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Febrero - 2008


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Trabajar en comunión

Antonio S. Moreno


Economía y trabajo Las empresas que siguen los criterios de la Economía de Comunión operan en el mercado normalmente, como cualquier otra; su originalidad aparece en el uso de los beneficios netos.

Todo congreso que reúna a especialistas en una materia obedece a la inquietud de “proponer” algo a la sociedad. Si no, ¿para qué se hacen? El que resumimos aquí, que se llevó a cabo a primeros de diciembre en Castelgandolfo, Roma, fue la tercera edición del “congreso internacional sobre economía y trabajo”. Para hacerse una idea, bastan dos datos: 700 participantes procedentes de los cinco continentes y traducción a doce idiomas. Los convocantes, como en anteriores ocasiones, eran los movimientos Economía de Comunión y Humanidad Nueva. En pocas palabras, la Economía de Comunión (EdC), de la que solemos hablar en estas páginas, nació en 1991 en São Paulo (Brasil). Chiara Lubich propuso una respuesta de amor concreto a una necesidad concreta, ante el doloroso contraste que supone la riqueza de unos rascacielos rodeados por la extrema pobreza de las favelas (chabolas y chozas levantadas con barro y materiales de desecho), como si de “una corona de espinas” se tratara, definición que se atribuye al cardenal Evaristo Arns. El movimiento Humanidad Nueva, por su parte, tuvo su origen en los años 60 y obedece al compromiso de aquellas personas que, a la luz del “ideal de la unidad”, desean renovar la sociedad mediante actividades sociales, hasta llegar a transformar las mismas estructuras sociales. Volviendo al congreso que nos ocupa, tuvo un desarrollo ya habitual en el ámbito de los Focolares: exposición de ponencias, numerosas experiencias encuadradas en el ámbito empresarial (trabajo, paro, resolución de conflictos laborales, etc.) y mesas redondas sobre temas precisos, como por ejemplo la que abordó “el trabajo, los conflictos y los derechos”, en la que participaron representantes de ONGs, profesores universitarios, un sociólogo y una representante de Cáritas de Argentina. Con las ponencias se pretendía “proponer”, como decíamos al principio, las principales ideas que pueden revitalizar la economía y el trabajo tal y como los plantea la EdC. La empresas que siguen estos criterios operan en el mercado normalmente, como cualquier otra; su originalidad aparece en el uso de los beneficios netos: una parte se reinvierte en el desarrollo de la empresa misma, otra se destina a la ayuda de personas con dificultades económicas y una tercera se dedica a la formación de personas que ven en la “cultura del dar” un estilo de vida atractivo. El trabajo implica esfuerzo y sufrimiento en un contexto de relaciones humanas. La persona, cualquier persona trabajadora, puede actuar negativa o positivamente; es decir, puede ser promotor de conflictos o de fraternidad, puede subrayar su propio yo o puede orientarse hacia la comunidad, puede pensar sólo en sí mismo o puede pensar también en el otro. El trabajo es sustancial a la persona. Según el concepto bíblico, precede al pecado, pues antes de caer en la tentación, Dios ya había encomendado a Adán y Eva dominar la tierra y cuanto contiene. Es más, con su esfuerzo, el hombre colabora en la tarea creadora. El trabajo bien hecho, según la voluntad de Dios, dignifica y santifica a la persona. Y este valor hoy por hoy queda bastante opacado por la forma en que suele ser presentado el trabajo, así como por la manera en que se vive. En consecuencia, corremos el riesgo de perder la visión cristiana del trabajo. Curiosamente, cuanto más se subraya en las empresas actuales la necesidad de relación entre sus trabajadores como medida para fomentar la productividad, más se subraya la dimensión comunitaria del trabajo, lo cual va a contrapelo de una idea y una actitud muy difundidos: el individualismo, la realización personal del individuo por encima de todo. Otra idea no menos revolucionaria en el ámbito laboral es el amor al hermano. Los destinatarios últimos de nuestro trabajo, cuando no inmediatos, son “hermanos nuestros”. Visto así, el trabajo diario se convierte –se puede convertir, si queremos– en una actividad plenamente positiva