femenino; de ahí el legítimo anhelo de la mujer por superar tal situación. En el siglo XIX nació el feminismo, que llevó adelante sus reivindicaciones durante el siglo XX. En su forma más radical, el feminismo teme que la mujer quede confinada al papel de madre, en una posición de inferioridad. De ahí que haya nacido una ideología que, con el fin de afirmar la igualdad entre el hombre y la mujer, niegue su diversidad, atribuyéndola sólo a factores culturales y sociales. La ideología de género surgió a finales de los años sesenta como consecuencia del encuentro entre el feminismo radical, la dialéctica marxista y la revolución sexual, cuya raíz está en el psicoanálisis freudiano. Remitiéndose al marxismo, afirma que, análogamente a la lucha de clases entre opresores y oprimidos, en la relación hombre-mujer la sociedad se organiza para conservar el poder masculino y dejar a las mujeres en posición de inferioridad; y el matrimonio establece de modo definitivo esta desigualdad, haciendo que la mujer sea propiedad del marido. Además, sostiene que todas las diferencias sociales, culturales y psicológicas entre hombres y mujeres no son naturales, sino simples elaboraciones sociales para mantener esa situación de desigualdad. Las diferencias biológicas no tendrían mayor importancia y la identidad de género no estaría ligada al sexo de la persona. La teoría de género es la referencia teórica del movimiento queer o transgender, que no acepta la relación sexo-género y rechaza definir a la persona utilizando términos que se refieren a su sexualidad (hombre, mujer, madre, padre, niño, niña). Afirma que cada cual construye su “género” fluctuando libremente entre lo masculino y lo femenino, pasando por todas las posibilidades intermedias, incluso cambiando la identidad sexual varias veces a lo largo de su vida. Esta ideología se desarrolló sobre todo en dos conferencias de la ONU, la de 1994 en El Cairo y la de 1995 en Pekín. Justo con ocasión de la de Pekín, Juan Pablo II escribió la conocida Carta a las mujeres, en la que habla del «genio femenino» y afirma que la «femineidad y la masculinidad son complementarias entre sí, no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo humano se realiza plenamente». En 2004 la Congregación para la Doctrina de la Fe escribió una interesante Carta a los obispos sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, en la cual aborda también la ideología de género. El 22 de diciembre de 2008, en un discurso a la Curia Romana, Benedicto XVI subrayó que «no es una metafísica superada si la Iglesia habla de la naturaleza del ser humano como hombre y mujer, y pide que este orden de la creación sea respetado. Se trata, de hecho, de la fe en el Creador y de escuchar el lenguaje de la creación, cuyo desprecio sería la autodestrucción del hombre». Luego, refiriéndose a la ideología de género, precisó: «Lo que a menudo viene expresado y entendido como “género” se resuelve en definitiva en la autoemancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre quiere hacerse a sí mismo y disponer siempre y exclusivamente sólo de aquello que le interesa, pero de ese modo vive contra la verdad, contra el Espíritu creador». Podemos concluir que la Iglesia comparte la valorización de la aportación femenina a la historia de la humanidad, considera «urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona» (Carta a las mujeres) y acoge la instancias positivas del neofeminismo «de igualdad diferenciada», pero no puede aceptar una teoría que para afirmar la justa igualdad social entre el hombre y la mujer destruya el concepto de familia y niegue las identidades masculina y femenina. Rafaela P. Cardinali


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