si modificamos la actitud con que lo acometemos. Y lo mismo vale para el valor intrínseco del trabajo: se convierte en la donación de uno mismo porque nos permite ejercer nuestra capacidad de donación. Otra de las mesas redondas abordó algunas de las ideas que la doctrina social de Iglesia ha aportado al respecto. Los dos aspectos del trabajo, el objetivo (creación de bienes y servicios) y el subjetivo (la persona), deben estar presentes en cualquier tipo de trabajo. Poner a la persona en el centro del proceso productivo implica mejorar su situación. Es otra forma de ver el trabajo: al servicio de la persona, y no al revés. El último día del congreso se presentó el pensamiento de Igino Giordani: el trabajo es una acción que pone al hombre en armonía con Dios; el hombre tiene derecho al trabajo como tiene derecho a la vida; una sociedad organizada garantiza a sus miembros el trabajo, tutelando el derecho y el deber de trabajar; el trabajo tiene una dimensión social, da para vivir y para convivir, es una comunión. Y ya terminando el congreso, una indicación sobre la diferencia metodológica entre una empresa común y otra de la EdC. En la primera, cada cual trabaja en su área de acuerdo a un protocolo y unas reglas, de modo un tanto anónimo e impersonal. En la segunda, el trabajo no depende sólo del manual de procedimientos, sino de cómo espero que los demás actúen; de este modo no sólo se comparte la tarea y los medios, sino el fin mismo, y la empresa se vuelve más eficaz y productiva. La coordinación es su punto importante. Y no lo es menos el enfoque diferente que dan los conceptos de construcción y creación: lo que se contruye es amado sólo después de haberlo construido; lo que se crea es amado incluso antes de haberlo creado. Construir es bueno, pero crear exige un mayor compromiso. RECUADRO Escuelas de Economía de Comunión Tienen el cometido de formar en la “cultura del dar” a todo el que se interese por los valores que sustentan la EdC: empresarios, empleados, estudiosos... La última realizada en España se llevó a cabo en septiembre y el tema tratado fue “economía y reciprocidad”, aplicando al ámbito empresarial los principios éticos que emanan del “mandamiento nuevo” cristiano. Una empresaria valenciana que participó es esta escuela comentó lo siguiente: «Según avanzaba la exposición, iba identificando los tipos de “reciprocidad”. La “reciprocidad contrato” es bien comprendida por los agentes económicos: clientes, proveedores y trabajadores somos conscientes de la contraprestación que esperamos por una prestación dada. Si esto no sucede, basta que el sistema económico garantice esa contraprestación. Este tipo de reciprocidad no exige benevolencia, pero sí civismo. Recuerdo una vez en que un trabajador no había cumplido bien con su trabajo y le indiqué que se le comunicaría la falta por escrito. »Quizás sea más bonita la “reciprocidad genuina”. Cuando a este mismo trabajador me lo encuentro en el bar, más allá de los asuntos de trabajo, lo saludo, le pregunto por sus vacaciones, por su familia... Aquí no esperas una contraprestación; eres libre de interesarte o no, y la otra persona a menudo queda sorprendida. »La “reciprocidad ágape” es más bella y escasa, ya que el amor incondicional choca con el mundo económico. Pero existe y creo que he vivido algo de ella. Cuando se hablaba de “amar a todos” y de “amar al enemigo”, me acordé de cuando un directivo se marchó y arrastró a muchos trabajadores para crear otra empresa en el mismo polígono donde estamos ubicados. Aquello no fue del todo lícito. Luego los clientes nos reclamaban pedidos que en realidad nunca habían llegado, ya que estas personas, aún trabajando con nosotros, los habían desviado a su empresa recién creada. Nos quedamos con poco personal, pero supimos salir del apuro contratando y formando a nuevo personal. »La nueva empresa no prosperó y la mayoría de sus trabajadores, incluido el promotor, volvieron a pedirnos trabajo. No pudimos atender a todos, pero sí a algunos. Realmente nos costaba admitir a trabajadores y a clientes que nos habían creado tantas dificultades. En estos casos se puede ir más allá del dolor y transformarlo en amor. Y a esto es a lo que ayudan estas escuelas».


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